15/01/2019

CUANDO LA DEBILIDAD HACE LA FUERZA

 

 

 

 

 

 

 

 

Por ARIEL STIEBEN

¿Qué tuvieron Evita y Gardel que no tuvo nunca el Che? Además de sus habilidades futbolísticas, ¿qué tiene Maradona que lo convierte en una figura heroica aún fuera de nuestras fronteras?

A  muchos héroes los caracteriza el anonimato, el rasgo cercano a la locura, la temeridad de un acto, que no por osado, cambiará definitivamente el mundo.

BREVE RECORRIDO POR EL TALÓN DE AQUILES

 

       Los griegos que lo entendieron todo, también comprendieron que la esencia del héroe amado por el pueblo está en su fragilidad. Una heroína o un héroe sin talón de Aquiles no tienen verdadera índole heroica. Las actuales agencias de publicidad u oficinas de producción pueden fabricar un ídolo dotándolo de los supuestos componentes necesarios para la venta, pero no pueden construir un héroe. El punto débil característico del héroe no es negociable. Es posible producir cualquier cosa menos un punto débil. Los muñequitos y muñequitas de narices, pechos o caderas producidos carecen de lo fundamental, la fragilidad indispensable para excitar la imaginación y, con ella, el amor. Carecer de fragilidad es carecer de existencia real. Por eso gritamos desaforadamente al ver al ídolo sobre el escenario, por eso le arrancamos los pedazos, le tironeamos la camisa para hacérsela trizas, por eso deseamos asesinarlo para apropiarnos mágicamente de su triunfo, lo queremos comer, deglutir y, por fin, olvidar. Pero ninguna de esas reacciones lindantes con el  canibalismo tendrá el menor parecido con la emoción profunda y familiar que sentimos  al evocar a un héroe con punto débil.

El héroe es alguien que, contrariamente a la inexistencia del ídolo, concentra en sí mismo la más formidable dosis de realidad. Lo que en él o ella nos conmueve es que exista, y que exista sufriendo. El héroe debe triunfar pero también sufrir. Además,  en la Argentina, resulta obligatorio que el héroe sea de origen humilde, que se eleve en la escala social gracias a su coraje o su talento, y que termine mal.

Si no muere de muerte violenta o entre espantosos dolores, al menos debe vivir al borde del riesgo, en una permanente agonía que nos haga temer por él. La preocupación por su suerte es un sentimiento de tipo material que nos libra de la rivalidad asesina suscitada por el ídolo sin punto débil: el héroe está arriba, allá donde nosotros nunca estaremos, pero expuesto a peligros que provienen de su humanidad y lo vuelven próximo.

 

EVA, GARDEL Y MARADONA

La siguiente anécdota es el mejor ejemplo de este afecto inquieto que nos despierta el héroe de raíz frágil. En 1947, Eva Duarte se disponía a viajar a Europa. Era un viaje de emperatriz, destinado a distribuir carne y trigo argentinos en los países europeos empobrecidos por la guerra. Sin impresionarse en lo más mínimo por tamaña grandeza, un grupo de mujeres de barrio se apersonó en la redacción de cierto diario que ella dirigía, pues querían transmitirle un consejo de peinado. “Por favor, díganle de nuestra parte que en el viaje se peine con rodete: es lo que le queda mejor”. Esas mujeres pobres conocían la fragilidad de Evita en relación con el buen gusto. Por eso la sentían cercana. Cuando el punto débil creció hasta convertirse en cáncer, el afecto hacia la heroína desprotegida se convirtió en un absoluto amor desesperado, al que muchos,  confundidos por los altares y las velas, llamaron idolatría. Evita era querida de verdad por lo que había hecho, con menos veneración que ternura, querida por lo que había sufrido. Endiosar a Evita convirtiéndola en ídolo fue el modo que encontró Perón para borrar lo que en ella le daba más rabia y más envidia, su simple humanidad. Pero el pueblo trabajador le ponía flores y le encendía cirios, porque los obreros  saben honrar a los muertos, no porque olvidara la condición humana de aquélla a la que amaron sabiéndola non sancta, y quizás justamente por eso.

Héroes como se debe, con talones de Aquiles, en la Argentina fueron ella y Gardel. Ahora es Maradona. Los tres comparten el origen humilde, la marginalidad relacionada con la mala vida, el triunfo fulgurante y la fibra agónica. Cuando en Nápoles, donde han heredado el sentido griego y mediterráneo del héroe, intentaban explicar por qué razón Maradona se había convertido en una mezcla de semidios de la Antigüedad con personaje histórico napolitano y con San Gennaro, los napolitanos contestaban con extrema gravedad que era por su “excelencia” como futbolista (un futbolista imprevisible, inclasificable, irracional, vale decir, un héroe genial) y, sonriendo con picardía, que también era porque lo reconocían como suyo.

