31/03/2019

¿QUÉ ONDA LA POSVERDAD?

 

 

 

 

 

 

 

 

POR ALBERTO SUAREZ

Cuando se hablaba de política, se hablaba de hechos. Ciertamente no faltaban las promesas, los deseos, las alianzas, y todo aquel entramado de intrigas que la democracia burguesa denomina, no sin decoro, “la rosca”. Pero fundamentalmente se hablaba en términos de hechos, como aquel evento fáctico incapaz de sucumbir a ningún discurso. Se hizo, está ahí, puede comprobarse. Cumplir lo dicho resultaba una cualidad muy próspera en el camino para captar el voto no militante, porque se medía en término de verdad. ¿Pero qué pasa cuando la verdad no es lo más importante, sino la imagen que nos hacemos de ella?

NOTA CRÍTICA QUE LO QUE CREO QUE ES CIERTO

 

Los hechos (que no importan)

             Los acontecimientos que se van sucediendo semana tras semana, día tras día, minuto a minuto, dan cuenta de un estado de cosas en que la verdad (en tanto conocimiento real), como aquel horizonte de la racionalidad, no tiene ya lugar. Si lo pensamos con liviandad, sería un curioso mundo dado a la especulación, a la oportunidad, abierto a la creación artística y al devenir de la vanguardia, e incluso para los foucaultianos más osados, un nuevo dispositivo dado a la destrucción de aquello establecido como estado natural de las cosas y a la que la Historia y el Poder –así, con mayúsculas– han dado su carácter normalizador. En efecto, la imagen individual de una verdad, eso que conocemos como el fenómeno de la posverdad, que pudo suponer la posibilidad hacia un discurso de la ruptura, o al florecimiento de discursos alternativos, nos hace enfrentar un dilema muy diferente: la inevitabilidad de la capitalización del sentido, de las subjetividades de las mayorías. Es decir, quién manda, quien logra imponerse en ese juego de mostrarse como portador incuestionable de lo que es cierto, de convencer a otros de que se tiene la posta.

No se trata de aludir a un mero relativismo, en que un suceso se revela verdadero o aceptable según determinado ciclo histórico-social que “lo legitime”, sino más bien a la acentuación de afirmaciones que no necesitan más comprobación que la de desear creerlas de antemano, y que responden exclusivamente a la configuración de nuestros ideologemas, esto es, los anteojos ideológicos con que comprendemos el mundo y lo que en él ocurre.

Es al sentido común, como se ve, a quien la posverdad viene a bancarle los trapos; pero no es un sentido común cualquiera. Pedagógica y metódicamente instaurado durante generaciones, el sentido común se alimenta de un discurso que no tiene nada de común, lo sabemos, y que se le planta, descarado, al pensamiento crítico. Puntada por puntada, ha construido el tapiz de su verdad y nadie le puede hacer frente ahora: su poder no proviene de la razón (racionalismo), ni siquiera de la experiencia sensorial (empirismo). Pareciera nutrirse, sí, de una pedagogía, de un discurso caníbal que los medios de comunicación/difusión hegemónicos deben –y desean–  fomentar.

Así como el concepto de Verdad en el pasado representaba la victoria de un discurso por sobre otros, así también la posverdad es producto de construcciones de poder. En términos benjaminianos, es la herencia cultural que recibimos, decidida por la clase dominante y en donde yacen no sólo las ideas que se erigieron como inapelables sino también las marcas de la opresión que sufrieron nuestros antepasados. Se sabe entre aquellos vinculados a las ciencias sociales que casi todo responde a una construcción social, a algo impuesto o consensuado para hacer perdurar el statu quo de una sociedad, y que aquello que termina instaurándose como sentido común no es más que el triunfo de un pensamiento sobre otro, más precisamente, el triunfo del pensamiento dominante. El avance hacia una sociedad dominada por los valores etéreos de la imagen, la hicieron posible, le dieron fuerza, tanta para proclamar la imagen por sobre el hecho. La posverdad es, entonces, la idea de verdad en un mundo de apariencias, más aun, es la imagen que nos representamos de la verdad.  Es, entonces, lo inevitable del Poder en una sociedad en donde la imagen lo es todo. Recorre las arterias de la superestructura, en cuyo torrente fluyen las nociones con que las grandes mayorías concatenan y alimentan sus análisis, sus pensamientos. Cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, tiene dentro suyo –casi un ADN– algo de esa superestructura, es decir, algo que servirá y fortalecerá a la posverdad, y que esta utilizará para hacer verosímil un discurso incierto, cuando no falso.

Chomsky afirma que en la actualidad dejaron de importar los hechos per se. La gente ya no cree en los hechos; aun sin negar su preponderancia, ya no poseen su carácter determinante. Es en este nuevo terreno, labrado primero por el auge de los medios de difusión y sembrado por la revolución comunicacional después, donde crece próspera la aguerrida hierva de la posverdad, con sus raíces profundas y oscuras. La granja de cultivo de las grandes dudas, es decir, de las grandes ideas, está restringida, cercada, coartada por aquella información con la que estamos previamente en amable consonancia. Nada importa más que consumir aquello que refuerce nuestro propio sistema de ideas, que nos libere, a decir de Kierkegaard, de la angustia de la nada. Si somos nuestras ideas, cuestionarlas, romperlas, no es sino romper nuestra identidad, por tanto, nuestro ser.

