15/02/2019

PARTIDOS AL MEDIO

 

 

 

 

 

 

 

 

POR SERGIO DI BUCCHIANICO

Estimamos conveniente recurrir a datos históricos, periodísticos y a opiniones o miradas de pensadores con mucha más autoridad que la nuestra para tratar de resolver un interrogante que nos desvela: el camino es ¿politizarnos o partidizarnos?

          Si consideramos a la intuición como la habilidad para conocer, comprender o percibir algo de manera clara e inmediata, sin la intervención de la razón, debo reconocer que con respecto a los partidos políticos siempre he contado con esa destreza para apreciar que eran organizaciones o corporaciones desentendidas de las reales dificultades e intereses de las mayorías, a las cuales apelan solo para obtener éxito electoral dentro del bendito sistema democrático y republicano. Pero con el paso del tiempo fui observando que mis intuiciones eran compartidas por una buena parte de la ciudadanía, ya que las estadísticas mostraban un importante numero de conciudadanos que no solo no formaban parte del carnaval electoral, sino que intentaban hacer política por afuera de esas estructuras aparentemente cada vez más en crisis, lo cual me condujo a reflexionar acerca de la diferencia entre la politización y la partidización de las masas y a que quizás la confusión de una con la otra sea una estrategia mas de los sectores dominantes para seguir ejerciendo el control en el manejo de las relaciones de producción, cuyo resultado sería la conformación de las relaciones sociales; o por el contrario la politización acaso sea un formidable instrumento para contrarrestar el poderío masivo de los partidos, con su manifiesta influencia destructiva en la construcción de organización popular independiente y su consecuente disputa de poder con ella.

Pero desconocer la importancia de los partidos políticos en las transformaciones históricas que la humanidad ha producido, sería, además de ingenuo, poco serio e injusto, recordemos que importantes referentes históricos revolucionarios han dedicado infinidad de paginas al rol del partido en la vida social de los pueblos y en sus avances y retrocesos en cuanto a conquistas políticas, económicas y culturales (Trotsky, Lenin, Rosa Luxemburgo, el Che, Perón, etc.); Gramsci por ejemplo definía al partido como “…un organismo elemento de la sociedad en el cual comienza a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción”. Es “la primera célula en que se resumen los gérmenes de la voluntad colectiva que tienden a devenir universales y totales” sentenciaba. Según Gramsci un partido nace “para dirigir las situaciones en momentos históricamente vitales para su clase”. Y por ultimo el gran pensador marxista italiano sostenía  que “cada clase tiene un partido único”, idea fundamental para entender el comportamiento de aquellos núcleos humanos que ejercen el poder e influencian en la configuración de vínculos sociales, constructores de esquemas simbólicos imprescindibles al momento de analizar la realidad, para luego modificarla.   

Pero lo cierto es que creemos trascendente tener en cuenta que en las últimas décadas los partidos parecieran haber iniciado una escalada –cada vez mas acentuada- de desprestigio en la ciudadanía, pues tanto votos en blanco como abstenciones, vienen constituyendo un protagonismo inusitado en los estados democráticos de diferentes países del mundo.

Por ello, estimamos conveniente recurrir a datos históricos, periodísticos y a opiniones o miradas de pensadores con mucha más autoridad que la nuestra para tratar de resolver un interrogante que nos desvela: el camino es ¿politizarnos o partidizarnos?

 

A lo mejor sería apropiado revisar rápidamente el origen de los partidos políticos para entender su decadencia, ya que esta solo se produciría porque alguna vez las agrupaciones aquí referidas debieron haber gozado de álgidos momentos protagónicos en los  cambios que las sociedades han producido en la historia, al menos del siglo XX, quiero decir que tal vez el viejo refrán: “todo lo que sube también baja”, en este caso tenga aplicación justificada.

Algunos autores remiten su origen al S. VII y S XIII pero fue a partir de los aportes de Bolingbroke, Hume y Burke que se comenzó a diferenciarlos de las llamadas “facciones”, pues Burke los define como  “cuerpo de sujetos que estando de acuerdo en un principio particular promueve un interés nacional y se coloca en la esfera de gobierno siendo responsable de sus actos ante el parlamento primero y luego el pueblo”. Aunque “su institucionalización como sujetos públicos solo se lograría a partir de la segunda guerra mundial” (Guemes María Cecilia, “Notas para pensar la crisis de partido, de legitimación, de sistema…”. Noviembre 2005).

