19/09/2018

EL ORIGEN MAFIOSO DEL CUERPO DE BOMBEROS

Por ANDRÉS GARCÍA

El futuro no está escrito y el pasado cambia a cada rato. Sobre todo la Historia, que esconde más de lo que nos cuenta. La del primer cuerpo de bomberos es una historia maravillosa que tuve que desentrañar a fuerza de investigación. Ocurrió a mediados del siglo I a.C. en Roma, y fue el desencadenante de la primera crisis financiera de la historia. Una mafia a la sombra del poder que devino en sociedad secreta y terminó en manos de un loco, que provocó uno de los incendios más grandes que se hayan visto jamás.

     Fue a principios de Enero de 2015 que mi editor me llamó para pedirme un favor: escribir una suerte de panegírico a los bomberos voluntarios. Se lo había solicitado a él el jefe del comando de bomberos de la Policía Federal, para leer el 5 de Febrero en un acto conmemorativo por el primer aniversario de la muerte de los 10 bomberos ocurrido el año anterior en el incendio de los depósitos de la empresa Iron Mountain. Mi nombre no aparecería en ningún lado, ni tampoco habría paga. Mi editor le debía un favor al jefe del comando y yo a él. Me pasó el contacto y me entrevisté con el señor “M”. Me dijo que quería un discurso en donde se exaltara el trabajo desinteresado y riesgoso del bombero, pero que también diera cuenta de la historia y genealogía de esta institución. Antes de irme me dio un dato importante: el Emperador Augusto. “Empezá por ahí”, me dijo.

Aproveché mi paso por la Biblioteca Nacional, por otros asuntos, y encontré allí, en el tercer tomo de “Historia de Roma” de Indro Montanelli, la referencia histórica hecha por el señor “M”. El historiador cita que en el año 6 de nuestra era, el Emperador Augusto crea el Primer Cuerpo de Bomberos Profesional de la historia. Así también lo documenta Macedonio Meconio, discípulo de Séneca, en su obra “Instituciones de Roma”. Allí da cuenta de cómo Augusto se hizo cargo de una situación preocupante como eran los recurrentes incendios en la Capital del Imperio, la más poblada del mundo. Se calcula que vivían allí más de un millón de personas, a lo que había que sumar los miles de comerciantes y turistas que recorrían a diario la ciudad. Era una urbe con muchísimo material inflamable: casas precarias construidas en madera, paja y telas; callejuelas estrechas pobladas de tenderetes con las más variadas mercancías y animales; todo esto alumbrado por teas y lámparas de aceite, y otros artefactos usados para cocinar.

No es difícil imaginar lo rápido que se propagaba un incendio ante el más mínimo accidente. Pero los romanos estaban mínimamente preparados: tenían unos cientos de esclavos situados en puntos estratégicos de la ciudad (Vigiles) y ante un incendio se armaban postas para sofocar el fuego con cubos de agua. Las consecuencias eran desastrosas. Así que luego de un gran incendio en el año 6, Augusto decidió sustituir este improvisado método por un cuerpo formado de Vigiles (Vigilantes), Aquarii (Aguadores), Siffonarii (que manejaban las bombas de agua o sipho), y los Uncinarii (que derribaban de manera controlada los inmuebles quemados con lanzas provistas de ganchos). Este es considerado por la Historia Oficial como el primer cuerpo de bomberos profesional.

Sin embargo Indro Montanelli hace referencia a un historiador Palatino llamado Calostro de Lesbos (43 a. C. – 15 d. C.), que sostiene que lo de Augusto era una copia mejorada del sistema inventado por Marco Licinio Craso, aunque el de éste fuese menos profesional y con fines de lucro. No llegaron hasta nosotros los libros de este historiador, supuestamente se quemaron en el famoso incendio de Roma en tiempos de Nerón. Pero hay citas y testimonios que me permitieron reconstruir una historia secreta, silenciada, poblada de crímenes y estafas, perpetrada por personajes históricos famosos y continuada por sociedades secretas que llegan incluso hasta nuestros días. A medida que me fui acercando a nuestro presente con la investigación, comencé a tener problemas y amenazas. Pero mejor comencemos desde el principio.

