13/02/2019

ENFERMOS DE SALUD

 

 

 

 

 

 

 

 

POR RAMONA SOTO

‘Si desea la felicidad, no se amigue con su familia. No reclame aumentos de sueldo, no salga de copas, no se busque jóvenes amantes. Hágase un chequeo médico que le vamos a decir qué hacer para cuidar una glándula que le permita alcanzar el Nirvana, o para dejar esa cara de orto de lado. Que pase el que sigue’.

¿ESTAREMOS PERDIENDO LA BATALLA MÁS IMPORTANTE, LA ÚNICA?

 

               La vida es incompatible con la salud. Me di cuenta después de haber perdido la mañana tomando agua, comiendo sano y haciendo ejercicios. No es que me diviertan las verduras, correr o hidratarme, lo que pasa es que me resulta difícil olvidar los consejos para vivir mucho. Saber tanto sobre salud no me hace sentir mejor pero al menos me mantiene entretenida con algo; el miedo a morirme.

Prolongar la vida a cualquier costo ocupa hoy el lugar reservado a disfrutar la vida a cualquier costo o a lograr algo a cualquier costo. Si el cuidado de la salud hubiese sido siempre una bandera, si lo único razonable hubiera sido tener una vida sana, la humanidad no tendría historia y, si la tuviera, sería una en la que nunca pasó nada.

¿Cómo hablar mal de la salud? ¿Acaso lo que la ciencia aconseja no es una verdad imbatible? Lo es, pero sólo dentro de la ciencia. Fuera de ahí, es una toma de posición. La ciencia puede explicar – y no del todo – cómo funciona una persona pero nunca lo que es una persona. Ahí aparece la diferencia entre vida y salud, entre ser alguien o algo, entre poder decidir o ser un cuerpo pensado por otro.

Cuando la ciencia se pone a hablar donde no sabe, suele lograr físicos saludables, vidas sin rumbo y gente profundamente triste. Igual no nos abandona, se queda a reparar sus estragos de la única manera que conoce: con más ciencia.

El profesional de guardapolvo blanco que nos espera para ayudarnos en nombre de la ciencia, tiene un antidepresivo en la mano. ¿Raro no? Que tanta vida sana necesite pastillas. Pensándolo bien, en ese punto, los laboratorios se diferencian bastante poco de las tabacaleras, los proveedores de escabio barato y los narcotraficantes.

Por eso, lo mejor es irse a vivir a un yogur. Flotar en un líquido impecable, cero por ciento grasa, cero colesterol. Además en el yogur no nos vienen con problemas y jamás estamos solos; nos rodean millones de lactobacilos amigos, felices de ayudarnos a mejorar la digestión.

La salud – y no me refiero, por supuesto, a la que es inaccesible para muchos de nosotros – es como una religión, y la alimentación, los ejercicios y el descanso son algunos de sus ritos. La verdad que la sustenta es una revelación de la que no se puede sospechar. Como en tantas otras religiones la culpa, ese sentimiento que aparece entre la primera y segunda medialuna de grasa, está allí para afianzarla. La enfermedad es el castigo, la vejez prematura es el castigo. Pero la verdadera condena de esta religión se ejerce al compararnos con otros.

¿Por qué será que los artistas – músicos, pintores , poetas – en general no llevan una vida sana? Acaso la voluntad de crear no funciona junto al ascetismo médico o la salud como ideología.

En un lago de Ginebra las aguas estaban tan contaminadas que una mañana los peces aparecieron muertos en la superficie. Entonces, llegaron los científicos y las limpiaron tan a fondo que una mañana los peces aparecieron muertos en la superficie.

 

PENSAR EL DOLOR

Y ahora pasaré a un tópico mucho más complejo. Me refiero al sufrimiento. El sufrimiento es algo de lo que huimos. Nos escapamos del dolor. Desde un cierto punto de vista es lógico ya que nadie pone la mano en el fuego para gozar del calor. No queremos quemarnos. Pero se trata de otra cosa. A veces la vida no nos evita el dolor, y cuando acontece iniciamos una estampida para neutralizarlo. No nos quedamos en medio del dolor y vemos que pasa, qué vemos. Los filósofos antiguos han cavilado sobre el dolor en sus meditaciones morales. En especial los filósofos estoicos. Nos piden que nos demos cuenta de que nuestras afecciones son el resultado de nuestras representaciones. Que no son las cosas la que nos afectan sino nuestras propias secreciones fantasmáticas. Es suficiente entonces con aprender el arte de la manipulación de las representaciones para controlar los afectos.

La muerte de un ser querido, la ruina económica, una enfermedad grave, la soledad, se convierten en espejismos debido a una particular tendencia que tenemos en comparar lo que nos depara el azar de la vida – la fortuna – con aquello que deseamos que suceda. Nos duele lo que nos falta en la tabla comparativa entre lo que es y lo que queremos que sea. No ubicamos el acontecer en un lugar distinto al de los deseos. Eso nos duele, en realidad nos dolemos.

Los estoicos propondrán salir de ese laberinto narcisista con una sabiduría que dé cuenta de un orden del mundo en lo que todo lo que es deja de ser para volver a ser. Nos aconsejan salir de la línea fugaz y horizontal del deseo para remitirnos a la circularidad de una existencia necesaria, y aceptar ‘La marcial gloria de la aceptación’. Spinoza la llamó beatitud.

Es ésta una visión  racionalista de la moral y del “cura sui”, el cuidado de sí. Se supone que la fuerza del logos domina las pasiones y las convierte en otra cosa: en una sabiduría. Quizás hoy en día, luego de los descubrimientos freudianos de un inconsciente que actúa travestido, que ha mostrado las trampas de las elaboraciones secundarias, y luego de varias exhibiciones faústicas de la racionalidad, la identificación de la razón con la sabiduría ha sido fisurada. Salvo para los epistemólogos aterrados por el relativismo y las apatías morales.

Pero hay quienes intentan pensar el dolor sin aferrarse a una razón mítica que funciona como el control mental. No recurren a los médicos, no creen en los sedantes ni en el yogur, ni se enceguecen con una variada lista de manías. No tienen nombre, aun no entiendo bien lo que piensan. No sé todavía si no han inventado un nuevo espejismo. Los escucho. Me interesa que digan que nuestra cultura ha inventado una forma de vivir el tiempo en el que es una carrera que nos lanza a buscar algo que tenemos por delante cuando no hace más que alejarnos de espaldas a lo que queremos ser. La verdad es que no sé, a veces pienso que se hace lo que se puede.

  

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