12/11/2018

NO SE PUEDE HACER MÁS LENTO: René Lavand o el Arte de la Ilusión

Por FACUNDO GARCÍA

A los nueve años perdió una mano en un accidente y, al mismo tiempo, descubrió su vocación con la certeza de que jamás  podría imitar a nadie. Único en su estilo, su arte siempre fue un juego más que una profesión: “De joven me gustaba el escolazo. Pero, cuando aprendí las técnicas, tuve un conflicto moral y dejé. Con mis barajas, prefiero el aplauso al dinero mal habido”  ¿Cómo se define? le preguntaron una vez: “Soy un  contrabandista de la palabra”.

                  Siempre empezaba hablando, ignorando el mazo apoyado en la mesa, como si fuera una reunión familiar y un niño contara una travesura a sus padres. Todo es un juego, parecía decirnos, toda posibilidad de asombro reside en la mirada de un chico. En el juego en el que dos cartas viajan de un sobre a otro, empezaba diciéndole a la audiencia: “Es tan grande el deseo de creer, que a veces hacemos como los niños cuando juegan a los piratas. Primero esconden el tesoro ¡y después lo encuentran…qué hermoso!”

René Lavand vino al mundo en Buenos Aires, en 1928. A los siete años, un amigo de su padre le explicó un sencillo juego de cartas, que nunca dejó de mostrar en sus actuaciones, con el que volvió locos a sus amigos durante los dos años siguientes. Entonces ocurrió el accidente automovilístico en el que René perdió su mano derecha, su mano hábil. Siempre reconoció  que fue el accidente el que le impulsó, cuando era niño, a convertirse en mago. 
De esa manera fue aprendiendo a realizar el fantástico número de ilusionismo consistente en superar la pérdida de su mano y hasta a aprovecharla. «Tenía una ventaja: en aquel momento, febrero de 1937, supe que no podría copiar a nadie. Nació en mí un autodidacta». 
A los catorce años su familia se mudó a la ciudad de Tandil, donde conoció al mago Leonardi, que le prestó un libro: «Cartomagia», de Bernat y Fábregas, lleno de trucos que el joven aprendiz no había ni siquiera imaginado que pudieran conseguirse con sólo cincuenta y dos rectángulos de cartulina. 

La fascinación fue tal, que René adaptó todas las técnicas que allí se narraban para poder ejecutarlas con su mano izquierda que, a fuerza de entrenamiento, se le volvió tan desenvuelta como la de D´Artagnan con el florete. Sin embargo, se considera un amateur, busca trabajo, no cree que pueda hacer mucho con esa habilidad, pero duda y espera.

Durante cierto tiempo estuvo René trabajando en el Banco Nacional Argentino. «En una esquina de mi escritorio guardo un paquete de naipes y en una esquina de mi alma escondo un paquete de sueños», decía por entonces. Encuentra una excusa, una manera de estar más cerca de las cartas, se sumerge en la noche y descubre que el mazo de cartas puede hacerlo ganar plata también, y hasta los veintidos años  se dedica a jugar por dinero. 


De su época de casinos y garitos sacará mil historias que contará para fascinar a la audiencia antes de algún truco, porque ese era unos de sus secretos: la ilusión empezaba  con la palabra.

Una de sus anécdotas preferidas de esos tiempos se llama: «La historia del tijuano». 
Se encontraba el joven René Lavand en la frontera de Méjico con los Estados Unidos, ganándole la plata a un grupo de lugareños que tuvieron la osadía de jugar contra él. Terminada la partida, uno de ellos, un charro dueño de un pistolón, le lanzó un nuevo reto. Le apostaba su encendedor de oro, su última posesión, a que él era capaz de cortar la baraja por el Tres de Corazones. René aceptó, mezcló las cartas y dejó el mazo sobre el tapete.
En ese momento, el tijuano sacó una navaja, arreó un tajo al paquete y lo dividió en dos. Sonrió de medio lado, seguro de que había cortado la carta prometida y de que recuperaría su dinero, pero se le puso la cara de bóvido cuando nuestro ilusionista echó mano al bolsillo y extrajo de allí el Tres de Corazones, que no estaba junto al resto de los naipes.
Después de ésta y otras tribulaciones con el póker decidió cambiar las tretas por el arte, lo cual fue muy celebrado en Tijuana y sobre todo en Buenos Aires, donde comenzó a enseñar su magia zurda y a narrar los cuentos fantásticos que acompañan los fenómenos de su baraja. 
René Lavand ilustra sus juegos con cuentos extraordinarios, por los que desfilan personajes de Renélavandia, el país que le faltó conocer a Gulliver, habitado por personajes como el gitano Antonio: «bajo, robusto, cetrino, ojos de relámpago», burlador de inocentes y del sentido común; Victorio de Pardú, un jugador de ventaja que escondía sus intenciones vendiendo enciclopedias; un tramposo que cargaba los dados con mercurio y que se volvió decente como pago de una apuesta perdida con el mago, al no descubrir el secreto de uno de sus trucos; un viejo tahúr esclavizado por el Mississippi; un marcianito recién llegado a la tierra en busca del amor, que se transformó sin pretenderlo en un asesino y que resultó abatido por las balas de un sheriff; el árabe alto y delgado que le enseñó que el destino le hizo perder su mano derecha para no poderse comparar con nadie.  A todos los ilusionistas se les alaba el tener en sus manos más habilidad y rapidez en los dedos que Paganini, pero Lavand no busca ese halago, busca la sensación de la verdadera magia y, sabiéndose igual a nadie, sabe que no hay un término que lo defina, y entonces lo creó él: «lentidigitación», lo contrario a la prestidigitación, o rapidez de dedos. 
Con el lema de «no se puede hacer más lento», manejando los naipes con la parsimonia de un paseo de novios por la playa, Lavand elimina la sospecha de que todos los milagros que surgen en el tapete se deben a triquiñuelas mañosas,  y parece cosa de magia lo que ocurre.
René Lavand ha actuado en teatros y salas de todo el planeta Tierra y ha hecho magia a cámara lenta en los programas más prestigiosos de todos los canales de televisión; pero para el mago una de sus sesiones más triunfales, fue ante un público de un solo chico de 12 años. Le pidieron que le hiciera un juego, y cuando el ilusionista se acercó a él, notó en su mirada que era ciego. Un tanto desconcertado, sacó un pequeño pañuelo y le dijo: «Aquí tengo un pañuelo; hago así y ya no está más». Al niño le cambió la expresión, estaba tan asombrado como radiante. «Había visto mi truco con los ojos del alma y nadie lo vio mejor que él», explicaba.