 

Marco Licinio Craso (115 – 53 a.C.) fue conocido como el hombre más rico de Roma. Plinio calculó su fortuna en unos 200 millones de sestercios. Plutarco habla de 7,100 talentos (alrededor de 9,000 millones de Dólares de hoy). Su primera fortuna la hizo a la sombra de Sila, el Dictador que derrocó a Mario, asesinó a sus enemigos y proscribió a muchos otros confiscándole sus bienes, los cuales compraba Craso a precio de remate. Como decía Balzac: “Detrás de cada fortuna hay un crimen”. Por algo Mario Puzo usa esta frase como prefacio de su obra maestra “El Padrino”. Casualmente Craso se comportaba como un jefe mafia; quizás haya sido el primero. Selló un estilo, hacer grandes negocios al margen de la ley, sin dejar huellas que lo incriminen, y haciendo ofertas que nadie podía rechazar. Y en aquello que todos veían una fatalidad y una desgracia, Marco vio una oportunidad para los grandes negocios inmobiliarios: los incendios. Por algo Plutarco afirmó que Marco Licinio hizo su fortuna por medio de ignis et rapina, fuego y pillaje.

En Roma ya no quedaban rincones donde construir, la opción era hacerlo sobre las ruinas de otras propiedades. Así que Craso organizó rápidamente un cuerpo de bomberos con la venia de Sila. Ya no eran esclavos improvisados en una posta con baldes con agua. Era un grupo de 500 esclavos entrenados con nuevas técnicas y tecnologías, como las bombas de agua y el derrumbe de edificios colindantes creando un cortafuego que impedía la propagación del incendio. Estos estaban divididos en 10 brigadas con un jefe romano cada uno. Pero esta noticia no significaba ningún resguardo para los ciudadanos romanos víctimas de un incendio, ya que la Brigada acudía con sus bomberos a sofocar el fuego, pero sólo intervenía cuando el o los propietarios afectados aceptaban vender sus inmuebles. Para colmo Marco Licinio ofrecía sumas miserables luego de tasar lo que quedaba, con la lógica de alguien que está comprando una propiedad en ruinas. Pero ante la disyuntiva de perderlo todo o embolsarse unos sestercios, la gran mayoría firmaba la venta. Los pocos que rechazaban la propuesta, veían como los Aquarii se marchaban del lugar, dejando al fuego hacer su trabajo devastador. 

De esta manera Marco Licinio adquiría propiedades a precio de remate, en donde luego construía edificios de apartamentos a bajo precio, llamados Ínsulas. Las ganancias eran astronómicas. Craso demostró así que no era ningún improvisado, ni para los negocios ni para las desgracias. Lo confirma Cicerón, que lo conocía y bien, cuando denuncia en el Senado que Craso tenía una red de vigiles y espías por toda Roma, encargados de enviar alarmas de incendio en tiempo record, ya que si llegaba tarde al lugar no había nada que comprarle a un propietario angustiado. Esta red de espías, según Cicerón, la proporcionaba Pompeyo, un joven militar exitoso que había recibido financiamiento de Craso para su carrera política. Resulta también que Pompeyo era yerno de Sila, y Sila era el Dictador, así que la denuncia cayó en saco roto, y Cicerón tuvo que guardarse por un tiempo.

Cuando Sila devuelve el poder al Senado y se retira, Pompeyo y Craso son elegidos Cónsules, y quedan al mando de los dos ejércitos más grandes de Roma. Nadie debe sonrojarse por esto, las elecciones se compraban, había toda una industria bien montada para esto, y si algo le sobraba a Craso era dinero. Su fortuna era tan grande como sus ambiciones y sus inversiones multiplicaban ambas. Así fue que Pompeyo partió hacia España, donde aplacó años de revueltas y Marco Licinio se hizo famoso al derrotar la célebre insurrección de esclavos liderada por Espartaco, que tenía sitiada la ciudad de Roma. Como escarmiento y aviso a cualquier futura insurrección, mandó a crucificar 6000 esclavos sobre la Vía Apia. Un tipazo.

