13/02/2019

EL ESPEJO QUE TIEMBLA

 

 

 

 

 

 

 

 

POR GERMÁN GÓMEZ

Pequeño ensayo sobre el terror literario

Karl Jasper ha confesado que cuando visitó la exposición de Colonia de 1912, donde junto a los cuadros de Van Gogh se congregaba la más monótona uniformidad del expresionismo europeo, lo asaltó más de una vez la sensación de que, “entre tantos artistas que pretendían hacerse pasar por locos, el único loco espléndido, el único loco de verdad y a pesar suyo, era Van Gogh” (Karl Jasper , “Genio y Locura” pag 273). Hablando de terror, podría decirse más o menos lo mismo de Edgar Allan Poe; a veces, de Gógol, Horacio Quiroga y Maupassant, tal vez de Hogdson. Como la locura,  el miedo es una manera de percibir el mundo, de sentirlo – seguramente la más antigua, la que originó el arte y las religiones – no es un tema literario. Es algo así como la prueba ontológica de cierta amenaza incomprensible que nos excede: el infierno.

Haciendo a desgano una excepción con Lovecraft – olvidándome de sus adjetivos descomunales, de sus reptantes formas invariablemente impías – , no conozco un sólo escritor contemporáneo de terror que escriba desde el miedo. Los menos malos, Stephen King, Ira Levin, consiguen a veces producir un cierto espanto parroquial, pero se nota demasiado que se proponen asustarnos. Como ejercicio literario o como expediente para ganar dinero.

El buen terror de la Biblia, con sus ciudades fulminadas, su diluvio de cuarenta días y cuarenta noches y su Voz desde los torbellinos; el terror elemental del descenso al Reino de los Muertos, en la épica; el horror de la tragedia ática, se despidieron de la literatura con la Modernidad más o menos hacia la época del teatro isabelino. El fantasma del padre de Hamlet, todavía es el miedo; la invisible mancha de sangre en las manos de Macbeth, todavía es miedo. La orgía de puñaladas y sobre todo el honrado incesto que nos cuenta John Ford,en “Lástima que sea una puta”, tienen, todavía, la dignidad del terror.

Después de esto, el miedo que da miedo habrá que ir a buscarlo a la literatura infantil. La escena de la gruta de la bruja del mar, en “La Sirenita” de Anderssen, sigue siendo de lo mejor que se ha escrito en ese sentido.

Hacia 1840, acusado por los críticos de repetir a Hoffman – las opiniones de los críticos literarios suelen ser uno de los mejores capítulos de la literatura de miedo – Edgar Allan Poe escribió: “El terror de mis cuentos no viene de Alemania, viene de mi alma”. Lo que supone que para sentir miedo es imprescindible tener alma. La  Modernidad, que fue en gran medida la lucha de la razón del hombre contra el miedo, fue también el momento en que empezamos a perder el alma; el siglo XX terminó de demoler esa polvorienta rémora de los Tiempos Oscuros.

El amor se ha degradado a pornografía, la épica es una forma de la delincuencia y el miedo sencillamente ya no existe. En los mejores casos fomenta la hilaridad de los niños. Los carniceros locos, los muñecos malditos, las sierras eléctricas del cine y el video, son el último estertor del género. Como suele ocurrir, el problema tal vez no está en el arte y la literatura sino en lo que llamamos realidad. Después de los campos de exterminio de Hitler, de las purgas de Stalin, de dos guerras mundiales y de las bombas de Hiroshima y Nagasaki; después del holocausto armenio y el holocausto judío y el holocausto gitano; después de la Guerra Española, del napalm y el millón y medio muertos en Vietnam, después de Irak y de lo que esa invasión preanunció, ya no resulta nada fácil producir miedo con un cuento o una novela. La única literatura de terror que nos va quedando son las noticias de los diarios.

Si debiera hacerse, con sólo tres ejemplos. La mínima antología de terror literario, de ese estremecimiento metafísico que compromete lo que Poe llamó el alma, elegiría en primer término y precisamente de uno de sus cuentos, algo que no se dice.

El protagonista de “El pozo y el péndulo” acepta cualquier cosa: las ratas, la guadaña que baja del techo, las paredes incandescentes, lo único que no acepta es el pozo, eso que hay (pero que no se dice) dentro del pozo. Robert Louis Stevenson se indignaba al comentar este relato; sentía esta ausencia como un escamoteo, como un acto de mala fe. Uno no puede dejar de sonreír ante la ingenuidad de Stevenson. El terror de “El pozo y el péndulo” es, justamente, lo que el espanto de cada lector (incluido naturalmente el de Stevenson) pone por su cuenta dentro del pozo.

El segundo ejemplo es un diálogo de Arthur Machen. Un personaje viene preguntándole a otro qué es el mal, qué es el pecado, aunque daría lo mismo si quisiera saber qué es terror.

-Me veo obligado a responder a su pregunta con otras preguntas – dice el protagonista: ¿Qué experimentaría si su gato o su perro empezaran a hablarle con voz humana? ¿Y si las rosas de su jardín rompieran a cantar?…

El último, acaso el más perfecto e inquietante, es de Kafka: “Cada hombre lleva una habitación dentro de sí. Cuando alguien pasa apresuradamente y uno escucha en la quietud de la noche, se percibe, por ejemplo, el golpeteo de la vibración de un espejo que no está bien sujeto a la pared”.

  

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