13/02/2019

¿DONDE ESTÁN LAS MUJERES INDÍGENAS FEMINISTAS?

 

 

 

 

 

 

 

 

POR TAMIA BERCOUTERE

En la marcha del pasado 28 de septiembre de 2018, en las filas del activismo a favor de la ampliación de los derechos de las mujeres y, en particular, la despenalización del aborto, se pudo ver a un grupo de indígenas caminando y sumando su voz a la denuncia del patriarcado. Se pudo, sí. Pero, ¿se las vio?

                      Sin desconocer el mérito de las organizadoras de la marcha ni la legitimidad y la necesidad de las demandas con las cuales coincidimos, creemos necesario levantar ciertos interrogantes. Me pregunto si, desde  la autoridad que otorga el tomar partido por una causa justa, estas asumieron una inclusión de las mujeres indígenas al discurso y las demandas planteadas. Me pregunto si, por el contrario, alguien se preguntó si las mujeres indígenas presentes estaban planteando la necesidad de un diálogo intercultural alrededor de un problema que nos afecta a todas. Me gustaría no tener que preguntarme si no hubo unas cuantas miradas condescendientes ante quienes hemos sido identificadas como reservorios culturales de la nación y, últimamente, como reservorios morales a las antípodas de una civilización que destruye el medio ambiente y exacerba el individualismo. Finalmente, me pregunto: ¿La presencia de mujeres indígenas en la marcha siquiera interpeló?

Nuestra historia, la historia de las mujeres indígenas, es una historia de invisibilización. Violencia es invisibilizar a la mitad de los pueblos que, como todas las mitades de todos los pueblos del mundo, ha sostenido y continuado la vida. Violencia es invisibilizar a esa mitad que, además, ha criado la vida y ha recreado la cultura, a pesar de que la colonialidad, en contubernio con el patriarcado, la mantuvieron en lo más bajo de la escala social, allí inclusive donde su humanidad fue puesta en tela de juicio. Y es que, a la interseccionalidad de las opresiones – de raza, de género, de clase – se suma una interseccionalidad de las invisibilizaciones.

Limitadas al servicio – no remunerado – de los demás, confinadas mayoritariamente al espacio privado, despojadas de su eroticidad y su agencia, dotadas de una sexualidad bestializada; poco espacio les quedó a las mujeres  indígenas para generar siquiera brechas en las narrativas y las prácticas hegemónicas.

Ercic Hobsbawn reflexionó sobre la función de los relatos históricos en la cohesión de un proyecto identitario o social al teorizar la “invención de la tradición”. No puedo sino pensar que la invisibilización de las que hemos sido víctimas las mujeres indígenas resulta, en gran parte, de un trabajo de escritura de la historia hija del capital y del patriarcado. Una operación similar a la que el capitalismo llevó a cabo al conceptualizar la “raza” para justificar la explotación de los pueblos invadidos; el gran relato histórico acerca de los roles “propios” que las culturas precolombinas asignaban a las mujeres.

Las mujeres indígenas cuestionamos, cada vez con más fuerza, las narrativas que ahora nos idealizan, que nos asignan determinados roles sociales, es decir, en definitiva, que limitan nuestra libertad de ser. Y es que nuestra lucha también es no tener que elegir entre nuestra presencia cultural y nuestra autonomía como sujetos con voz propia. ¿Cómo conciliar ser indígena y feminista a la vez? Rita Laura Segato nos pone en la vía correcta al definir a un “pueblo” como “el proyecto de ser una historia” y precisar que “cada pueblo trama su historia por el camino del debate y la deliberación interna, cavando en las brechas de inconsistencia de su propio discurso cultural, haciendo rendir sus contradicciones y eligiendo entre alternativas que ya se encuentran presentes”. Nuestra tarea, la tarea de quienes queremos ser pueblo, es hacer posible que las voces de las mujeres indígenas sean parte de ese delicado entramado de (re)construcción de nuestra propia historia, una historia cambiante, que se amolde a las necesidades y los deseos de las mentes y los cuerpos doblemente subaltenizados.

Entonces ¿qué pasa cuando las mujeres indígenas que se reclaman feministas, se aproximan a un grupo de militantes urbanas, blanco mestizas, que hablan de y practican el feminismo? En el definirse como mujeres indígenas feministas está el imperativo de torcer el monólogo masculino sobre qué es ser indígena y qué es ser mujer indígena, está la necesidad de ser “pueblo” de otra manera. Pero a la vez, está la urgencia ya no de desarrollar un diálogo intercultural – siendo que la cultura resulta ser ese sedimento de apariencia quieta y repetitiva – sino un diálogo entre historicidades coincidentes en el tiempo y a la vez cambiantes, por la dinámicas propias de cada pueblo.

En definitiva, se trata de que, desde el feminismo hegemónico, se entienda que el acercamiento por parte de la mujeres indígenas es, a más de un impulso sororo, uno de los movimientos necesarios en la construcción histórica de un pueblo que no aprisione sino defienda la autonomía de la mitad que lo compone.

¿Dónde están entonces las mujeres indígenas feministas? Kaypimi kanchik, decimos, aquí estamos, a su lado pero, a la vez, entre nosotras.

  

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