15/01/2019

LITERATURA DESDE LAS TINIEBLAS

 

 

 

 

 

 

 

 

Por ARIEL STIEBEN

Nadie lo cita en sus sermones de cultura dominical. No fue incluido en el canon de occidente. La TV no convoca a su fantasma a bailar por un sueño. El campo no revolea ponchos con su figura. Pero hay más razones para leer a este escritor que con su cosmogonía plagada de dioses que son monstruos y monstruos que son dioses, iluminó a John Carpenter, Jorge Luis Borges y Alberto Breccia entre otros, amén de seguir inspirando pesadillas y cagazos sublimes.

UNA LECCIÓN DESDE LAS SOMBRAS

 

      No se sabe si mientras boqueaba en su lecho de muerte, a los 47 años, en una cama del Jane Brown Memorial hospital de su ciudad natal, de donde jamás se alejó demasiado, los sapos y los cuervos se largaron a cantar enloquecidos. Tampoco hay testigos de que los árboles del parque, sin que mediara el viento, estirasen sus tentáculos, perdón, sus ramas, intentando tocarlo. Semejantes alteraciones del orden natural hubieran constituido una manifestación de justicia poética para el que se iba. No tuvo hijos, no consta que haya plantado nada y en su vida no publicó un solo libro.

Howard Philips Lovecraft es un escritor indispensable, Fernando García lo define como un “oscuro erudito de provincias que no anhelaba otra cosa que ser un discreto epígono de Poe, pero inventó el cuento de terror contemporáneo”.

Hijo de un viajante de comercio alcohólico internado por demencia sifilítica cuando él tenía dos años y medio, y de una mujer internada poco después por causas similares, muertos ambos tempranamente, fue criado por su abuelo materno y sus tías en la vieja mansión desmantelada, que era cuanto restaba de esplendor a la familia. Durante su infancia, prefirió la compañía de adultos o la soledad. Como en el poema de Poe, podría haber dicho “todo lo que amé, lo amé solo”. Sus aficiones fueron la observación del cielo nocturno, la lectura de Las mil y una noches, la poesía inglesa del siglo XVIII y los relatos de terror, la frecuencia sostenida de su relación con los gatos y el café del insomne.

Con tales antecedentes, podría pensarse en un lunático más de los que pululan por la Unión. Lovecraft, el nerd del barrio, blanco para todas las burlas y candidato para mutar en uno de esos muchachos que un buen día cazan el Winchester de papá, y en una orgía de pólvora y materia encefálica, alivian su  ‘high school’ de una piara de condiscípulos consumidores de cajitas felices. Pero no tenía padres ni armas. Tal vez el arte fue su forma de atacar, su reguardo, su fuga del dolor.

Desde pequeño escribió. Editó artesanalmente la revista “The conservative”, donde alternaba artículos de astronomía, poemas y relatos. De esa época son cuentos tan recomendables como “Los gatos de Ulthar” (…el gato es misterioso y está cerca de cosas que los hombres no pueden ver) y “La música de Erich Zann”. También “Herbert West reanimador”, una joya del grotesco que resulta un anticipo del humor de directores cinematográficos como James Whale (Frankestein, La novia de Frankestein, El hombre invisible) o George Romero (La noche de los muertos vivientes).

De adulto fue un hombre tímido y solitario, que rehuía el trato con los terrícolas a excepción de su círculo de amigos. Preferentemente, vagaba por las calles en la noche. De día se quedaba leyendo, escribiendo o durmiendo – distintas formas de soñar – en sus habitaciones de ventanas clausuradas con el fin de crear la noche artificial. En 1924 cometió el error de casarse y establecerse en Nueva York.  Poco duró su desvío. Como a todos los hombres, le tocaron tiempos difíciles para vivir. Sus años mozos fueron los de la Gran Depresión y la Gran Guerra, durante los que cayeron valores en los que nunca había creído y se alzaron otros en los que jamás llegó a creer. A la independencia norteamericana la llamaba “el cisma de 1776. Fue contrario a la revolución rusa, antisemita y racista (algo manifiesto en el relato “El terrible anciano”). Sin embargo, urdió una obra cuya lectura es liberadora.

 

EN LOS ABISMOS DEL PAPEL

De acuerdo con una bibliografía escrita por el propio Lovecraft, su primer cuento profesional fue “Dragon” (1917), y el último, “El clérigo maligno” (1937). En veinte años – los de entreguerras, los de Art Decó, el primer Borges. Artl, el jazz y la música dodecafónica – creó un género que Rafael LLopis, en el prólogo de la antología Los Mitos de Cthulhu (1969), llama “el cuento materialista de terror”. En él, no es lo sobrenatural lo que induce al gozoso estremecimiento del miedo. Esto es claro sobre todo en las últimas historias, como la novela corta “En las montañas de la locura” o el relato “La sombra fuera del tiempo”. Quería alcanzar el horror que produce la violación de las leyes cósmicas. Al parecer, sus contemporáneos no supieron apreciarlo del todo. La publicación de sus historias fue esporádica y casi siempre en revistas pulp, como Weird Tales o Astounding Stories, con la que comenzó a colaborar a los 26 años con “El alquimista”, cuento de 1908. Recién tras su muerte fue reconocido. En buena parte gracias a su amigo August Derleth, que fue para él lo que Max Brod para Kafka. El primer libro que compiló varios de sus cuentos fue The Outsider and Others, de Arkham House, editorial creada por Derleth y Donald Wandrei para difundir a Lovecraft. Ese volumen que costaba monedas es prácticamente inhallable – se hicieron menos de 1.500 – y puede llegar a superar los 5 mil verdes en subasta.