Es necesario destacar que la influencia de la iglesia, sindicatos, cooperativas y grupos campesinos fue determinante en la gestación de los partidos, cuya principal función habría sido no solo expresar la voluntad popular sino también forjarla. Podríamos pensar entonces que tanto la representatividad y legitimidad deberían ser esenciales para que los partidos puedan cumplir los objetivos propuestos, pues sin ellas adoptarían las características de las antes mencionadas facciones relacionadas a conductas dañinas, siniestras y arbitrarias.

Por otro lado ya en la lejana antigua Grecia, Aristóteles afirmaba que “los seres humanos somos animales políticos dotados de razón”, queriendo explicarnos que nos diferenciamos en el reino animal por el conocimiento racional, ya que tendríamos conciencia del bien y del mal además de la justicia e injusticia, así mismo el gran filosofo ateniense aseguraba que en la Grecia del S. IV uno de cada cuatro ciudadanos tenía participación en la vida publica, corroborando su hipótesis sobre seres políticos y racionales.

Entonces, si tomamos como válidas las afirmaciones aristotélicas, un interrogante emerge alterando tal vez la tranquilidad de dichos razonamientos: si somos racionales, si construimos partidos en el afán de modificar nuestras realidades, ¿por qué estos, a través del tiempo, parecen haberse transformado en organizaciones que atentarían contra los principios que fueron el origen de su existencia? Como lo demuestra la crisis de representatividad y legitimidad, que se manifiesta en el aumento de abstencionismo y en el surgimiento de organizaciones sociales, cada vez mas perfiladas a iniciar el camino hacia el reemplazo de los partidos políticos, en esta modernidad tan compleja como imprevisible.

En primer lugar se podría sugerir que el renunciamiento a la participación en la cosa publica quizás este vinculado a una crisis de carácter sistémica por la que atraviesan los estados capitalistas, puesto que al no ser garantizadas las necesidades básicas de gran parte de la población, difícilmente los individuos cuenten con incentivos y tiempo suficientes para intervenir en la vida publica. Según Habermas, “el paradigma de la política concebido en un sentido practico de autodeterminación ciudadana, no es el mercado sino el diálogo”, pero cuando es el mercado quien determina las relaciones sociales, con su marcada influencia en las desigualdades y carencias de la población, el diálogo y la autodeterminación ciudadana Habermasianas parecen mas utópicas que el concepto de sociedad sin estado.

En otro orden de cosas, Habermas nos advierte que la democracia “ya no persigue el fin de racionalizar el poder social mediante la participación de los ciudadanos en procesos discursivos de la formación de la voluntad: más bien tiene que posibilitar compromisos entre las elites dominantes” (Habermas 1999:65). En este sentido no sería descabellado afirmar que el creciente abstencionismo sería el resultado de “la falta de transparencia, la partidocracia, la crisis económica, social y cultural entre otras condiciones”, como afirma Rogelio López Sánchez en su trabajo “Abstencionismo como fenómeno político en la sociedad contemporánea”, 2013 Universidad de Baja California, México.

Ahora bien -en este tramo del texto- suponemos acertado igualmente abocarnos a prestar atención al concepto de politización para ver si logramos desentrañar la dicotómica lógica aparente entre politización y partidización. Según la Real Academia Española politizar sería: 1) dar orientación o contenido político a acciones, pensamientos, etc., que corrientemente, no lo tienen. Y 2) inculcar a alguien una formación o conciencia política. Es decir que si la personas individualmente y los hechos colectivos humanos en general son permeables a orientaciones o contenidos políticos, podríamos inferir que el viejo Aristóteles al definirnos como animales precisamente políticos estaba realmente en lo cierto, y por lo tanto no serían solo los partidos los dueños del fenómeno político, sino que todos nuestros actos estarían imbuidos del mismo, y en consecuencia, la partidización de las masas sería nada mas que un aspecto de dicho fenómeno, y al mismo tiempo se podría considerar a las organizaciones sociales como agrupaciones  con fines políticos, ya que todos seríamos potenciales agentes transformadores de realidades. Y en ese caso la crisis partidaria estaría asociada de igual forma, a que tal vez en este momento histórico se estén configurando nuevas maneras de participación con vocación de poder, a pesar de los esfuerzos partidarios por mantener su hegemonía funcional al paradigma republicano, capitalista y cristiano socio del dios mercado, que posibilita la concentración indescrimida de la riqueza, esa riqueza que produce la mayoría de seres humanos que habitan el planeta.

