31/03/2019

MONTGOMERY CLIFT

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POR GERMÁN GOMEZ

Retazos de una leyenda.

            Una espesa niebla se extendía, como una mano de los malos augurios, sobre el sinuoso camino que separaba Benedict Canyon de Sunset Boulevard, aquella maldita noche del 12 de mayo de 1956. Dos autos se dirigían camino abajo, separados por una corta distancia. El primer coche tomó una de las curvas y su conductor miró por el espejo retrovisor, pero solo vio una gran nube de polvo y el titilar intermitente de los faroles. Volvió sobre sus pasos y allí estaba; el auto de su amigo había perdido el control al intentar tomar la curva y se había estrellado contra un árbol, fuera de la carretera. Las puertas se habían trabado debido al impacto. No había teléfonos ni casas habitadas en derredor. Así que decidió volver al lugar del que habían salido minutos antes para pedir auxilio. La dueña de casa salió disparada, presa de un ataque de histeria. El hombre que estaba atrapado en aquella maraña de hierros era su mejor amigo, su alma gemela, tal vez el amor de su vida.

En una maniobra desesperada ingresó por la ventana trasera del auto y se deslizó hacia el asiento del acompañante. Tomó la cabeza del hombre, convertida en una masa uniforme, bañada de sangre. No podía hablar, pero juntó fuerzas para señalar su cuello. Había perdido dos dientes, que se incrustaron en su garganta y le impedían respirar. La mujer abrió la boca y con sus dedos retiró los dientes. Lo mantuvo abrazado, susurrándole al oído, hasta la llegada de la ambulancia. Cuando el médico se acercó al coche, Montgomery Clift, casi inconsciente, le dijo: “Doctor, le presento a Elizabeth Taylor”.

Esa noche fue el principio del fin para Montgomery Clift.

 

DE BROADWAY A HOLLYWOOD

Edward Montgomery Clift nació el 17 de octubre de 1920 en Omaha, Nebraska, unas horas después que su hermana gemela. A los 13 años le ofrecieron participar en una obra teatral. Tras algunas obras amateurs, el joven actor comenzó a trabajar en Broadway, donde continuaría haciéndolo durante más de una década, hasta que las ofertas para trabajar en cine -que hacía tiempo le estaban llegando- le resultaron irresistibles. Por aquella época se acostumbraba a firmar contratos que ligaban a los actores a un estudio por una determinada cantidad de películas, pero Montgomery, quería tener el control de su carrera y, por lo tanto, se negaba a encadenarse a un estudio. Tal era el deseo que tenían de trabajar con él, que aceptaron sus condiciones.

Una oferta que logró llamar su atención provenía de Howard Hawks, quien lo había visto actuar en teatro y estaba convencido de que era el actor indicado para encarnar al hijo adoptivo de John Wayne en ‘Río Rojo’. Un nuevo tipo de cowboy, moderno, andrógino, sensible, vulnerable y delgado entraba en escena. Y también lo hacía un nuevo tipo de héroe.

 

EL PADRE DE LOS ATORMENTADOS

El héroe rebelde que inundaría la pantalla en la década del ’50 y que encontraría sus prototipos más definitivos con James Dean en ‘Rebelde sin causa’ (1955) y Marlon Brando en ‘El salvaje’ (1954), nacía en 1948 en las entrañas de Montgomery Clift. A diferencia del macho violento que representaba Brando y el joven indefenso, incomprendido y con sed de amor de Dean, Clift era el héroe romántico, reservado, pero con un halo de magia que desprendía de su penetrante mirada, su rasgo distintivo. Sus papeles en ‘The search’ (1948), ‘Río Rojo’ (1948), ‘La heredera’ (1949), ‘The big lift’ (1950), ‘Ambiciones que matan’ (1951), ‘Mi secreto me condena’ (1953), ‘De aquí a la eternidad’ (1953) y ‘Estación Termini’ (1953) -previos a aquellos filmes de Dean y Brando- ya habían definido certeramente el tipo de héroe que encarnaba: un joven atormentado por sus ambiciones, traicionado por sus propias acciones, marcado por la tragedia. Un “anti-galán” encorvado, extremadamente delgado, algo desgarbado y pequeño, pero con una mirada capaz de derretir un iceberg.

Tanto Brando como Dean admiraban a Clift. Ambos lo llamaban por teléfono constantemente. Brando lo hacía para indagarlo sobre sus interpretaciones. En una oportunidad, cuando éste le preguntó qué pensaba de su más reciente film, ‘Ellos y ellas’ (1955), recibió por respuesta:

    “ – … Bueno. Vi la película y… ¿sabés una cosa?… ¡Vi… vi… un gran… gran… gran culo gordo!

   – ¿Pero qué pensás de mi interpretación? -volvió a preguntar Brando- …No sé, no la vi. El culo estaba siempre de por medio…”

Cuando Clift ya estaba entregado a su dependencia del alcohol y las drogas, Brando se reunió con él en una oportunidad para intentar disuadirlo de que comenzara un tratamiento de desintoxicación. “¿No sabés que vos sos el único actor de Norteamérica que me interesa? En cierto modo siempre te he odiado porque quisiera ser mejor que vos, y vos sos mejor que yo. Sos mi piedra de toque, mi desafío y quiero que vos y yo sigamos desafiándonos mutuamente.”

