31/03/2019

EL AMOR DEFORMA, Y CONFORMA

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

POR ALBERTO JUAREZ

Existe un conocido proverbio que dice que el amor no se piensa, se hace. Este sabio razonamiento popular requiere una atractiva aunque necesaria problematización sobre qué es el amor, que a primera hora puede sonar superficial, anodina, pero que podría ser en sí la piedra angular, una especie de apotema filosófico.

                Sólo al identificar y definir el amor, aislándolo de otros sentimientos (el cariño, el respeto, la alegría, el deseo, etc.), es que se podrá elaborar una idea más acabada acerca de su naturaleza como punto de llegada o de eterno camino. ¿Cómo esperamos acaso manipular conceptos y hacerlos encajar en un engranaje discursivo si somos incapaces de definirlos? Cuando nos preguntamos: ¿es el amor un reencuentro, como planteaba Aristófanes, o es el camino, el “intermediario”, como dirá Sócrates en su discurso? O más, ¿es el amor el deseo, ese vértigo del desafío sin respuesta del que habla Baudrillard? Se hace patente la necesidad de una pregunta que sobreviene a las anteriores: ¿existe el amor?

Son recurrentes los debates acerca del amor, y su concepto polisémico. ¿Qué es el amor? es una pregunta inevitable que los espíritus sensibles se hacen en algún momento de su existencia. ¿Es el amor un concepto diferente al del deseo? ¿O el amor es deseo? ¿O este se subordina a aquel? Es extraño. Mientras el deseo supone un comportamiento elemental, natural, si se quiere, instintivo en tanto animal humano, el amor parece más una construcción social, una convención normalizadora. La asimilación del amor por deseo es por lo menos confusa. Pero, ¿a quién conviene esa confusión?

Si en sus orígenes amor y deseo iban de la mano, (recordemos que Platón en El Banquete hablaba de amor de pareja sólo para vincularlo al deseo por nuestras inquietudes, al deseo por el saber, a la filosofía que es lo que a él interesaba), el significado en nuestros días dista mucho del de aquel entonces. Una frase de Sábato resulta ilustrativa: “La prostitución degeneró al amor”. Esta frase, y otros tantos debates al respecto, que siguen esta línea, muestran a las claras la vinculación del amor con el deseo en tanto atracción sexual.

Pero esa arbitrariedad parecería abarcar sólo una faceta del amor, que se presenta hoy como una abstracción colosal, y en su voracidad caníbal se alimenta de todo lo que contiene algo de deseo. El amor parece ser menos un sentimiento genuino que un concepto que acumula y se forma de sentimientos distintos. Es así que no sólo sentimos amor por el otro en tanto atracción sexual, también sentimos amor por nuestros amigos, por nuestros padres, por nuestros hijos. Sentimos amor, en definitiva, por nuestros intereses afectivos como intelectuales.

Pero en realidad en todos estos ejemplos, ¿no nos está moviendo el deseo? Deseamos tener amigos que nos respeten y admiren, y a quien admirar en las horas de soledad; deseamos que nuestros padres permanezcan y nos alivien del inminente vacío de la huerfandad; deseamos que nuestros hijos crezcan, deseamos cuidarlos: si algo malo les aconteciera atribuiríamos nuestra pena insoslayable al amor, y nos refugiaríamos en un dolor por ellos que en realidad no sería más que un dolor por el desamparo, es decir, por perder ese “resguardo” en donde depositamos todo nuestro ser y quedarnos expuestos; deseamos, al fin, a otros, expresando un interés por el desafío, un deseo por poseer, o cuanto menos por influir en la vida de un otro. Deseamos. Todo es deseo, y nuestras actividades intelectuales, como se dijo, no están aisladas de esa inquietud capital: nuestro amor por el saber, no es otra cosa que el deseo de saber. Y todo ese deseo es movido por los vastos engranajes de la finitud.

Con difusa claridad logra verse la subordinación del deseo al amor. El deseo entonces, pervertido, despojado de su significado real, es abarcado sólo desde su faceta “positiva” y pasará a formar parte del gran saco de sentimientos que integran y conforman el amor, ya que este requiere un carácter altruista, pues todo lo que tiene amor está en el plano de lo bueno, de lo que se hace bien, de lo que está bien, (el respeto, el afecto, el compañerismo, la solidaridad, etc.), mientras que el deseo tiene orígenes más individuales, más egoístas, de los que es despojado.

Deseamos lo que no tenemos; lo deseamos para saciarnos a nosotros mismos. Si el mito de Aristófanes promulgaba la búsqueda y el encuentro de nuestra otra mitad, parece menos por amor al otro que por amor a nuestra completud, por el deseo de ser nuevamente uno. Ese ser que éramos y que las divinidades dividieron necesita ser uno otra vez. La búsqueda del otro se convierte así en la búsqueda de nosotros mismos. Lo buscamos, y deseamos encontrarlo para completarnos. Lo hacemos por nosotros, para “retornar a nuestra antigua naturaleza”.

Es en este punto donde me atrevería a desdoblar por completo aquella primera frase de que el amor se hace, para pasar a otro significado, ya que el amor parecería no existir en sí mismo, sino que es conformado, se le da forma: entonces el amor, literalmente, se hace. Por ello, y en primer lugar, para comprenderlo como camino o como fin, es preciso diferenciar el amor del deseo, y quitarle al primero la existencia que usurpa. Hablar de amor, en estos tiempos, es confundirlo con el deseo.

