10/03/2019

UNA GIRA CON NATACHA JAITT

 

 

 

 

 

 

 

 

POR JAVIER DEFOX

La muerte de Natacha Jaitt es un crimen político. Sea cual sea el resultado de la investigación judicial. No importa si fue asesinada o esa noche fue demasiado “variadita, variadita” para ella. El fin de su vida es la expresión más brutal de la podredumbre del sistema capitalista hoy. Una paria de esta sociedad como ella, logró concentrar en poco tiempo todas las contradicciones de quienes nos planteamos, aunque sea tibiamente, la necesidad de acabar con la barbarie que estamos transitando.

          Sus denuncias sobre la red de prostitución infantil en las Inferiores de Independiente y la violación que sufrió a manos de dos amigos no son solo episodios de alguna lucha entre bandos de la trata de personas, una interna entre los servicios de inteligencia o algún tipo de extorsión para parar la olla. Hablan de la evolución social, reivindicativa y hasta política -si me dejan en esta noche de destornillador barato- de una mujer que vivió más allá del terraplén toda su vida. Y que, alentada por la agudización de la lucha de clases, decidió renegar del mundo del que era parte.  O sea, como ella hacía todo en su vida, se tiró al vacío sin red.

   Pero el mundo no le creyó. Que una puta, drogadicta y escandalosa como ella sacará a la luz lo que pasaba por fuera de la cola del supermercado, la tele y esas reuniones protocolares verdosas no estaba en los planes. Su falta de autoridad moral –según algunos- para denunciar todo el andamiaje de corrupción y degeneramiento que convive con nosotros, echó por tierra todo el componente “formal” de la lucha del movimiento de mujeres. Al punto tal que le está dando un margen de acción a los antiderechos, o sea lo defensores del Patriarcado, para aprovechar su muerte y tratar de dividir al movimiento más genuino y dinámico de la actualidad: el movimiento de mujeres.

   Porque es falso, y pérfido, que muchos estén saliendo a decir que las actrices organizadas en torno a la denuncia de Thelma Fardín le dieron la espalda. El colectivo de mujeres atendió el caso. Pero sí es cierto que esa “comisión especial” que crearon para seguir su caso se basaba en las dudas de sus denuncias. Es decir, que su actividad laboral como actriz porno y prostituta también para ellas merecía reparos. Lo que sirve para mostrar que el “Yo te creo” posee límites. Límites que desnudan el carácter de clase y la tendencia a la adaptación del mismo a las presiones de la pequeña burguesía que se dice ilustrada.

   En el último año de su vida, Natacha Jaitt decidió enfrentarse al Patriarcado, de quién era su fiel cortesana. Y que sea puta conventillera la condenó a la soledad. Lo que dispara un millón de preguntas sobre el movimiento de mujeres mismo. Porque la finada Natacha podría llegar a encarnar la misma “sensación popular” que en su momento lo fue el movimiento de desocupados. Que “los misteriosos caminos del señor” estén haciendo que la resistencia a la descomposición capitalista nazca de las entrañas mismas de lo que debe ser echado a la basura a la hora de acabar con la barbarie que vivimos.

   Allí reside el vigor de su muerte. En que muestra que el dolor individual de las personas pueden hallar una razón de ser cuando se integra a una salida colectiva a las miserias como con las que Jaitt convivía, se manchaba, se embebía, se esnifaba. Aunque viniese con el olor nauseabundo de las alcantarillas que hace que el medio pelo argentino –sean de caretas verdes o celestes- se tape la nariz cuando pasa por ellas. O las cuelguen en el living de su casa reciclada junto al poster firmado de Silvio Rodríguez diciendo que es arte. Pero nunca viéndolas como parte de la ciudad.

   Por eso tiene sentido recordar que #TodossomosNatacha. Para no enfriar tu cuerpo con toallas mojadas. Y salir de gira con ella. Tras los sesudos libros revolucionarios, frente a la anquilosa posmodernidad de panzas llenas. Lejos de las luces de la prensa, cerca de la sublimación de la agonía individual.

  

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