17/12/2018

ES UN SENTIMIENTO… Y NO PUEDO PARAR

 

Por SERGIO BUCCHIANICO

En 1985 la psicóloga Ana Quiroga realizó un trabajo de análisis en el cual muestra cómo la sociedad de consumo ha capturado la industria del tiempo libre y cómo las otrora actividades comunitarias deportivas fueron metamorfoseadas y de ser el sujeto protagonista, pasó a ser contemplativo. Probablemente debido a sus frustraciones en su vida laboral, en su autonomía y libertad individual.

       Es un sentimiento… y no puedo parar, es una frase que se ha instalado en el uso cotidiano de los argentinos desde hace muchos años, fue tornándose cada vez más popular con el paso del tiempo, y a la par cada vez más recurrente. A medida que pasaban los años fui descubriendo que aumentaba la cantidad de acciones que para la mayoría de mis conciudadanos eran un sentimiento y que no podían parar; lo cual me introducía en un estado de confusión y perplejidad muy difícil de explicar, a pesar que  también aparecía en mí, ese comportamiento, frente a algunos fenómenos fundamentalmente de orden cultural: por ejemplo “los redondos” eran un sentimiento y es cierto que en cada recital yo no podía parar de cantar y bailar. En este sentido debo decir que los redondos eran algo así como  un refugio, donde se combinaban el rock con la ideología y los deseos postergados de toda una generación; en consecuencia se podría tolerar el término “es un sentimiento”, para intentar definir el estado emocional que provocaba la banda en miles de jóvenes.

Pero aquellos discursos que atribuyen orígenes sentimentales a cualquier actividad humana me provocan cierta repulsión ascética incontrolable, por ejemplo la gente que ante cualquier pregunta me contesta: “y… es un sentimiento…” -como si ello fuera un mérito solo de algunos elegidos- despierta el monstruo de la ira, que duerme plácidamente en las oscuras cavernas de mi ser, ya que para quienes acostumbran a sentimentalizar procederes, escuchar música, comer panchos, votar a un partido político, pasear al perro, vacacionar en Mar del Plata, adherir a una doctrina, comer ensalada de pepinos, despedir debajo del agua flatulencias retenidas, podrían ser un sentimiento, manifestando de ese modo que habría más pasiones que granos de arena en un desierto –algo verdaderamente improbable, por cierto-. Y ni hablar de la pasión religiosa cuya complejidad seguramente yace anclada en los mismísimos orígenes de la humanidad, aunque hoy disfrute de milagrosa actualidad.

De manera que el lector atento sabrá percibir que quien escribe, ha discurrido la mayor cantidad de horas de su vida no solo en abundantes luchas espartanas de carácter dialéctico, sino en  soledad absoluta.  

Pero no es la intención relatar propias experiencias relacionadas con las pasiones populares sino preguntarnos acerca de esos sentires compartidos masivamente, su origen, función, resultados en tanto felicidad individual y su reproducción, además de su multiplicación (como decíamos creemos que la lista de fenómenos descriptos como pasiones es cada vez más amplia).

Etimológicamente la palabra pasión deriva del latín passio y este del verbo patior que significa padecer, sufrir, tolerar, sentir; por tanto podríamos relacionarla así con el dolor como con la alegría, o interpretarla como una especie de perturbación o desorden de carácter afectivo. Pues sería una fuerza interna  que llevaría a los individuos a querer algo o alguien con cierta vehemencia no controlada por el cerebro; en ese caso la pasión estaría vinculada al corazón y no a la razón, suponiendo que el músculo cardíaco, además de bombear sangre sea el receptáculo de algunas emociones, que acaso el sistema nervioso descarte, abandone o quizás simplemente no maneje por pura desidia o mandato divino, que sé yo.

Algunos pensadores han entendido a la pasión como un desborde sentimental. En su Metafísica, libro V, pagina 21, Aristóteles señala a las pasiones como cualidades malas y deplorables del ser humano considerándolas terribles desgracias, y Cicerón las observaba como una desobediencia de la razón. Aunque no debemos dejar de mencionar que para el mundo estoico “la indiferencia emocional” era el ideal a alcanzar, y la prueba es que el emperador Marco Aurelio promovía la fortaleza de espíritu comparándola con la dureza de las rocas.

