19/12/2018

SERENATA

EDITORIAL

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       Como siempre apelamos a los recuerdos de Don Furibundo Tempo:

“En ese jardín cante mi última serenata. En esos tiempos las declaraciones de amor tenían algunos códigos, los primeros amores son cosa seria para un muchacho de barrio. Cantar una serenata es todo un desafió, es un momento que todos deberíamos vivir, la noche se viste de silencio y la oscuridad es profunda, como una puñalada, el corazón se entrega a una prueba acrobática, demente, sin red. Esa noche canté como nunca… Cuando la canción termina el temblor es inevitable, si la luz se enciende y ella se asoma por la ventana, la esperanza deja de esperar. Pero si el silencio permanece y la noche sigue siendo oscura, el alma desnuda queda colgada de la reja para siempre”.

La serenata, como hemos podido comprobar, fue para varias generaciones una práctica habitual. No solo estaba presente en una declaración de amor, los patios de una casa en los festejos de fin de año recibían con beneplácito a los serenateros y compartían momentos inigualables de nuestra música popular.

Sin embargo, y pese a todo esto, la serenata fue desapareciendo.

No vamos a tomar como representantes de esta práctica a los servicios que hoy se ofrecen en los avisos clasificados, donde aparecen en nuestra casa varios tipos vestidos de mexicanos convocados generalmente por un cuñado.

Es evidente que se llevó a cabo una cruel conspiración, el progreso ha sido un elemento determinante para que ello ocurra. Los que hemos podido vivir esta transición fuimos testigos del desconcierto del cantor y los músicos frente a un edificio; es bueno reconocer que las pocas serenatas realizadas a través del portero eléctrico fracasaron rotundamente. Otro de los motivos que dificultó esta manifestación artística fue la intervención policial, los vecinos denunciaban sospechosos movimientos en la cuadra, de individuos que portaban instrumentos musicales.

Las rejas, las cámaras de seguridad, la desaparición de los jardines, el ruido del tránsito, la televisión, el baile del caño y el celular, han redondeado un efectivo trabajo del olvido.

Sin embargo los integrantes del Nido del Cuco no nos resignamos a la desaparición de instituciones que deberían ser eternas; los viejos, el barrio, la esquina, la primera novia, la escuela, el campito…Vaya también un homenaje a los vecinos, al almacén y los bailes en la calle.

Uno de los cantores del barrio cuenta su experiencia: “Me acuerdo como si fuera hoy, había una piba en el barrio que me tenía loco. Yo todavía no me animaba a cantar en público y se me ocurrió darle una serenata. Conseguí un tipo que tocaba el fueye y lo encaré a Saravia, que tocaba la guitarra y cantaba mejor que el polaco, sin exagerar. Organicé hasta un par de ensayos. Llegó esa noche, me puse el mejor traje y con la compañía de los artistas enfrentamos la ventana. El bandoneón embrujó el perfume del jardín, el tango y la maleva voz hizo lo demás. Se prendió la luz, se abrió la ventana… Ni me miró. Al poco tiempo se casó con Saravia.

A partir de ese día canto en todos lados, lo que pasa que después lo entendí, la mujer se enfrenta a un momento emotivo muy intenso y la posibilidad de enamorarse del que canta es muy concreta.

El que no sabe cantar y quiere ofrecer una serenata a su amada y recurre a un tercero para desnudar su alma, no debe correr riesgo, cuando se enfrente a la ventana y al silencio, con voz clara y sonora haga notar su presencia diciendo:

“Noche de luna llena y con virolas de plata, despierta si estas dormida, y escucha mi serenata”.

Tiempos de serenata, de fines de año con aromas de patio, con esperanzas latentes, otros tiempos… Hoy que la tristeza y el desconcierto nos invade, tenemos la sensación que el fin de año está muy lejos y que el año y las desventuras terminan en el 2019.

 

 

  

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