15/01/2019

LA MUJER QUE DOMÓ EL BANDONEÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

Por ARIEL STIEBEN

Paquita Bernardo fue la primera bandoneonista de la historia del tango. Compositora e intérprete, admirada por Gardel, tuvo que luchar contra el machismo de los tangueros. Murió joven sin poder grabar ni siquiera un tema.

      El tipo se levantó de su cómoda butaca en la primera fila del teatro Grand Splendid y se acercó al maestro Roberto Firpo, tratando de no resultar descortés con el pedido que estaba a punto de hacerle. Firpo se dirigió a él apenas lo vio, pensando que como músico iba a coincidir con su elección de las canciones ganadoras del premio El Nacional. Pero el tipo lo encaró: “Maestro, el público es soberano, hay que tener en cuenta que Paquita es la única mujer que ha dominado al taura bandoneón”. Carlos Gardel, en su condición de cantor superstar, hizo un reclamo en nombre de la concurrencia. Al fin y al cabo, la canción “Soñando”, compuesta por ella, fue la única bisada. Aunque todos gritaban su nombre, la Flor de Villa Crespo tuvo que aceptar el sexto premio en la contienda.

A su salida, la gente cortó la avenida Santa Fe para saludarla y pedirle autógrafos. A ella le resultaba habitual, porque lo mismo pasaba cuando tocaba con su Orquesta Paquita en el Café Domínguez en la entonces calle Corrientes. Pero eso no parecía impresionar a los varones del tango que, prejuiciosos, hicieron que la industria discográfica de entonces fuera una de las más complicadas para la época.

Paquita Bernardo saludó a sus seguidores, y se volvió sola en un taxi a su barrio natal de Villa Crespo. El taxista trató de ignorar su tos convulsa y violenta, desgarrada y preocupante en el calor veraniego de esos días de diciembre de 1924.

 

ARRABAL AMARGO

Villa Crespo era bien pobre. Chatísimo, con calles de barro espesas y los conventillos repletos de inmigrantes. Francisca Cruz Bernardo nació en la calle Camargo de esa barriada, el 1 de Mayo de 1900. Hija de andaluces y hermana de nueve, fue inclinándose por la música desde chica, hasta que a sus quince años la llevaron a estudiar piano al conservatorio de la profesora Catalina Torres. Paquita empezó y terminó sus estudios de piano, pero no siguió con el instrumento obligado para las chicas. En lugar de eso, separó las rodillas y montó sobre ellas al más compadrito de los instrumentos, a pesar de que los demás podían poner su moral en tela de juicio para siempre.

Aprendió sola con el método del profesor Berto (autor del tango “La Payanca”) y más tarde recibió algunas enseñanzas del maestro Pedro Mafia. En la única entrevista que se conserva (de 1923), Paquita contaba la reacción de sus padres cuando les confió que era la primera bandoneonista argentina. “Mu feo, mu feo – decían sus padres en andaluz típico – eso de que una mujer tenga que abrir sus piernas, va a parecer un macho con eso, cuando lo delicado de una señorita es ser profesora de piano”.

En sus primeras presentaciones, a los veinte años, tenía que ir acompañada sí o sí. “Mis padres no me dejaban actuar si no iba mi hermano Arturo, pero además permanecía en el foso de la orquesta y por lo tanto nadie me veía. Ahí se darán cuenta de que yo, como mi orquesta, fuimos siempre discriminadas totalmente”.

 

FLOREAL

Paquita compuso quince tangos, entre ellos “Soñando” y ” La Enmascarada” (ambos grabados por Gardel), “Villa Crespo”, “Cachito” (con letra de Celedonio Flores) y “Cerro Divino”. Muchos de ellos son aún hoy parte del repertorio de agrupaciones jóvenes, pero nadie ya recuerda como sonaba Paquita. Porque nadie la grabó.

Antes que nada, la crítica machista no correspondía con el apoyo del público que varias veces cortaba la calle Corrientes. Paquita se quejaba de ello en la citada entrevista. “Mis condiciones de música son discutidas por los hombres. ¡Dicen que desafino, que no sé el valor de las notas! Lo gracioso es que ninguno de los críticos me ha escuchado, porque en su mayoría son orejeros”.

Pero a la gente le encantaba. El boca en boca llegó hasta Uruguay, y en 1923 la contrataron para hacer una temporada de verano en Montevideo. Por esos años ya tocaba en su orquesta Elvino Vardaro y Alcides Palavecino en violines, Miguel Loduca en flauta, su hermano Arturo en batería y el joven Osvaldo Pugliese al piano, casi un aprendiz de la muchacha.

En una entrevista de 1987, su hermano Arturo Bernardo contó por qué finalmente nadie la grabó. “Algunos directores de orquesta se opusieron a que Paquita grabara en Max Glucksmann (concesionaria de la discográfica Odeon) porque temían su popularidad, y temían que su competencia aumentara con otras posibles orquestas dirigidas por mujeres”.

 

COMO UN DÉBIL LIRIO

Paquita dejaba toda su existencia entre el fuelle y el aire, y nada la hacía sentirse más completa que la música. Jamás tuvo novio conocido, y no reparaba en espantar a los enamorados que le generaba la fama. En una carta a su hermano, le decía: “Querido Arturo, alguien me está asediando por casa. Es un admirador que dice que quiere casarse conmigo y que me permitirá seguir haciendo mi música. Quiero que le hagas comprender que mi único amor es el bandoneón. No quiero saber nada de novios. Soy una artista”. Arturo se lo habrá hecho entender por las buenas.

Ella era una artista, tal cual, dedicada de lleno y talentosa. Hizo que todos los pesimistas se comieran sus palabras. “Estoy contenta – decía en la entrevista – porque todos creían que iba a fracasar, incluso mi madre solía repetir que me iban a tirar de todo, pero no fue así. Estoy contenta, porque Carlos Gardel va a cantar un tango mío. A excepción de él, pocos conocen mi obra, pero tengo un hermano que me alienta mucho y que además sabe que debo cuidar mi salud, porque toso con bastante frecuencia. Hace días que estoy cansada, pero la música me mantiene viva…”

Paquita no lo sabía, pero estaba enferma de tuberculosis. Víctima de esta enfermedad o de un resfrío mal curado – los biógrafos no se ponen de acuerdo – falleció el 14 de abril de 1925, a los 24 años.

Como escribió el poeta Eugenio Cárdenas en la letra del tango “Soñando”: “Tu juventud fue como un débil lirio / que arrastró el viento de la inclemencia / así cayó de un golpe tu existencia”.

Paquita tenía razón. La música la mantenía viva, aunque no la hayan grabado, porque su hazaña fue otra: montar el fuelle en sus rodillas y dominar con manos delicadas al taura del bandoneón.

  

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