21/01/2019

OVEJA NEGRA

 

 

 

 

 

 

 

 

Por SERGIO DI BUCCHIANICO

La clase dominante llama paz

a algo que no es sino la institucionalización de su violencia.

Carlos Pérez Soto

 

          La frase oveja negra popularmente utilizada para identificar a aquellas personas que no cumplen con las pautas de comportamiento esperadas por la mayoría o que de alguna manera se diferencian del resto por sus conductas, sus interpretaciones, gustos o hábitos; muchas veces también es aplicada para quienes adoptan posturas rebeldes respecto a la pasividad característica de los grupos adaptados a las estructuras que impiden precisamente toda posibilidad de rebelión. Oveja negra entonces, sería todo aquel que no solo no cumple con los mandatos vigentes de su tiempo, sino que también pretende subvertirlos. Pero ¿qué sucede cuando en algunos campos de acción –como el político- nos encontramos con que, quienes aparecen en escena como autenticas ovejas negras, en el fragor del quehacer político van destiñendo su negrura dejando al desnudo el blanco uniforme de la majada domesticada? Como si su condición solo hubiera sido una simulación con la intención de parecer, para no asumir el compromiso de ser, pues ello conllevaría inevitablemente a vivir como se habla o a hablar como se vive, condición necesaria –creemos- para afrontar colectivamente cualquier emprendimiento de índole social con pretensiones transformadoras.

Pero para acercarnos a una posible respuesta al interrogante planteado intentaremos adentrarnos en el origen de la frase para luego tratar de develar la función que cumplirían las apócrifas ovejas negras en las relaciones humanas que se configuran en aquellos espacios que denominamos campo popular, y su incidencia en la reproducción de esquemas tanto culturales como políticos y hasta económicos, puesto que en esencia creemos que si las ovejas negras no son revolucionarias, son entonces funcionales, adaptadas, cooptadas, es decir que serían parte del rebaño, junto a las mansas ovejas blancas.

En Inglaterra en los siglos XVIII y XIX, el color negro en las ovejas era visto como una marca del diablo, algo así como una maldición proveniente de los rincones más oscuros del infierno. Aunque en realidad la presencia indeseable y poco común de individuos ovinos de lana negra en los rebaños era rechazada, porque para el criador representaban pérdidas económicas ya que esa lana no era cotizada en el mercado.

Con el paso del tiempo “oveja negra” se convirtió en una espacie de modismo que describe a un miembro diferente y poco respetable de un grupo, de una familia y podríamos decir hasta de una sociedad, sea por atributos no estimados por el conjunto, conductas no aprobadas por el mismo e inclusive deseos y expectativas de vida no coincidentes con los deseados o estipulados para las mayorías, vale decir que aquella discriminación originada en principio por valores económicos, tornose en abierta designación para quienes serían elementos despreciables en una comunidad por no solo su conformación ética, política y social sino también por su peligrosidad transformadora puesta en marcha por el motor de la rebeldía.

Ahora bien, si ponemos atención a las sucesivas crisis económicas y su inmediata incidencia en la constitución de relaciones sociales seguramente observaremos que éstas necesitan –para su afianzamiento- no solo de agentes reproductores de determinados modos de comportamiento sino también de falsas ovejas negras cuya dialéctica de cotillón garantice el éxito de aquellos sectores que suelen ser los beneficiados en las crisis antes mencionadas, y que mantengan tranquila a la majada en la pradera artificial de las costumbres del consumismo capitalista, como sucediera en los años 90’ con la implementación de las políticas económicas neoliberales aprobadas en el parlamento por quienes  aparecen como ovejas negras ahora, en la era Macri, habiendo también contribuido con aportes y silencios a la construcción del consumo como garantía de bienestar, fortaleciendo así la billetera del gran monopolio en la mal llamada década ganada; y cuyo resultado fuera –en los 90’- la reconfiguración de los espacios afectados en organizaciones populares como el movimiento de trabajadores  desocupados, de la mano de las verdaderas ovejas negras revolucionarias y displicentes con los poderes de turno. Y que lamentablemente fuera desarticulado por el embate ovejanegrista del populismo prebendario.

