16/01/2019

NAÚFRAGO DEL TIEMPO. ¡NI UN PASO ATRÁS!

 

 

 

 

 

 

 

 

Por RAMONA SOTO   

Parece mentira  pero más de sesenta años pasaron desde que nevó en Buenos Aires. Desde el principio de una saga que aún hoy nos cuesta olvidar. Debates que deja El Eternauta, o la aventura que cambió para siempre la historieta de un país que un día se cubrió de blanco. Se cubrió de muerte.

                   Se lo ve en una fotografía, tomada por la agencia Indymedia durante la marcha en repudio a la presencia del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, en la Cuarta Cumbre de las Américas, llevada a cabo en la ciudad de Mar del Plata a fines de 2005. Hay otras, pero para muestra basta un botón.

A esta altura ya no resulta extraño que la figura del Eternauta haya estado presente en ese acto de resistencia popular, o en la infinidad de stencils y graffitis que uno pudo ver  por las distintas ciudades argentinas (y algunas europeas) si anda paseando con tiempo, plata y ganas

Y si no resulta extraño es porque la Argentina y los argentinos han adoptado, consciente e inconscientemente, a esta mítica criatura de papel como metáfora y válida representación de sus expectativas, de sus sueños, de sus peleas, de una actitud activa (como se dice ahora al tirar siempre para adelante) frente al presente que avanza escupiendo gente al costado del futuro en la banquina de la vida.

Hoy, como hace 60 años, cuando apareció serializado en las páginas de “Hora Cero Semanal”, la imagen casi fantasmal de esa figura caminando en medio de la nevada mortal expresa la voz de los oprimidos. De los oprimidos de aquí, entendiendo por “aquí” al mundo entero, que es uno solo y nos tiene a todos adentro. Es que el icono parido por Héctor Oesterheld y Francisco Solano López es tan argentino como universal, porque donde exista un derecho violado, seguro que atrás estarán Ellos, o la ITT, o el FMI, o las dictaduras militares, o el poder económico concentrado, o las dirigencias políticas, sindicales, empresariales y religiosas. O todos juntos, atendiendo detrás del mostrador del capitalismo globalizado.

En 1952, la Justicia Internacional reconoció el derecho a la resistencia del individuo contra la arbitrariedad. Fue en el juicio que se llevó adelante al ex mayor del ejército nazi Otto Ernst Remer, en la ciudad alemana de Braunschweig. En ese entonces, el fiscal Fritz Bauer sostuvo que “no existe el Derecho a la Resistencia en un Estado de Derecho, mientras los Derechos Humanos sean respetados, mientras exista la posibilidad de oposición y exista un parlamento que otorgue leyes contra la desigualdad y la indignidad, mientras haya justicia independiente y los poderes estén repartidos. Pero sí, el Derecho a la Resistencia despierta a su viva realidad cuando una sola de esas condiciones es pisoteada”.

Esa lucha es la bandera del Eternauta. Y por ello, el Eternauta es bandera de lucha. Más que una excelente historieta, mucho más que un revolucionario relato de ciencia-ficción, el Eternauta es una utopía  político-social que prioriza el valor de las relaciones sociales horizontales y complementarias por sobre el verticalismo impuesto; el bien comunitario y colectivo por sobre el logro personal, la importancia de transitar el camino hacia, de dar las peleas que deben darse. Aunque las fuerzas en conflicto eclosionen desproporcionadamente y nos toque estar como siempre del lado más vulnerable, por lo general siempre suele ser el más digno.

Hay una frase que explica mucho mejor todo esto, las múltiples y cruzadas razones por las cuales el Eternauta caminó, camina y seguirá caminando entre los trabajadores. Algunos se la atribuyen a Eduardo Galeano, otros a Juan Gelman. La verdad, podría pertenecer a cualquiera de los dos. O a ninguno. O a todos. “Lo importante – dice esa voz popular – no es avanzar o retroceder. Sino resistir”.

Desde El Nido del Cuco, en eso estamos.

 

Una Crónica de la Tragedia

Alguien dijo alguna vez que un clásico literario es aquella obra de la que se habla sin que se la haya leído. Algo de eso sucede con el Eternauta, obra paradigmática de la historieta argentina, y que lleva el sello inconfundible de Héctor Germán Oestrheld. ¿Es la mejor obra de Oesterheld? Permitan decir que creemos que no. Mort Cinder es su obra cumbre. Pero… ¿Qué encierra el Eternauta que lo hace tan fascinante? Mucho. Oesterheld en esta obra incorpora de sí toda la madurez adquirida en los años anteriores en la Editorial Abril, e introduce todos los elementos que su vasta cultura puede ofrecerle: cuentos de ciencia-ficción, de la literatura universal e historietas (como “Rolo, el marciano adoptivo”, por ejemplo).

La aventura transcurre en un lugar reconocible (ya había utilizado esa estrategia en “Ray Kitt”, y fundamentalmente en “Rolo”). En ese momento, Oesterheld está llevando a cabo la aventura de la editorial propia, por lo que se esfuerza para generar buenas ideas.

Por su parte, el Eternauta puede considerarse una historieta sobre la resistencia, y todas las partes escritas por Oesterheld fueron realizadas  durante procesos complejos para la vida institucional del país. Desde pequeñas alusiones en la primera parte, hasta una airada protesta contra la traición de las grandes potencias que han entregado Latinoamérica al invasor en la versión de 1969, con ilustraciones de Albero Breccia, para terminar en una arenga de corte partidario en la segunda parte.

El mismo Juan Salvo cambia en este proceso (¿o es el propio Oesterheld?). Aquel personaje de la primera parte, que se apiada de la muerte del mano, a esa versión “ojos de abismo”, llena de odio al invasor, en la segunda.

En definitiva, Oesterheld se mimetiza con el personaje. Oesterheld, su vida misma, lo ha transformado en el Eternauta. Esta historia (fundamentalmente la primera parte) está repleta de casualidades (¿casualidades?) que se dieron más tarde en la vida real. ¿Habrá existido ealmente ese cronista del futuro? Juan Sasturain, en un artículo refería que Oesterheld y su obra se cruzan con la historia argentina y viceversa. Por eso el Eternauta fascina: porque, en definitiva, es una crónica del dolor de los años negros del país, un andar cíclico de la historia misma donde autor y personaje se mezclan en el horror del ¿será posible?. Si alguna vez cruje una silla delante de ustedes, no se sorprendan. Tal vez sea un viajero del tiempo que viene a contarles una historia de monstruos y máquinas pero, por sobre todas las cosas, una historia de hombres.

 

  

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