De igual modo creemos útil revisar algunos índices relacionados con la disminución de la participación ciudadana en los actos electorales, para intentar  obtener  un panorama acertado acerca de dicho comportamiento social. En Argentina desde 1983 a 1997 se produjo un notable cambio a favor de la abstención y el voto en blanco: en el 83 el 1.2% fue del voto en blanco contra el 14.4% de abstenciones; en el 89 1.5% de voto en blanco y 14.5% de abstenciones, pero en las constituyentes de 1994 el voto en blanco se llevó el 3.4% y las abstenciones el 31.5%; y en 1997 3.6% voto blanco y 22.2% abstenciones (fuente: diario Clarín 11/4/94 y 29/10/97).

Teniendo en cuenta estas cifras el escenario posible parecería desastroso – en cuanto a republicanismo se refiere- si el voto no fuera obligatorio en estos territorios abonados por el descreimiento; aunque no parecen ser los únicos, ya que en las elecciones presidenciales de Chile del 2017 la abstención electoral supero el 50% con una participación activa solo del 46.8%.

De acuerdo al programa de Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), en Chile y en Colombia solo participa el 47% del electorado en los comicios (Fuente: Giorgi Jerónimo, Diario El Observador). Así mismo el paraíso de la democracia –Los Estados Unidos de América- no parece escapar de la apatía partidaria, puesto que en las presidenciales del año 2012 hubo una participación del 53.6%, y en las ultimas tres décadas la abstención en promedio ha sido del 50% a pesar de las inversiones millonarias en cada contienda electoral (Fuente: Fernández Alfonso, Nuevo Herald 4-11-2016). Vale la pena recordar que en Brasil la abstención viene creciendo desde el 2006, cuando fue del 16.8%, cuatro años después alcanzó el 18.1% y en el 2014 trepó al 19.4%, hasta alcanzar el 20.3% en 2018 (Fuente: Diario La Jornada 8-10-2018).

Así las cosas resulta poco complicado entender que encaminarnos hacia la partidización quizás nos lleve a complejos callejones sin salida, como parece ser la denominada grieta argentina cada vez más funcional a las burocracias partidarias, sindicales y culturales hermanadas al capital monopólico y financiero, comprometidas con prebendas más que con ideales, y cada vez menos referenciadas en los intereses del campo popular.  

Vale decir que la crisis no sería solo partidaria sino también de la política en general y del sistema representativo. Es esto lo que explicaría el elevado porcentaje de abstenciones electorales en muchas de las democracias globalizadas de este capitalismo también global que nos toca vivir.

Si bien es cierto que lo antes descripto tiene correspondencia con los partidos del sistema, el rol de la izquierda en este contexto sería digno de ser observado, en tanto posibilidad de convertirse en una alternativa para aquellos amplios sectores huérfanos de representatividad, aunque pareciera ser que no estaría a la altura de dichas circunstancias, si tomamos en cuenta sus resultados electorales y la escasa construcción de poder real, elemento  necesario y vital para enfrentar y derrotar a la maquinaria capitalista republicana.

Probablemente habría que enfocar la cuestión, en el éxito evidente del mencionado sistema representativo, que indudablemente ha logrado inducir a las izquierdas para que estas integren sus concepciones y reglas de juego en cuanto a prácticas parlamentaristas, acaso estériles para la solución de la inmensa cantidad de problemas irresueltos de grandes masas de personas que conforman la plebe del sistema internacional dominante, y cuyo resultado sea la apreciación generalizada –de importantes nichos electorales- de que “son todos iguales”, porque tal vez el camino a recorrer radique en la politización de la vida ciudadana y no en la partidización de esta, dado que aceptar las reglas de los dominadores quizás nos convierta inmediatamente en dominados, es decir en sujetos políticamente partidos al medio.

  

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