 

CONTRA – DICCIONES

Demasiado se prodigaron los juicios infaustos sobre el estilo de Lovecraft. De su prosa, exuberante en adjetivos y meandros, se ha afirmado que es desmañada, caótica. Algunos autores – notoriamente Porrúa en algunos pasajes – se han tentado con mejorarlo. Empeño equívoco e inútil. En Lovecraft, a una cosmogonía laberíntica corresponde un estilo laberíntico, una escritura que se va intrincando a medida que los caminos de Nueva Inglaterra conducen a sitios repugnantes.

Prácticamente todos sus relatos pueden ser comprendidos en una clasificación que consta de dos grupos: uno compuesto por textos muy oníricos, marcados por la influencia de Lord Dunsany, que son una poesía de lo sagrado, y otro que es el de los mitos de Cthulhu, poesía de lo condenable, caracterizado por la existencia de seres no humanos que acechan al hombre desde otras dimensiones, y con los cuales algunos hombres colaboran. Los Antiguos, Yog Sothot, Shub Niggurath, Cthulhu, Azatoth y las consiguientes fórmulas para traerlos de este lado.

A partir de la cosmogonía de los Mitos, confusa como corresponde a un saber arcano entrevisto de manera furtiva, Derleth fue el San Pedro que fundó la Iglesia Lovecraftiana y el Santo Tomás de Aquino que ordenó su dogma. Es posible una lectura gnóstica de ese ciclo, con la tierra como un lugar maldito creado y acechado por seres malignos. También una lectura psicológica centrada en las represiones que construyen la civilización y el horror – fascinación que provoca romper con ellas. La época de grandes crisis políticas, económicas, bélicas y hasta filosóficas que vivió Lovecraft habilita a una lectura histórica. Por sobre todas ellas, desde el hippismo en adelante, muchos han preferido la lectura psicodélica: las aventuras oníricas como trips; los Mitos, con sus ritos de pasaje, como una analogía de las búsquedas mentales inducidas por el consumo de drogas. No pocos textos de Lovecraft, en los cuales los protagonistas acceden a otros estados y dimensiones mediante substancias que alteran los sentidos, habilitan esa vía interpretativa.

 

UMBRALES:

Lovecraft no está incluido en la célebre ‘Antología de la Literatura Fantástica’ que, en 1942, compilaron Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. De haberlo conocido los antólogos, no se los hubiera permitido el rígido credo que la preside desde el prólogo, expulsor de castillos, monstruos y vampiros. A pesar de esa ausencia y de ese programa estético, sobran elementos en la obra de Lovecraft como para fascinar a Borges; los escándalos de la razón, la erudición apócrifa, con toda una biblioteca de libros prohibidos cuyo máximo exponente es el Necronomicón (del cual existiría una copia en… ¡¡¡la UBA!!!) versión latina de Olaus Wormius de Al Azif, escrito por el árabe loco Abdul Alhazred; la aparición de objetos anómalos, venidos de otra parte, ajenos a la humanidad; lo vívidos que resultan los personajes secundarios, muchas veces mejor trazados que los protagonistas, cuya función parece reducirse a desencadenar las fuerzas extrañas con sus búsquedas, por lo general inocentes y burguesas (suelen vivir de rentas, dedicados a las pesquisas arquitectónicas y genealógicas, y heredar grandes casas en cuyas bibliotecas hay ejemplares de ‘De Vermis Misteris , Le Coute des Goules y cosas semejantes).

Tanto Borges como Lovecraft fueron racionalistas desencantados de la razón, intelectuales de un pesimismo epistemológico extremo. En Lovecraft se suma lo que parece una obsesión generada por las teorías de Darwin; el horror por su origen, que se confunde con el deseo irrefrenable de volver al origen, de bestializarse, de ser lo que en el fondo, bajo todas las represiones, se es.

Pero así como no hace falta ser creyente para apreciar ‘La pasión según San Mateo’ o cambiar de peinado para escuchar a Radiohead, tampoco hace falta volverse conservador, yonquie o batracio mutante para disfrutar de Lovecraft; su escritura abre puertas que él ignoraba que podía, que sabía abrir. No obstante, como ha sucedido por años con Swift, Stevenson, Carroll o Hesse, se lo considera lectura de iniciación, que debe ser superada en cuanto el gusto logre educarse para dedicarle horas a quienes los zares de la moda crítica indiquen. Sobran los intelectuales que fruncen la nariz ante sus páginas como si olieran mierda que otros lugares admiten y hasta celebran. Qué decirles, aparte de señalar, otra vez, su domesticación y su falta de humor rayana con el estreñimiento mental.

Detrás de la puerta que son las páginas de un libro, Lovecraft espera con su prole de dioses y monstruos. Abran, entren, lean y vean.

  

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