En este sentido se podría señalar que en estos tiempos -70 temporadas de crisis- el predominio de discursos hegemónicos, modernidades importadas por gordos criadores de bolsillos gordos y la mansa quietud de majadas complacientes, tal vez hayan sido y aun sigan siendo el marco necesario para que la estirpe de las ovejas negras por fin aparezca con todo su potencial, en un capitalismo cada vez más en serio y arraigado en las conciencias ovinas del rebaño social del cual todos somos parte. Pero sin dudas el gran desafío de la disidencia ovina será escapar de las coyunturas programadas por los criadores gordos, para intentar confrontar con las estructuras que posibilitan la existencia de las desiguales relaciones de poder establecidas entre esos rebaños y sus propietarios, a través de organización, discusión y la permanente reformulación de marcos teóricos anclados en los intereses colectivos, pero fundamentalmente con el ejemplo de ser y no de parecer. “El fraude llega ha ser un instrumento de provecho para cuantos lo usan, mientras la sinceridad obra en desmedro y ruina de quienes la practican”, dice José Ingenieros en su obra “La simulación en la lucha por la vida”, y acaso revertir esa realidad sea una labor trascendental en el destino solitario de las autenticas ovejas negras.

Si bien es cierto que en la confrontación tanto dialéctica como concreta de los sectores antagónicos que constituyen la realidad político-social siempre la pugna por el poder es el núcleo del problema, también nos parece necesario preguntarnos por qué los resultados, al menos en las últimas décadas, siempre han sido adversos respecto a los intereses de la gran majada, aunque la pasividad de esta se haya visto alterada en algunos breves lapsos de tiempo, dando como resultado éxitos aparentes o transitorios, devorados rápidamente por la dinámica que impone la hegemonía del poder concentrado.

Tal vez, mas allá de la posesión de los medios de producción, de comunicación y de los sistemas financieros de las elites dominantes, lo que garantice el triunfo permanente de éstas, sea la proliferación de falsas ovejas negras reproductoras de relaciones sociales útiles para los fines oligárquicos, en detrimento de los populares, aglutinadas –estas ovejas- en aparatos burocrático partidarios y atraídas por la propia estupidez, por miserables recompensas ocasionales tanto en tiempo como en espacio o por esperanzas depositadas en los partidos políticos de la burguesía, portadores del relato republicano, la división de poderes y la idea de justicia para todos, cada vez mas alejado de los mas vulnerables y cuya única intención, probablemente sea, ocultar de la mirada proletaria la verdadera causa de toda disputa real de poder: la añeja lucha de clases.

En otro orden de cosas creemos pertinente recordar que biológicamente las ovejas blancas lo son, por la presencia del gen dominante y  que en las ovejas negras predomina uno recesivo que las determina. Según la ciencia en una pareja de ovejas blancas existe un 25% de probabilidades que la cría sea negra, por lo tanto se podría afirmar que “de una sangre pareja suele salir la cría cambiada” como sostiene José Larralde en una de sus milongas.

Pero mas allá de la poética campesina, lo cierto es que los datos científicos antedichos alentarían las esperanzas de las ovejas auténticamente negras, ya que probablemente los sutiles y bellos pigmentos de la rebeldía y la dignidad, tiñan algún día los corazones y las conciencias de los blancos rebaños domesticados, y el viejo estigma de las ovejas negras prolifere y se reproduzca para no cotizar jamás en los pulcros  mercados del falso bienestar y la mediocridad masificada. Por ello creemos que quizás, José Ingenieros haya dado en la tecla al  postular en “El hombre mediocre”, que “los pueblos sin dignidad, son rebaños” y “los hombres sin ella, son esclavos”.

 

   Desde los arrabales andinos, Sergio Di Bucchianico

  

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