El talón de Aquiles de Maradona era ser fantasioso, tramposo, mujeriego, adicto a las drogas y siempre dispuesto a cambiar sobre la marcha, a caminar sobre la cornisa. Excelente por su arte que lo eleva por encima de todos, y fragilizado por su desgarrada humanidad, que lo convierte en el peor enemigo de sí mismo: los dos elementos fundamentales están dados para que los napolitanos y muchos argentinos caigan rendidos ante su debilidad.

¿Quién habría amado eternamente a un Gardel ahorrativo, buen marido, buen padre y buen abuelo; un Gardel al que Palermo no hubiera dejado seco y enfermo y que en el invierno de su vida hubiera prodigado consejos de prudencia? ¿A una Evita de buena familia, que hubiera estudiado francés, piano y artes decorativas como una señorita decente y no se hubiera destrozado trabajando sin límites ni dejado aferrar por las garras del cáncer? ¿Quién amaría a un Maradona  que no viviera rodando por la pendiente, hasta el punto de que su continuo estado de riesgo reemplaza la obligación de morir trágicamente inherente a la condición heroica?

 

LO QUE LE FALTÓ AL CHE

El caso del Che ilustra a la perfección las verdades que acabamos de enunciar. Lo que al Che le ha faltado para ser un héroe popular argentino es el origen humilde, la marginalidad y el punto débil. Fibra agónica tuvo y mucha, de lo contrario se hubiera quedado en Buenos Aires estudiando medicina o en La Habana haciendo de ministro, pero su auténtica heroicidad y su muerte trágica no han bastado para volverlo una leyenda nuestra, es por no haber cometido suficientes travesuras, léase por no haber recorrido caminos atravesados. El Che es un héroe internacional con el que resultaría impensable compartir códigos comunes, hablar de burros y de timba, hablar de fútbol. Se fue a morir lejos en medio de la selva y movido por razones que al argentino medio le resultan extrañas (tanto la selva como los motivos).

Si los indios bolivianos al que él se proponía salvar no lo reconocieron como suyo y hasta llegaron a denunciarlo a los militares, tampoco el argentino que ama a Gardel, a Evita o a Maradona reconoce al Che.

Sabe que era un compatriota y acaso lo enorgullece que lo haya sido, debido a lo célebre que se ha vuelto a lo ancho del planeta, pero en el fondo más bien tiende a considerarlo como a un zurdo de clase alta que se fue a meter donde nadie lo llamaba.

No existe en la Argentina un culto al Che similar al culto a Gardel o hasta a esos nuevos muertos que hacen milagros como Rodrigo o Gilda. Este fenómeno se vuelve aún más curioso si tenemos en cuenta que, de todos los personajes mencionados, el único al que la sociedad de consumo internacional se esforzó por recuperar, convirtiéndolo en ídolo producido, fue justamente al Che. Por ahí se venden sonrisas de Evita o de Gardel, pero no se ha desarrollado un intenso comercio consumista como el que utiliza en el mundo entero la imagen de este revolucionario puro y honesto, a fin de despojarla de toda peligrosidad. Convertir al Che en remera, volverlo digerible y comestible, es una tentativa idólatra de aniquilación de lo humano, asimilable a la de Perón cuando momificaba a Evita poniéndole túnica santa para que la gente no la recordara como a una mujer.

En todo caso, la idea de hacer bailar un tango a Evita con el Che, como en la película de Madonna, es un invento norteamericano. En nuestra imaginación, Evita podría bailar con Maradona y con Gardel pero jamás con el Che: demasiados abismos sociales e ideológicos los separaban. La Argentina festeja a San Gardel, a Santa Evita y, napolitanamente, a San Maradona, porque los saben santos a los que se les puede dar un codazo en las costillas, santos con punto débil. En cambio, la santidad del Che, siempre tan seria, no suscita la guiñada de complicidad indispensable para que un héroe sea de la barriada.

Su rostro hermoso en la muerte inspira admiración y respeto, piedad, suscita preguntas sobre la inutilidad o no de su gesto, pero no crea esos mitos populares entre dramáticos e irónicos. Es como si el Che encarnara al héroe noble y grave del teatro clásico, mientras que Gardel,  Evita y Maradona vinieran de la tragicomedia, del vodevil y la picaresca. Todo héroe tiene que sufrir a causa de su talón que lo hace inmortal, y tiene que despertar dmiración por sus hazañas, pero en Argentina, todo héroe para ser tal, además de hacer llorar y causar admiración, también debe hacer reír.

  

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