 

La imagen (que sí importa)

En términos marxistas, una única mercancía sobresale por sobre cualquier otra: la imagen, algo así como la cristalización de una idea.  No obstante, una de las mercancías que más se produce, trafica y consume en la actualidad es la imagen, una mercancía respecto de la cual gravita la idea (¿salida de dónde? ¿De quién?) de que es gratis. Si una mercancía, al menos desde los orígenes del capitalismo en adelante, nunca fue gratuita o masivamente gratuita, la pregunta sería entonces cómo y dónde pagamos la aparente gratuidad de la mercancía llamada imagen, cuáles son los procesos generadores de plusvalía y cómo articula en ese marco el concepto de clase.

La posverdad, es decir, la imagen de la verdad, logra relevancia una vez que la capitalización de los sentidos y las subjetividades ha sido desarrollada, en un nivel en el que dejan listas las conciencias para el paso siguiente. Las sociedades de hoy, en especial la de los pueblos latinoamericanos, que hemos sufrido fuertemente la colonización de nuestros sistemas de ideas para salvaguarda de intereses mezquinos y corporativos, han transitado, consecuentemente, por el camino que hoy desemboca en lo que conocemos como posverdad. Esta es posible dado que actúa en los vericuetos secretos e instintivos, no racionales, de la población. Encuentra sus fundamentos y su razón de ser en planteos falaces que están a la orden del día: si se me informa que determinado dirigente gremial, por decir un ejemplo, es corrupto, entonces diré que todos los sindicalistas lo son, y concluiré con que el sindicalismo debe dejar de existir. No es difícil ver hacia donde apunta esta lógica, ni quien la capitaliza. Lo que es difícil es aceptar cómo un trabajador –siguiendo el ejemplo- puede concluir esto, a riesgo de perder organización sindical, y por tanto, poder de negociación y derechos. La condena fácil dirá que se trata de un energúmeno, una célula, algo del orden de lo individual, de lo anómalo, cosa que, se ve, está muy alejada de la realidad.

¿Quiénes son los vencedores, aquellos que han dominado el desarrollo de la más importante de las mercancías, la imagen de verdad?

 

La posverdad (a quien nada le importa) 

Hablar de política hoy, es hablar de espectacularización. Como actor en un mundo de espectáculo, el político que triunfa es aquel que mejor logra desarrollar y posicionar su imagen. ¿Es la posverdad la distorsión deliberada de la realidad? ¿O no es más que la resultante de un proceso comunicacional basado en la imagen? ¿Es posible capitalizarla? ¿Existe una pedagogía al servicio de conclusiones falaces? Es la posverdad “leer de la realidad sólo lo que le cuaja y le cierra a lo que previamente uno cree”. Puede ser eso u otra cosa, no importa; sí parecería importante comprender sus razones, sus bases. ¿De dónde proviene? ¿Cómo es posible su existencia? ¿Cómo se critica a la posverdad, como se pelea contra ella si no le damos respuesta a su origen? Hablar de posverdad, es hablar de pedagogía, pero también, es hablar de psicología. Es intentar rastrear por qué una argumentación débil, insustancial, posee más verosimilitud que una investigación sólida. Es comprender que lo verosímil no radica en lo dicho, en el discurso, sino en la imagen, en el reconocimiento de ese discurso como propio, y en cómo ese discurso parece avalar la afirmación que barajamos como verdadera. Si “el sentido común” –es decir, la capitalización de los sistemas de ideas de los pueblos– es posible mediante una pedagogía, la posverdad es un sistema, una forma de controlar la verdad.

 “Dios ha muerto”, decía Nietzche, es decir, La Verdad ha muerto, entendiendo a Dios como aquella única verdad dada. Busquemos nuevas verdades, es el momento del hombre pues no hay dios que nos ofrezca una revelación, nos dijo la Modernidad. La posverdad decanta del antropocentrismo: nos creemos poseedores y constructores de nuestras verdades, y festejamos que ellas se encuentren reflejadas en un discurso Otro que las revaloriza y las eleva al falso podio de las certezas; pero al igual que la moda, nos es impuesta por un poder que controla y capitaliza nuestro sistema de ideas. ¿Habría entonces que volver a una etapa medieval de teocentrismo? Esa idea, claro, es tan insostenible como abyecta, sólo se trata de encontrar las razones de la posverdad, de su “irrupción” y de su poder sin precedentes. Reconocer sus bases es deber de quienes piensan la comunicación.

¿Y qué hay de los otros? ¿Es obligación de todos, saber todo? ¿O hay algo del orden de lo comunicacional que falla? ¿Es que no se está a la altura de desentrañar el entramado del “sentido común”? ¿Nos vemos incapaces de disputarle al Poder, desde el discurso, la hegemonía de las subjetividades? ¿Nos conformamos con escribir y hablarle a quien nos entiende y nos aprueba, a quienes piensan como nosotros? ¿Cómo medrar en un discurso que no es el nuestro y exponerlo de cara al tejido social? Por otro lado, ¿de qué manera posicionarnos como alternativa lógica, coherente, de difusión? ¿O es que la lógica y la coherencia han dejado de importar y el enfoque debe ser otro? ¿Es un problema de las grandes masas de no comprender lo que decimos, o responde a nuestras limitaciones fatales?

Son preguntas, por supuesto, que tienen tantas respuestas verdaderas como personas las lean. Eso, también es posverdad, porque la posverdad es ideología. Y la ideología, como todo, se construye.

  

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