Mientras tanto, sus negocios inmobiliarios seguían creciendo al ritmo de sus ambiciones. Había zonas en Roma muy codiciadas por su cercanía a lugares públicos como el Foro, la Curia, el Circo, el Teatro, los Baños, las fuentes de agua, etc. Craso ya tenía entre ojos esquinas y manzanas enteras donde podría hacer millones. Pero el maldito fuego no hacía su trabajo por aquellos codiciados lugares. Qué importa, la imaginación de Marco Licinio no tenía escrúpulos. Se le ocurrió una gran idea que podría llevar a cabo con la ayuda de un joven militar que ya los había ayudado a él y a Pompeyo en el Senado para aprobar sus proyectos: Cayo Julio César. Eran famosos sus asedios militares mediante incendios controlados, con los cuales había ganado muchas batallas. Tenía un equipo de técnicos, arquitectos e ingenieros griegos que habían desarrollado aquella terrorífica técnica. Y allí vio Craso la tercera pata que necesitaba para sus negocios: Los Piromanii, un cuerpo secreto de incendiarios. La sociedad se plasmó rápidamente sobre una gran mesa de dinero y porcentajes de futuras ganancias. Este acuerdo se dio casi a la par de otro, el llamado Primer Triunvirato: Pompeyo – Craso – Julio César. Los dos primeros apoyaban (financiaban) la candidatura a Cónsul de Julio César, y este ponía dos grandes ejércitos a manos aquellos para abrir los mercados de Oriente.

Con los Piromanii a sus órdenes Craso hizo un desastre en Roma. Nunca se registraron tantos incendios y muertes como en aquella época, así lo reporta Livio en su obra Romae major clades (Grandes desastres de Roma), que nos ha llegado en fragmentos. Los banqueros también se habían asociado a Craso, ofreciendo créditos blandos para adquirir las nuevas propiedades que construía Marco Licinio sobre las viejas ruinas, reportándoles grandes ganancias a ambos. Esta exacerbada acumulación de capital le permitió exportar este mecanismo de negocios a todo el Imperio. Comenzó así a gestarse una burbuja inmobiliaria (al mejor estilo de las Subprime norteamericanas), que desembocaría en la primera crisis financiera de la historia. Esta burbuja explotaría recién en tiempos del Emperador Augusto.

Pompeyo, Craso y Julio César ya estaban muertos en aquel entonces, pero no sus negocios que habían quedado en manos de sus herederos, y sobre todo de los Balbo, los banqueros más poderosos de la época, que habían tomado el control de los Piromanii y los Aquiarii, y la exclusiva línea de créditos hipotecarios y alquileres atadas a las Ínsulas. Como podemos ver, el mundo tal cual lo conocemos es más viejo de lo que creíamos…

 

Con Augusto, primer Emperador de Roma (27 a.C. – 14 d.C.) empieza una guerra silenciosa contra este poder paralelo que había creado Craso, y que a esa altura ya no tenía cara visible, sino que ya era una complicada red de intereses e intrigas. Augusto, que no era otro que Octaviano, sobrino de Julio César, sabía perfectamente de los negocios que se escondían detrás de los servicios de los Aquarii, que ahora respondían a los Balbo, que a esas alturas manejaban los créditos de una manera peligrosa para la economía del Imperio. Así que Augusto interpretó que el mejor golpe que les podía dar a los Balbo era sacándoles el monopolio de los Aquarii. Se metía con gente muy poderosa, pero sabía que era una jugada sin costos políticos ya que la gente estaba cansada de esta mafia de los bomberos. Así que en el año 6 creó oficialmente y con rango de institución, el primer cuerpo de bomberos profesional. Esto terminaba con el negocio de la extorsión entre llamas, pues quedaba prohibida cualquier tipo de organización de Aquarii que no fuese la oficial.

Augusto creyó haberles dado un golpe mortal a esta mafia, pero no sabía que el verdadero poder de esta organización no residía en los Aquarii, que hacían la última parte del trabajo, sino en los Piromanii que iniciaban el siniestro y controlaban cuánto daño haría el fuego. Un arte que habían llevado casi a la perfección. Tan poderosa y secreta era esta parte de la organización que se volvió autónoma. Nadie sabía quién la manejaba ni cuántos miembros tenía. Ni el propio Emperador sabía de su existencia a pesar de tener un servicio de espías profesionales. Creyó haber desbaratado una mafia y en realidad les había hecho un favor. Los Balbo se habían sacado de encima una costosa infraestructura para sus negocios. Ahora solo debían pagar a los Piromanii para iniciar el incendio, después mandaban a sus agentes para comprar las ruinas. El negocio seguía sobre ruedas y la bonanza económica que inauguró Augusto con sus políticas de expansión y emisión de moneda, hizo otro tanto para que los banqueros inflaran la economía a niveles nunca antes visto. Pronto Augusto se dio cuenta que no había hecho otra cosa que darles una mano a estos delincuentes, que como advertencia habían quemado el Palacio de Hortensio, la Villa donde vivía el Emperador. Fue en el mismo momento que sus espías le advirtieron sobre la existencia de los Piromanii. Pero antes de hacer nada, Augusto tuvo el inoportuno gesto de morirse.

