01/04/2019

LA VENTANA











 

 

 

 

 

POR ALEJANDRO BRAILE

              Sacarle mandarinas al tano Benvenutto en las siestas primaverales era todo un desafío, fundamentalmente porque nos corría a los tiros. Salía con la escopeta cargada con cartuchos de granos de sal y el tano tiraba. Las viejas cuando escuchaban las detonaciones murmuraban:

—Un día vamos a tener una desgracia.

Cuando la premonición se posiciona en el futuro, la desgracia parece ineludible; como es lógico pasó lo que tenía que pasar. El Colo, en medio del apuro que imponía el caño de la escopeta, pisó la rama equivocada y cayó de cabeza. Hospital, quirófano, llanto, tristeza… el Colo quedó postrado.

Cuando lo trajeron lo instalaron en la única habitación que tenía ventana a la calle, la casa, como casi todas las del barrio, tenía esa estructura de tres piezas en fila, una galería, al fondo la cocina y el baño. La idea era que las visitas que venían a ver al pibe tengan un acceso casi directo. Al Colo le pusieron la cama justo frente a la ventana que era de madera, vidrio repartido y un pequeño balcón, doble cortina, una blanca casi transparente, otra marrón de una tela mucho más pesada que siempre estaba recogida en el marco. Cruzando la calle, el campito, con los arcos desparejos de ramas de eucaliptus, gran parte de nuestra vida de purrete pasó en ese lugar donde la pelota rodaba hasta que aparecía la noche. Los partidos contra otro barrio eran cosa seria y nadie se los quería perder, el Colo tampoco, por eso le abrían de par en par la ventana y desde su lejana platea nos veía jugar. Después, cuando las mejores jugadas eran el comentario, cuando los goles que no fueron eran lamentos, nos sentábamos al pie de la ventana y a veces una voz participaba desde la penumbra. Armamos la cancha de bolita y figuritas en la vereda del Colo, solo para tenerlo cerca. Una tarde, Pablo, que nos llevaba varios años, discutió feo con “La Turca”, se quedaron un rato largo apoyados en la ventana y el noviazgo no naufragó de casualidad, se fueron cuando vieron por la cortina casi transparente al pibe en la cama. El Colo nos contó el episodio y se preguntó “¿En que habrá terminado la cosa?”. Se hizo costumbre hacer los deberes alrededor de la cama, mirando la ventana, hasta que la tarde fabricaba las urgentes sombras de la noche. En eso estábamos cuando Doña Petra y la Peluquera se acodaron en la reja, las figuras se dibujaban difusas en la cortina que iba y venía al ritmo de la brisa primaveral. La profesional de la tijera tenía una verborragia precisa, que bordaba con imágenes de calidad fotográfica; la otra vecina solo escuchaba, como lo hace una buena partenaire. Quedamos en absoluto silencio, en unos diez minutos nos enteramos de toda la actividad del barrio, de las desgracias, de las grandes alegrías, de las infidelidades… se despidieron y las figuras desaparecieron, nos hundimos en una aparente indiferencia y seguimos en lo nuestro como si nada. Varios se adjudicaban la idea, pero esa vez no fue propiedad de uno, como ocurría casi siempre cuando proponía algo el Beto. Hablamos con Pablo y la Turca, les pedimos que a la tarde se den una vuelta por la ventana y que conversen de sus cosas. Sabían lo del Colo como todo el barrio y agarraron viaje. Lo mismo hicimos con la Peluquera y Doña Petra. A los tres días la habitación quedó chica, las pibas del colegio sufrían el romance de la Turca y Pablo, la gente grande, mate en mano, no se perdían palabra de la Peluquera. Sin embargo la frase más famosa la acuñó Doña Petra, que remataba cada “informe”…:

—¡No me diga Pili!, ¡Pero, qué cachivache!

De repente todos querían estar en la ventana, incorporamos al Profesor Furibundo Tempo que presentó en horario nocturno un ciclo inolvidable, “Bandidos rurales y leyendas sub- urbanas”. Memorable fue la noche que presentó “La llorona”, la habitación colmada; afuera, solo la voz del viejo Tempo, varios juran haber visto entre las sombras de la cortina una mujer con vestido de novia que se perdía en la noche de la calle desierta.

