17/12/2018

EL PADRE

 

Por ARIEL STIEBEN

“Acuérdate de tu padre, Aquiles, que ha llegado al umbral de la vejez. Quizá las circunstancias te oprimen y no hay quien te salve de la ruina: pero al menos él, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Aquiles, apiádate de mí, acordándote de tu padre. Yo soy más digno de piedad pues me atreví a lo que ningún otro mortal: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.” (Príamo a Aquiles, Ilíada canto XXIV).

        En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: Amén. Después de este saludo a Dios, la primera oración que los católicos aprenden en la niñez, es el Padrenuestro. Al principio, es la mecánica repetición de las palabras aprendidas con esmero. Pero un día, de pronto, surge la curiosidad, el deseo de entender qué significa todo eso. Y entonces descubrimos que nuestro padre- el padre nuestro- no está en los cielos sino junto a nosotros; juega y ríe con nosotros.

Con paciencia infinita nos es revelado que tenemos otro Padre, que es todopoderoso y fue el creador del mundo, y por eso todos somos sus hijos. Nos enseñan que encarnó en Jesús, “su hijo”, que era Él, Dios mismo, para poder redimir a todos del pecado de soberbia y desobediencia de Adán y Eva, esa pareja de la que desciende la humanidad creada por el Todopoderoso a su imagen y semejanza y a la que dio como lugar para habitar el Paraíso.

También nos cuentan que un día hubo una rebelión entre los ángeles y que Luzbel, el más hermoso de todos, fue arrojado del cielo. Desde entonces el bien y el mal están escindidos en el mundo en una lucha sin tregua y sin fin.

¿Y el espíritu santo? Una paloma blanca, pura y libre que constituye con el Padre y el Hijo el misterio de la Santísima Trinidad. A los cuatro o cinco años, esta explicación nos deja más confundidos aún. Luego, a través del Antiguo Testamento descubrimos la figura del Dios del Tetragramaton, que como prueba de obediencia, ordena a Abraham sacrificar a su hijo Isaac y sin embargo se apiada de él y envía un cordero para reemplazarlo. Más adelante aún, descubrimos en el Nuevo Testamento que ese Dios tiene la humildad de encarnar en un hombre, su creatura, para compartir de algún modo el terrible castigo a la desobediencia pero, sobre todo, para a través del amor producir la trasmutación de esa dura ley en redención.

En esa eternidad que es su dominio, nada debe de haber sido más terrible para Dios, o sigue siéndolo quizá, que escuchar- en el desdoblamiento de una unidad impensable para los seres humanos- de boca del hijo azotado, escarnecido, las palabras expresando el desvalido asombro: “¿Padre, por qué me has abandonado?”. Y, a pesar de todo, escucha también su absoluta fe, su aceptación de la voluntad de Dios cuando dice: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.”

Poco después llega a nuestras vidas la mitología griega. Descubrimos a Zeus, a Hera y a los dioses del Olimpo como una gran familia en guerra casi permanente y en la que también  implican a esos seres que habitan la tierra y con los que a veces por amor, o por capricho, condescienden a procrear o parir semidioses. Todo eso queda corroborado en Ilíada, el más antiguo  relato y el origen de la literatura occidental, en el que Homero invoca a la Musa para contar la cólera de Aquiles. En el recuento de la caída de Troya, nada más conmovedor que la noble figura de Héctor, domador de caballos, quien engañado por los dioses lucha con Aquiles sabiendo que su suerte está echada y que morirá. Antes de exhalar el último aliento, en su ruego a Aquiles para que devuelva su cuerpo a su padre y a su madre, está presente la preocupación y el amor que siente por ellos.

Lleno de ira porque Patroclo, su compañero, ha muerto en combate con Héctor, Aquiles le niega ese favor. El alma de Héctor camino al Hades llora el destino que lo hace abandonar su fuerza y juventud. Aquiles despoja a Héctor de su armadura, que era el trofeo de Patroclo, y atándole los pies a su carro arrastra el cuerpo varias veces alrededor de los muros de Troya. Aquiles promete  junto al cadáver de su amigo que los despojos de Héctor serán comidos por los perros.

Tal ultraje disgustó a los dioses, sobre todo a Zeus, que envía a Iris para que ayude a Príamo a rescatar el cadáver de su hijo Héctor. Ninguna escena hay que pueda superar el despojado dramatismo de la entrada de Príamo a la tienda de Aquiles. Los que estaban a su alrededor se apartaron al ver su digna figura que, arrodillándose ante quien ha matado a su hijo, le abraza las rodillas en señal de súplica, y le besa las manos pidiéndole el cuerpo de Héctor.

Aquiles conmovido, sintiendo una enorme piedad, quizá enviada por los dioses, levanta a Príamo y ordena que unjan y envuelvan en ricas telas el cadáver de Héctor y lo devuelvan a su padre para los funerales en Troya.

Desde entonces muchos siglos han pasado y a través de ellos ha habido guerras, muerte y desolación. Pero también en medio del dolor, de algún modo la piedad se abre su camino. Alguien dijo que bastaba que existieran tres hombres justos para salvar al mundo. Imaginemos que en todas estas luchas habrá habido, al menos, dos hombres a quienes la religión, la raza o el territorio hicieron que se odiaran, que fueran enemigos y que un día, después del fragor de la batalla, se encuentran frente a frente revolviendo los escombros para buscar los cuerpos de sus hijos.

Al hallarlos, como en una iluminación, es revelada la inutilidad de la violencia que quizá ni siquiera nació de ellos, sino que como un lento veneno fue filtrándose en sus vidas. Frente a ese dolor que desgarra sus entrañas, frente a ese dolor por la pérdida de un hijo, tan contrario a las leyes de la naturaleza que no existe en las lenguas una palabra para designar esa pérdida, los dos hombres, luego de un instante de vacilación, se abrazan en busca de consuelo y olvido para seguir el curso de la vida, que siempre será más fuerte y que por eso terminará imponiéndose a través de la piedad y la comprensión mutua entre los hombres.

  

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