Ya famoso, reconocido como uno de los más extraordinarios ilusionistas del mundo, René Lavand va a dar una charla a  un seminario para magos en Alemania. La conferencia fue seguida con un silencio atento y coronada con un juego de ases gigantes. Los alemanes no podían creer lo que estaban viendo: cuando terminó el truco estallaron en una ovación. René Lavand esperó paciente que se apagara hasta el último aplauso. Recién cuando el silencio fue total remató melancólicamente: “Este juego también se puede hacer con dos manos”.

Escribió libros técnicos, dio clases y fue un referente clave entre las cofradías de magos. Siempre manejó su vanidad con la modestia impostada de los imbatibles. Habla lento, con palabras elegantes pero filosas. El brazo que le falta es una manga que está siempre metida en el bolsillo del pantalón. Su seducción se basa, también, en una suave mitomanía. Fue amigo de David Copperfield. Cuando le preguntaron qué opinaba de él dijo: “David Copperfield es amigo mío. Me vino a ver a Lausana, Suiza, donde yo fui – permítaseme decirle – la gran vedette. Fue un total caballero: no escatimó un solo aplauso. Le pedía una opinión… No entiendo nada de lo que dice y sus trucos mecánicos no me interesan. Me gusta cuando hace prestidigitación. Somos muy diferentes. ¿Cuál es la diferencia? Él viaja con tres toneladas de equipaje. Yo con treinta gramos: lo que pesa un mazo.”

Hacer magia siempre fue considerado un arte, al final, todo artista siempre es un mentiroso, él lo decía así: “¿No le parece curioso que la gente pague para que la engañen? Me parece bello. Todas las artes mienten. Yo no le creo a ningún poeta, pero me encanta que me mientan. Lo dijo Picasso: La única misión del artista es convencer al mundo de la verdad de su mentira. Yo comparo el ilusionismo con la música. La música es el equilibrio armónico de los sonidos y los silencios. Yo hago lo mismo. Busco un equilibrio entre el movimiento de las barajas y los relatos. Sería un mal ilusionista si mis movimientos salieran sucios. Y sería irrespetuoso con los poetas si les tapara el texto”. Siempre cita a  Homero Manzi: “…Parecen cartones pintados con palos de ensueño, de engaño y de amor / La vida es un mazo marcado: baraja las cartas la mano de Dios…” Evoca a Unamuno: “Amo la simplicidad externa que cobija una gran complicación interna”.

Se fue de este mundo un 7 de febrero de 2015, a los 86 años. En los jardines del palacio municipal de Tandil, ciudad donde pasó toda su vida, se puede ver su estatua inaugurada en vida en 2012 . En 2018,  conmemorando el tercer aniversario de su fallecimiento, se inauguró la muestra homenaje a René Lavand denominada Ilusión. La misma se llevó a cabo en el Museo Municipal de Bellas Artes de Tandil. Lavand aparece como personaje en la novela Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez (ed. Planeta, 2003). Amante de la música, la buena mesa y el buen vino siempre decía que  para conocer a un hombre hay que verlo borracho, enojado o jugando por dinero. Una vez le preguntaron: “Si viene un mago en serio y le ofrece rebobinar su vida para que viva una existencia anónima, pero con las dos manos, ¿acepta?” No. No hay que quitarle la joroba al jorobado: pierde gracia. Yo supe sacarle provecho a la pérdida.
Capitalizar las ventajas lo hace cualquier idiota.

  

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