20/11/2018

CADA VEZ MÁS PELOTUDOS

Por SERGIO DI BUCCHIANICO

Ser autorreferencial en una nota que pretende atraer la atención del lector  podría interpretarse al menos como poco procedente y hedonista, pero a veces remitir a las propias experiencias nos permite abordar interrogantes que acaso sean compartidos por los destinatarios de la misma. Por lo tanto, es necesario aclarar que la intención de esta misiva no es revelar retazos de la vida privada o mostrar modos propios de interpretación de la realidad, sino tratar de resolver – con la ayuda del lector – un dilema que apareció en mis reflexiones a muy temprana edad: Los argentinos ¿somos cada vez más pelotudos?

      Evidentemente si nos proponemos tomar como objeto de observación a la pelotudez social, nos vemos irremediablemente obligados a afrontar, como  desafío intelectual, en principio, el tema de la subjetividad popular, sus mecanismos de construcción y los elementos que en ella intervienen. Y para ello, recurrir en primera instancia a la mención de experiencias personales como instrumento pareciera ser una buena forma de comenzar el reto que nos hemos planteado.

Soy hijo y nieto de trabajadores con conciencia de clase; sobrino de tíos peronistas militantes y no militantes, no recuerdo discursos ni actitudes personales gorilas en mi familia y en términos generales todos los integrantes de la misma gozan del privilegio de ser enteramente honestos, que  en estos momentos históricos no es “chicharrón de vizcacha”, como diría mi viejo.

A lo largo de mi existencia, mi personalidad se ha forjado en torno a conceptos e interpretaciones arraigadas en los intereses proletarios, es decir que tanto mi subjetividad particular como la familiar se han configurado desde aquellos territorios constituidos en el proceso de industrialización que caracterizó a la década del ‘50, del ‘60, hasta mediados de los ‘70 y que determinaran subjetividades clasistas, combativas y revolucionarias; lo cual permitiría a los protagonistas de la época contar con las herramientas necesarias para poder analizar la realidad, con la certeza que proporciona identificar los intereses reales de cada clase.  Pues bien, lo cierto es que lo observado fue precisamente todo lo contrario. Intentaré detallar algunos hechos que corroborarían lo dicho.:

Recuerdo en la vuelta de Perón, en el ‘73, a gran parte de mi familia levantando con eufórico  patriotismo las banderas del “luche y vuelve”, además de hacer la vista gorda frente a las atrocidades cometidas por la Triple A y a una importante masa de trabajadores aplaudir y festejar el destrato del gran líder hacia esa otrora maravillosa juventud, convertida entonces en lúcida madurez combativa. Ante estos acontecimientos el interrogante inmediato que suponemos obvio, es el siguiente: ¿y la subjetividad revolucionaria de las masas?

 Pasaron los años y también mucha agua bajo el puente de la historia: la dictadura militar, Malvinas y las ovaciones populares al genocida Galtieri, la hiperinflación alfonsinista, hasta la llegada del gran riojano que a fuerza de salariazos y salvajes privatizaciones cerraría aquel proceso iniciado por Juan Perón que llamaron “La revolución inconclusa”, como me lo hicieran saber algunos jóvenes amigos militantes de la JP, allá por 1989, ya que apasionadamente sostenían que Menem era el heredero natural de Perón. En esa oportunidad, un enigma que perduraría en el tiempo surgía con virulencia huracanada en mi precario esquema de ideas: los argentinos ¿somos cada vez más pelotudos?

 Algo así también  ocurrió cuando mis allegados me convidaban, en vano, a votar por la Alianza, porque Chacho Álvarez era garantía de transparencia y justicia social, o cuando en la llamada década ganada era acusado de traidor por reproducir los informes de Correpi, por discutir los acuerdos con Monsanto, por cuestionar a Milani, el Proyecto X, la Ley Antiterrorista y no ver que vivíamos como en Alemania, o pedir aparición con vida de Julio López, o repetir hasta el cansancio que “el periodismo si no es libre, es una farsa”.

Sin lugar a dudas estos comportamientos sociales tienen que ver con lo que se denomina formación de subjetividad de masas. Para procurar echar un manto de luz a este dilema recordemos un postulado de Sigmund Freud acerca de las mismas: “…una alteración a menudo profunda de su actividad anímica” donde mientras la “…afectividad se acrecienta extraordinariamente, su rendimiento intelectual sufre una notable merma” en los individuos insertos en la masa “. Y el resultado según este autor seria: “Una masa tal es: extremadamente excitable, impulsiva, apasionada, veleidosa, inconsecuente, irresoluta y al mismo tiempo inclinada a acciones extremas, accesible sólo a las pasiones más groseras y los sentimientos más simples, extraordinariamente sugestionable, aturdida en sus reflexiones, violenta en sus juicios, receptiva sólo para los razonamientos y argumentos más elementales e incompletos, fácil de conducir y de amedrentar, sin conciencia de sí, respeto por sí ni sentimiento de responsabilidad, pero pronta a dejarse arrastrar por la conciencia de su fuerza a toda clase de desaguisados, que sólo esperaríamos de un poder absoluto e irresponsable.”