 

El sucesor de Augusto fue Tiberio, que asumió como Emperador (14 – 37 d. C) en medio de un descalabro económico, producto, en parte, de las políticas llevadas adelante por su antecesor, pero sobre todo por la burbuja financiera creada por los banqueros como los Balbo y los Olio, que eran la cara visible de los negocios inaugurados por Craso. (Por motivos de extensión, me limitaré a resumir algunos aspectos de esta crisis financiera, la primera de la historia).

Antes de morir, Augusto llegó a advertirle a Tiberio sobre este poder paralelo en manos de los banqueros y los Piromanii. Así que ni bien asumió el poder, Tiberio los enfrentó con una jugada astuta, digna de un estadista. Según Livio, el historiador más grande que tuvo Roma, las medidas de ajuste que implementa el emperador no tienen otro objetivo que golpear a este poder que amenazaba a todo el Imperio, y poner las cuentas en orden. Para entender el contexto en nuestros términos, podríamos decir que Augusto durante su reinado implementó medidas económicas progresistas, expandiendo el mercado interno a través de la emisión de moneda y la obra pública. Si a esto le agregamos la burbuja financiera, tenemos como consecuencia una inflación descontrolada. Nada nuevo bajo el sol. Con Tiberio aparece un gobierno conservador, ortodoxo, neoliberal diríamos hoy; por lo cual comenzó a hacer ajustes por todos lados para absorber el dinero circulante, produciendo una recesión y contracción del mercado. Nada nuevo bajo el sol. Dentro de este paquete de medidas les pide a los bancos que liquiden sus deudas con el Estado, lo cual obligó a los bancos a exigirles a sus clientes lo mismo, lo que desencadenó que todos salieran al mismo tiempo a buscar dinero donde no había. Los precios cayeron estrepitosamente y comenzaron las corridas bancarias. El problema fue que no había liquidez y bancos como los de Máximo, Vibón y Pettio tuvieron que cerrar sus puertas. Hubo quiebras en cadena y suicidios. Los Balbo y los Olio sintieron por primera vez la punta de la espada en la garganta. Su poder económico se derrumbaba como un castillo de naipes. Pero habían acumulado tanto en propiedades, más la intrincada red de intereses y de poder que habían tejido, que apostaron al tiempo. Para ello era necesario negociar con el Emperador.

Al mismo tiempo que ocurrían estas cosas, Tiberio arremetió contra la red de espías, reclutándolos para la Guardia Pretoriana (seguridad personal del Emperador). A los que no accedían los mandó a ejecutar. Se hizo con velocidad y contundencia, y fue todo un éxito. No les dio tiempo a los Balbo de reaccionar, ya que estaban muy ocupados de no caer en la ruina. Cuenta Horacio en algunas cartas, que los Balbo, en representación de los banqueros (Argentarii), pidieron audiencia con Tiberio. Este se las concedió y los escuchó. Los banqueros pedían una tregua y un salvataje. Nada nuevo bajo el sol. Tiberio accedió pero puso condiciones. Sabía que el ajuste que había implementado los llevaría a la ruina de sostenerlo en el tiempo. Ya había conseguido lo que quería: desbaratar la red de espías y debilitar el poder de los banqueros a través del saneamiento de la moneda. Tiberio soñaba hacer un Arco con aquel Triunfo en donde no hubo batallas ni ejércitos. Y haciendo pompas de su generosidad, distribuyó un millón de piezas de oro entre los bancos, pero con la obligación de generar créditos sin intereses durante tres años, y con la prohibición de usar ese dinero para sanear sus cuentas. Con ello el emperador pensó que los tendría en sus manos y a la vez impulsaría la economía nuevamente.

No sabemos si Tiberio era un ingenuo o realmente, después de todo, no le quedaba otra. El hecho de que eran tan capitalistas como nosotros lo demuestra que no podían prescindir de los bancos. Pero el gran error de Tiberio no fue tanto haber salvado a los Argentarii, sino haber reclutado sus espías en la Guardia Pretoriana. Seyano, uno de ellos, llegó rápido a ser Prefecto, y convenció al Emperador de hacer unas reformas que implicaban darle más poder a los Pretorianos con el paso del tiempo, al punto tal que terminarían asesinando y nombrando emperadores a su antojo. El primero de su lista fue el mismísimo Tiberio, que murió en su lecho asfixiado por una almohada. El trabajo ya estaba hecho. Sin haberlo pedido, ahora los Argentarii tenían a sus agentes en las entrañas del poder. Y no faltaba mucho para que los Piromanii tuviesen un emperador salido de sus propias filas: Nerón.