Los habitantes de la ventana tuvieron leves, pero notables transformaciones. Pili, la peluquera, aparecía peinada y maquillada, La Turca y Pablo agregaron a su monótono noviazgo algunos episodios que ponían en duda su mutua fidelidad, extraídos sin dudas del mundo de la ficción, sin embargo jamás pudieron desprenderse de la dudosa reputación que había construido la ventana. Las charlas de los pibes después de los partidos dejaron de ser participaciones plurales, solo dos comentaban y opinaban. El fenómeno comunicacional rompió los límites del barrio, el mismo Intendente mandó un secretario a ver de qué se trataba todo eso de “La ventana”.

Facundo García era un taciturno personaje de la noche barrial, se le adjudicaban sórdidas amistades vinculadas con el mundo de los cabarets, sin embargo, nadie sabía a qué se dedicaba el hombre. La única señal verdadera, fiel a lo que habíamos visto, era la figura vestida de traje negro con un estuche de guitarra, lo cual nos hacía presumir que era músico. Una tarde, llegó hasta la ventana y se detuvo, con la mano izquierda en el bolsillo y el estuche rígido de la guitarra en la otra le habló a la penumbra de la habitación.

 —El jueves, a las nueve de la noche vamos a venir con unos amigos a tocar algunos tangos.

La estilizada silueta, que no encajaba con el sol y titubeaba en cada paso, se perdió en la calle polvorienta. Nos quedamos callados pero pensando lo mismo. La noticia la dio la peluquera el miércoles:

 —Mañana en “La ventana” tenemos música, en vivo, como en una serenata…

Tres guitarristas, un cantor y el silencio son una combinación poderosa, la expectativa es tan grande que el artista no puede evitar cierto temblor. No se sabe bien si fue la luz de la luna o el foco que colgaba en la mitad de la calle, lo cierto fue que dos manos grandes y un perfil inconfundible de bigote, funchi y nariz prominente aparecieron en el mágico rectángulo de la ventana. Cuando arrancó el primer acorde alguien desde el fondo de la habitación murmuró:

 —Atenti pebeta… —me parece que fue Don Furibundo Tempo.

La porteñísima voz de Edmundo Rivero nos dejó perplejos…

“Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo,

vos hacete la chitrula y no te le deschavés;

que no manye que estás lista al primer tiro de lazo

y que por un par de leones bien planchados te perdés.”

Hay una foto que jamás fue tomada y forma parte del imaginario colectivo del barrio; las cuatro figuras fundiéndose en la noche, acompañadas por el invisible abrazo de un aplauso interminable que emergía de una ventana en penumbras.

El día del milagro, desde temprano salimos a cazar mariposas, cientos de lecheras, esas que en sus alas mezclan el blanco con un verde claro desteñido. Algunas rojas y negras rompían el color que tomaban los frascos de vidrio. A las tapas, les dimos varias puñaladas para que entre aire.

La Turca nos dijo que sería la última vez que aparecería en la ventana, no dio ninguna explicación, después nos enteramos…

Pusimos los frascos repletos de mariposas en los costados del balconcito, disimulados entre las macetas. Los tapamos con cartones agujereados y le atamos un hilo de coser que viajaba hasta la mano del Beto en el interior de la habitación. Se había corrido la voz y estábamos casi todos. El primero en llegar fue Pablo, nos dimos cuenta que la Turca estaba viniendo porque al muchacho se le llenaron los ojos de colores. No sabemos qué había pasado pero ella estaba más hermosa, daba la sensación de que la juventud se le había mezclado con un sueño y la llenó de misteriosos reflejos, en los ojos, en los labios, en la negra cabellera…

Entonces lo besó y no fue cualquier beso, fue un beso de despedida, un beso con sabor a irremediable, un beso de esos, que uno sospecha, está destinado a ser eterno.

 —Me voy —le dijo en un susurro—. A estudiar teatro, a la capital, mañana.

El Beto estaba atento, justo cuando empezaron a brotar las lágrimas del muchacho tiró del hilo y un remolino con miles de alas los abrazó. La Turca se fue alejando despacio tirando un último beso desde la palma de su mano.

Todas las miradas se fueron con ella mientras cruzaba el campito, las mariposas la siguieron, algunas se prendían de su cabello como hebillas soñadas. Cuando desapareció en la curva del caminito de las bicicletas, Pablo ya no estaba, en ese instante nos dimos cuenta que todo había terminado. Fue en ese momento cuando ocurrió el milagro, el pie derecho del Colo estaba destapado y los dedos empezaron a moverse.

  

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