El concepto de amor se nutre del deseo y le roba su identidad. Hacer algo que nos place, no es hacer algo que amamos, es hacer algo que deseamos. Mientras el deseo parecería ser el más contundente y legítimo motivo de relacionarnos con el todo que nos rodea, el amor (que soslaya hoy las meras implicaciones sexuales) aparece como la construcción moral de la normalización. A la vertiginosidad peligrosa de desear lo que no tenemos se le opone la seguridad de la normalización. Se necesita algo que nos asiente sobre bases sólidas, que nos adormezca en el sentir. Y es en esa construcción, que subordina al deseo, cuando el amor se vincula con el sosiego y la tranquilidad.

 El amor, entendido en su significante de hoy, se ha revelado herramienta de control. No solo porque rige nuestro comportamiento estableciendo normas, sino también porque, diferente al deseo, quiere controlarlo, hacerlo suyo, porque el deseo moviliza y el amor necesita tranquilidad, estabilidad. Muere el que normaliza.

La vida es los instantes en que se vive; vivir entonces sólo es sentirse vivo, meta alcanzable en los momentos en que la vertiginosidad nos atrapa, nos vigoriza en la embriaguez, y dejamos de lado la tranquilidad “confortable” de la seguridad. La seguridad normaliza, se hace norma, se establece como algo que no debe ser trasgredido, y si se trasgrede se está en el ámbito de lo indebido, de lo oscuro, de lo prohibido. Y lo prohibido seduce, así como lo oscuro, que es lo que no podemos ver, lo que permanece velado a nuestro entendimiento, y que nos moviliza en el deseo de conocer, de saber qué hay en ese otro lado. Lo desconocido nos pone en movimiento; nos inquieta y nos seduce, luego, la seducción es vivir. En términos de Baudrillard, la seducción es el verdadero arkhé: “Sólo está muerto el que ya no quiere seducir en absoluto, ni ser seducido”.

Despojado entonces el concepto de amor de los sentimientos que devora para poder conformarse, sobreviene la pregunta: ¿cómo no vincular el amor–deseo con la filosofía? Ya el término encarna esta relación. Y dijimos que todo es deseo; que nuestro amor por el saber, no es sino el deseo de saber, y que todo ese deseo es movido por los vastos engranajes de la finitud. Sin embargo, y aunque todos temamos a la muerte y algunos inclusive cuestionen su lugar en el Universo, es interesante reelaborar las palabras de Woody Allen: “Es tarea del artista no sucumbir al desespero, sino buscar un antídoto para el vacío de la existencia”.

Y es que el filósofo, más que a la ciencia, parecería estar ligado al arte, a pesar de que algunas acartonadas definiciones nos hablan aun de la filosofía como una ciencia, que de forma cuidadosa y detallada, busca dar respuesta a una variedad de interrogantes. Sin embargo, fuera ya de ese concepto anacrónico y hasta deplorable, está claro que la filosofía parecería interesarse más por la pregunta que por la respuesta a sus inquietudes, por una búsqueda inagotable y un deseo de saber que nunca termina de colmarse. Cuando sobreviene una respuesta, (si es que el eventual filósofo se atreve a aceptarla) y la inquietud desaparece, desaparece también la intensidad del pensar, y el deseo, velado en la certidumbre, se apaga.

La existencia de una respuesta supone la extinción del deseo de saber: ¿de qué vale seguir buscando cuando ya conocemos, cuando ya vimos la verdad? Es entonces cuando una atenta lectura de Nietzsche, se elevará reveladora, y nos dirá que la muerte de Dios, no es otra cosa que la muerte de lo establecido, de la verdad. Y si no hay verdad, no hay posibilidad alguna de respuestas verdaderas. Eso, lejos de ser un problema, podría leerse como el alivio del filósofo, su triunfo, que ve, tal vez, en la no verdad, la oportunidad para desligarse de conceptos que harían desaparecer sus inquietudes, sus deseos, por tanto, su propia existencia, y ven en esta no verdad el incentivo necesario, en tanto artistas, para crear nuevos caminos y alternativas.

La no verdad se transforma entonces en la salida que más le cierra al filósofo para enfrentar su finitud. “Dios ha muerto, pero las sombras de Dios nos siguen atormentando”, agregará Nietzsche. ¿Qué promulgaba con ello? ¿La muerte de una verdad trascendente, que a la vez nos exige seguir en busca de otras verdades?, tal vez. Entonces esa muerte, ¿no supone también la vida?

El amor–deseo es, al igual que el comportamiento filosófico, el camino. Una vez que llegamos a la meta se desvanece, deja de ser. Así como el “enamoramiento”, esa exaltación del deseo, es sofocado por la costumbre, así también sofoca una respuesta a un amante de las preguntas. La seducción pone fin a toda economía de deseo, dirá Baudrillard. Y la frase “sólo está muerto quien no quiere seducir en absoluto, ni ser seducido”, reforzará su significado. La seducción es entonces el camino, es pleno deseo, plena filosofía, pues es en este hecho de ser seducido donde trabaja el deseo de la filosofía por el saber.

Porque el filósofo conoce de antemano que la sabiduría, como la verdad, es inalcanzable, entonces es ahí donde se vigoriza el deseo, porque ignora lo que hay más allá, y su única certeza está en que en lo inalcanzable está su placer, su vida, que es toda seducción. ¿Y acaso no es el deseo (amor) aquella vocación de tratar de alcanzar lo que se nos escapa, pero sin nunca alcanzarlo?

Así como el discurso de Sócrates advierte que Eros (amor-deseo) es el camino, la alianza de la carencia y la opulencia, así también podemos emparentar ese discurso al significado de filosofía, que busca la sabiduría que no tiene, esa búsqueda constante que nunca debe alcanzar aquello que busca bajo riesgo de extinguirse.

Decía el filósofo “rockstar” Darío Sztajnszrajber: “Paradoja trágica del amor; búsqueda que cuando logra alcanzar lo que busca, se disuelve como búsqueda”.

  

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