En cambio según el filósofo prusiano Immanuel Kant, la pasión sería invencible para la razón del sujeto. Por su parte, el matemático y filósofo francés, René Descartes, escribió en 1649 su “Tratado de las pasiones del alma”, donde las acusa de ser causa de amargura y mala fortuna si no se las maneja con cordura, aunque a pesar de ello “puede sacarse gozo”. Y ya en el siglo XX Sigmund Freud, para definir a las pasiones se apoyaba en el concepto de pulsión “entendida como cantidades de energía psíquica de carácter sexual no medible y determinante para la caución de enfermedad (1917) [Samir A. Dasuky Quiceno y otras. “El psicoanálisis y la pasión: La posición del sujeto”. Informes psicológicos vol.11, nro. 13, pag. 99- 116. Colombia Medellín 2009]. 

Por último, el anarquista ruso, Bakunin, llegó a decir que la pasión por la destrucción era también una pasión creadora. Tenemos entonces que las pasiones parecen ser algo que se opone a la mesura, a la razón y al autocontrol, serían una verdadera fuerza que invade al ser humano en diferentes contextos. Con lo cual podríamos dar por demostrado que aquel que se apasiona con todo lo que hace en su vida o que cree apasionable cualquier actividad, estaría mucho más cerca del loquero que de apasionantes ámbitos de convivencia, y que la frase “es un sentimiento… y no puedo parar”, probablemente más que un esnobismo sería una verdadera estupidez de la posmodernidad.

Ahora bien, entendemos al futbol como una verdadera pasión popular, pero abordarla paradójicamente nos desborda, en primer lugar porque tendríamos que  diferenciar lo popular de lo masivo, y por otro lado discriminar con certeza cuales serían las diferencias esenciales entre pasión y fanatismo. Y en el caso del futbol específicamente ver como este fenómeno de masas se ha convertido en un instrumento de alienación social, en lugar de ser un espacio de liberación. Por ello haremos alguna mención sin profundizar demasiado, con el único objetivo de tratar de mostrar que no todo es “un sentimiento”, porque solo los fenómenos sociales masivos gozan de ese peligroso privilegio.

En 1985 la psicóloga Ana Quiroga realizó un trabajo de análisis en el cual muestra cómo la sociedad de consumo ha capturado la industria del tiempo libre y cómo las otrora actividades comunitarias deportivas fueron metamorfoseadas y de ser el sujeto protagonista, pasó a ser contemplativo. Probablemente debido a sus frustraciones en su vida laboral, en su autonomía y libertad individual. Refiriéndose al futbol nos advierte que este es “un hacer grupal con objetivos (gol), donde hay comunicación (pases), aprendizaje (anticipación o ajuste de la propia conducta ante el error), alianzas, oposiciones, estrategias. Admite que el despliegue de fuerza y destreza, permite lograr incluso, una fugaz vivencia estética. Confirma sobre lo atractivo de la incertidumbre, y sobre las metáforas que habilita.

El fútbol sería un gran “como si”. Similar al teatro en sus orígenes, a las fiestas dionisíacas, y al circo romano. Dramatiza la vida -nos dice esta investigadora- con sus alternancias de encuentros, desencuentros, triunfos y derrotas: la escena implícita es una lucha de poder. Permite la identificación (“salimos campeones”), allí donde el hombre concreto se reconoce y desconoce, se encuentra y se pierde en un equipo o un jugador, representante de las respectivas cualidades instrumentales para obtener un campeonato. Aquí ya es “ese otro” el que sustituye un ideal propio no alcanzado.”(Silva Ricardo. “Desandando el futbol y la pasión de multitudes”).

De este modo pareciera quedar confirmado, que si los redondos o el futbol son dueños de sentimientos multitudinarios es porque poseen una complejidad subjetiva social muy diferente a la que se refieren aquellos que repiten como loros que tal o cual conducta “es un sentimiento”.

De hecho creo que no quedaría mucho por decir acerca del tema expuesto -debido a mi precaria capacidad de abordaje del mismo- más que lo siguiente: en el caso de querer formar parte de esas huestes barranqueras, monotemáticas y sentimentaloides, quien en este momento escribe, estaría en condiciones de considerar a toda esa marea humana que anda desparramando sentimientos artificiales, truncando reales posibilidades de comunicación creativa y dinamitando fértiles espacios de crecimiento, como unos verdaderos desconados cerebrales, sin posibilidad alguna de ingresar algún día a la categoría de ciudadanos/as libres, pues quien se halle sujeto solo a cuestiones meramente sentimentales, difícilmente logre ejercer con precisión el dominio de la libre elección racional dando rienda suelta solo a difusas emociones, cuya peligrosidad social se manifiesta en la proliferación de la estupidez  generalizada.

 Desde ya que ante la posible refutación de alguno de estos marranos sensibleros, cuento con el sencillo argumento de que al fin y al cabo, mis razonamientos no son tales, sino que son un sentimiento… y que no puedo parar.

Desde los arrabales andinos. Sergio Di Bucchianico.

  

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