Pero antes de él hubo otros dos: Calígula y Claudio. El primero gobernó apenas cuatro años (37 – 41). Fue asesinado por Casio Quereas, comandante de los Pretorianos. Parece que Calígula se había dado cuenta del error de Tiberio y estaba en planes de desmembrar la Guardia Pretoriana. También había mandado a iniciar una investigación por defraudación al fisco por parte de los banqueros. Al parecer el dinero que les diera Tiberio fue a parar a sus negocios personales. Así que los Pretorianos se deshicieron de “Botita” de una puñalada y lo eligieron a Claudio, que a pesar de ser un viejo enclenque, se mantuvo en el poder trece años (41 – 54), durante los cuales fue reuniendo pruebas contra los banqueros en silencio. Suetonio y Tácito dan cuenta de la cantidad de pruebas que se iban juntando en distintas dependencias, especies de fiscalías de la época. Plinio el viejo, historiador de aquel entonces, decía que había suficientes pruebas como para condenar a media Roma empresaria. Incluso se hablaba de que tenían identificados a los misteriosos Piromanii, dejando trascender el nombre de su Jefe Máximo: Pirus Enobarbo. (Pirus le decían a quién fue el primer jefe de la división de pirómanos de Julio Cesar,  un ingeniero griego que llegó a ser lugarteniente del César. Así “Pirus” quedó como título para el Jefe Máximo de los Piromanii). La sola mención de este nombre: Pirus Enobarbo, encendió en Roma una ola de asesinatos y vendettas. Estaban a un paso de ser expuestos públicamente. Pero a Claudio lo sorprendió la muerte en forma de comida envenenada.

Nerón es nombrado Emperador a los 16 años (54 – 68). Único hijo de Cneo Domicio Enobarbo, que según Adriano Antipas, citando a Plutarco y Epicteto off the record, era una especie de Gran Maestre de los Piromanii. El mismo nombre que había dejado trascender Claudio. Y Nerón como hijo del Jefe Máximo, también era parte importante de esta sociedad secreta. Por lo cual vuelve a consolidarse el círculo inaugurado por Craso, Pompeyo y Julio César. Un Piromanii había llegado a lo más alto del poder, secundado por los Pretorianos, y teniendo a su disposición a los Aquarii.

Durante los primeros ocho años de su gobierno, Nerón hizo de las suyas mientras su tutor Séneca, el Prefecto Sexto Afranio Burro y su madre Agripina se ocupaban de gobernar. Se sabe, de mano de gente muy allegada a él, que su actividad preferida era jugar con fuego, desde chico. Tenía una extraña fascinación por las llamas, y un genio sin igual para dominarlas como si fuese el dios que las hubiese creado. De hecho él afirmaba ser hijo de Hades, y que por sus venas corría parte del Flegetonte, el famoso río de fuego del inframundo. Se destacó entre los Piromanii por crear las Maximus Ignis, unas bombas de aceite que estallaban con violencia. Esto le valió que a los 18 años fuese ungido como nuevo Pirus, sucediendo a su padre, y convirtiéndose en el sexto Enobarbo consecutivo que encabezaba esta Logia. Pero Nerón no quería ser uno más en la lista. Como hijo de un dios quería dejar una fuerte marca en la historia, y su deseo de trascender se asoció a su genio creativo descollando con nuevas técnicas y tecnologías. También tenía nuevas metas para los Piromanii, pero para eso necesitaba tomar las riendas de su poder imperial. En el fondo quería eclipsar la imagen y popularidad de Augusto, el gran reformador.

Su poder se termina de consolidar con la muerte de Burro, las acusaciones por malversación de fondos a Séneca y el matricidio de Agripina. Según el mismo Séneca, una vez que Nerón asegura su poder mediante la persecución y el asesinato (que él mismo sufrió y lo llevó a la muerte en el año 65), comienza en el Emperador una etapa de delirio místico y magnificencia. En pocas palabras, se había hecho proclamar Dios, y como todo Dios, quería su propio Templo: un gigantesco palacio de oro. El problema era que dios Nerón lo había proyectado de dimensiones monumentales, y no había en toda Roma un solar, ni siquiera una pequeña esquina donde construir semejante Olimpo. También hay referencias de Suetonio y Dion Casio sobre un Nerón que se quejaba constantemente de lo mal construida que estaba la ciudad. Tácito asegura que el emperador ya tenía un plano urbanístico para reconstruir Roma a su antojo. Sin embargo, y a pesar de estas claras evidencias, había motivos más importantes que estos para que la capital del imperio ardiera.