Más allá de las consideraciones particulares que se tengan acerca de la obra del neurólogo austriaco, descubrimos en este fragmento que el sujeto masificado se parece bastante a lo que entendemos por un pelotudo. Pero ¿cómo es que se produce esa metamorfosis en las subjetividades? ¿Cómo un sujeto o grupo social deja de tener comportamientos transformadores y hasta revolucionarios para comenzar a transitar el camino de la pelotudez?.

Intentando avanzar en este razonamiento descubrimos que para Enrique Pichón Reviere la subjetividad es nada más que de naturaleza social y que “El sujeto no es solo un sujeto relacionado, es un sujeto producido. No hay nada en él que no sea la resultante de la interacción entre individuos, grupos y clases”. De lo cual se podría inferir que la pelotudez argentina podría ser la consecuencia  de la interacción de los sectores mencionados, donde quizás se diriman intereses y aquellos más poderosos logren el manejo hegemónico del grupo, como diría mi abuelo: ca’ uno, ca’ uno y ca’ cuales, ca’ cuales. Es decir que así quedaría armado el esquema comportamental que el poder necesitaría para funcionar, o sea,  como también diría mi abuelo: cada lechón en su teta es su forma de mamar. Pero, aun así, no quedaría resuelto el enigma, pues para que la pelotudez triunfe debe haber mecanismos que garanticen la supremacía de esta por sobre la sensatez social; intentemos ver si podemos llegar a algo más concluyente y definitivo que nos permita teorizar sobre el tema que nos preocupa.

Si se acordara que las instituciones cumplen un rol fundamental en la creación de subjetividad quizás se podría afirmar que la función institucional es meramente reproductiva como pieza de un dispositivo social-histórico enmarcado en un programa más amplio, en términos foucaultianos las instituciones serian soporte de o engranaje para, y si pensáramos a la institucionalidad desde esta perspectiva seria ésta, tal vez, también reproductora de pelotudez, que como parece demostrar la realidad, es siempre funcional a los sectores más privilegiados de la sociedad, en consecuencia, aparentemente menos pelotudos.

Siguiendo la línea argumental desarrollada – muy precariamente, claro- se podría explicar la actual pasividad social frente al tsunami de despidos masivos, tarifazos, inflación y destrucción de la industria; frente a la interminable lista de hechos de corrupción en empresarios y funcionarios  y la desfachatez de la politiquería grietista abocada en reproducir descaradamente relaciones de poder letales para cualquier forma de vida, esgrimiendo floridos discursos republicanistas, evocando parlamentarismos estériles y promoviendo alianzas mafiosas en la decadente fiesta electoral de unos pocos. Pues podríamos pensar que tanto las instituciones, la subjetividad social y el sujeto masificado contribuirían para conformar la pelotudez padecida por la sociedad argentina en esta coyuntura histórica que lleva ya, cincuenta años de existencia.

Dice Theodor Adorno que la industria cultural del capitalismo serviría para una “crítica del modo en que la propaganda cultural burguesa prepara y captura la subjetividad de las masas para la reproducción del propio orden social en sus aspectos más recónditos y sofisticados”. Quizás la observación de Adorno nos guíe hacia una aproximación al tema aquí tratado, dado que el imperio de la pelotudez nos permite deducir que la verdadera derrota es la cultural, cuando intuimos que el sentido común en argentina se asemeja a la  derecha, cuando entendemos que la tan nombrada subjetividad popular no tiene conciencia de sí misma y cuando vemos que los agentes culturales del poder aplauden la guerra de pobres contra pobres, las patéticas peticiones de mano dura o el regreso de los muertos vivos, mentores del doloroso presente que supimos conseguir.

Probablemente no sólo los argentinos padezcamos este mal como una enfermedad sin explicación política, sociológica, antropológica o psicológica y la pelotudez sea, en definitiva, una de las tantas victorias de la tan mentada globalización. Por ello, a modo de consuelo y como único remedio posible dejo una consigna, con la esperanza de ser reproducida y adoptada masivamente: ¡¡¡pelotudos del mundo, uníos!!!!

Desde los arrabales andinos, Sergio Di Bucchianico.

  

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