La suerte de James Dean fue distinta. Este solía llamarlo por teléfono y dejarle mensajes en su contestador diciéndole que era su ídolo y que quería conocerlo, pero Clift nunca atendió ni devolvió los llamados. Incluso cambiaba el número del teléfono. Luego de la muerte de Dean, cada vez que se emborrachaba, lloraba lamentando no haberle dado una oportunidad. Montgomery Clift fue el primero, el original. Brando y Dean lo sabían. Las nuevas generaciones parecen haberlo olvidado.

 

LA NEGATIVA DE LA ACADEMIA

Clift trabajó con algunos de los mejores directores de su época: George Stevens, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Vittorio de Sica, John Houston, y William Wyler, entre otros. Era extremadamente minucioso a la hora de seleccionar un papel, rechazando la mayoría de los que le eran ofrecidos, eso también explica lo exiguo de su filmografía  pero, al mismo tiempo, la alta calidad de la misma.  Fue nominado al Oscar en cuatro oportunidades: en 1948 por ‘The search’, en 1951 por ‘Ambiciones que matan’, en 1953 por ‘De aquí a la eternidad’ y en 1961 por ‘El juicio de Nuremberg’. En esta última hace una aparición de sólo 7 minutos. Personifica a un judío sometido a una esterilización por ser retrasado mental y consigue -una vez más y tal vez más que nunca- transmitir una desolación, una intensidad, un realismo, que dejan al espectador estupefacto. Pero parece no haber sido suficiente para la Academia y su particular criterio de elección. Como el mismo Monty lo dijo: “He sido propuesto cuatro veces. Creo que los premios dedican demasiada atención a la popularidad y no suficiente al mérito. Esto de los premios es algo divertido. Es bien sabido que ni Garbo ni Chaplin lo consiguieron: los únicos que realmente lo merecen, no han conseguido el Oscar.”

 

“MI SECRETO ME CONDENA”

Una de las cuestiones que más lo atormentaba era su homosexualidad. Por aquel entonces no sólo los actores, sino sobre todo los estudios, hacían lo imposible para esconder la homosexualidad de sus estrellas. Clift nunca llegó al extremo de Rock Hudson, que acabaría casándose con su secretaria en un intento de mantener una fachada heterosexual, pero la cuestión lo preocupaba. Tuvo romances platónicos con muchas de sus co-estrellas, pero nunca pasaban de eso. El más conocido fue el que sostuvo con Elizabeth Taylor en el set de ‘Ambiciones que matan’. La jovencita tenía 18 años pero ante la negativa de contraer matrimonio acabó casándose con Nicky Hilton. Continuaron siendo grandes amigos y trabajando juntos hasta la muerte de Clift -de hecho, cuando sus adicciones ya eran de carácter público, gran parte de los papeles que consiguió fueron gracias a la presión de la Taylor sobre los productores.

Al principio Clift trataba de mantener un bajo perfil respecto a sus preferencias sexuales y sus amoríos, pero sobre el final ya nada parecía importarle y abordaba jovencitos en lugares públicos, a la vista de cualquiera. En una ocasión, Frank Sinatra (de quien se había hecho amigote en la filmación de ‘De aquí a la eternidad’) lo sorprendió insinuándose a otro hombre para una fiesta y ordenó a sus guardaespaldas que lo echaran, poniendo fin a su relación.

 

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

La incapacidad de afrontar su propia sexualidad y las presiones ejercidas por el sistema hollywoodense, sumadas a una interminable serie de malestares físicos y enfermedades (disentería, insomnio crónico, dolores de cabeza, várices, calambres, cataratas, hernia, bursitis, artritis, hepatitis, y una enfermedad en la tiroides que le causaba deficiencia de calcio y vitamina D) lo llevaron a sumirse definitivamente en sus adicciones. A las que le recetaban los médicos para paliar sus dolores (sobre todo después del accidente, del que nunca logró recuperarse, no solo física, sino también psicológicamente; las cicatrices y los cambios en su rostro eran notables), sumaba otras que conseguía en el mercado negro. Mezclaba todo en medio de diferentes bebidas. Era costumbre verlo en el set de filmación cargando un termo con una mezcla de Demerol, jugo de frutas y bourbon. Lamentablemente, su final parecía estar escrito.

El sol comenzaba a filtrarse entre los cortinados aquella mañana del 23 de julio de 1966, iluminando tenuemente la gran habitación. Sobre la cama yacía un hombre inerte, desnudo, en posición fetal. Había sido, probablemente, el actor más talentoso de su generación. El más admirado. Ese día los haces de luz iluminaban un rostro pálido, marcado por el paso del tiempo, por el abuso de los estimulantes y por las cicatrices de un accidente. Montgomery Clift dejaba 17 películas. El hombre se fue, el actor y sus películas estarán con nosotros siempre.

  

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