Parece que Pisón, junto a Petronio, Lucano y Séneca, apoyados por una facción “republicana” del Senado, tenían todo preparado para acusar y condenar a más de 20 banqueros y cientos de empresarios, por malversación de los fondos que había puesto Tiberio en manos de ellos para sanear la crisis económica (sí, la justicia era lenta también en aquella época). Adriano Antipas asegura en la mismísima Curia que sería demostrada la relación de aquella crisis con el negocio inaugurado por Craso, y cómo esa estructura de negocios se había enquistado en el poder a través de los Pretorianos y los Piromanii, que serían expuestos con nombre y apellido.

Algunas crónicas dan cuenta de la agitación social que sacudía a toda Roma ya en el año 63 con estos rumores que podrían terminar derrocando a Nerón y decapitando a banqueros y aristócratas. Lo cierto es que el 19 de Julio del año 64 comenzó en Roma un incendio cerca del Circo Máximo, que se expandió rápidamente devastando la ciudad. En los cinco días que duró el incendio, se destruyeron por completo cuatro de los catorce distritos de la ciudad y otros siete quedaron muy dañados. Cientos de miles de personas murieron incineradas y otro centenar de miles sufrieron quemaduras y heridas de gravedad. Hay testimonios de grandes explosiones que sumergían a cuadras enteras bajo el fuego en segundos, quizás producto de las Maximus Ignis. Según Plinio el Viejo, que fue testigo del incendio, el fuego devoró todas las pruebas y documentos que incriminaban a los banqueros y sus cómplices, como también los únicos papeles que identificaban a los Piromanii. Por este mismo motivo muchos acusaron a Nerón del incendio, pero el emperador hizo gala de su naturaleza celestial y le echó la culpa a una pequeña secta religiosa: los cristianos. Confesaron bajo tortura y fueron crucificados y quemados de a miles. Sin saberlo, Nerón acababa de inaugurar la era de los mártires cristianos, quienes en unos cientos de años más tendrían a su propio Emperador: Constantino.

Dice Plinio el Viejo que el Jefe de los Aquarii, Casio Germano, denunció inmediatamente en el Senado que el incendio había sido intencional, y que detrás estaba la técnica de los Piromanii. La misma dificultad existía en controlar que el fuego devore una sola casa a que arda por 5 días una ciudad. Era prácticamente imposible creer que estas cosas ocurrieran accidentalmente. “Expliquen ustedes cómo se hace para que una ciudad como Roma arda durante cinco días, explíquenme qué eran esas explosiones dignas de un volcán”, exigió Casio Germano a los Senadores. Lamentablemente Casio murió a los pocos días producto de un envenenamiento, y sospechosamente todos olvidaron las declaraciones del Prefecto de Bomberos.

Así que Nerón se dedicó tranquilo a reconstruir la ciudad de Roma a su antojo, junto a banqueros y empresarios inmobiliarios de la época. La gran obra fue el Domus Aurea (Casa de Oro), construida sobre un área de 50 hectáreas que el fuego había despejado entre las colinas del Palatino y el Esquilino. Un Palacio monumental con incrustaciones de oro, piedras preciosas y marfil; jardines, fuentes, pabellones y un lago, en cuyo centro surgía una gigantesca antorcha de mármol rojo, siempre encendida, la Aeterna Flamma. La gigantesca llamarada era atravesada por seis chorros de agua, los cuales se evaporaban al llegar al centro, dejando en claro que el fuego lo devora todo. Quizás haya sido el símbolo del gran triunfo de los Piromanii, la advertencia concreta de lo que eran capaces de hacer: prender fuego la capital del Imperio y matar miles de personas, para borrar pruebas y consolidar el poder financiero e inmobiliario que los movía desde un principio.

Pero hubo dos cosas que enojó mucho a los Piromanii. Una fue que el incendio tenía como objetivo solo destruir las pruebas que los incriminaban. Pero algo había salido mal, o mejor dicho, alguien alteró los planes para que la ciudad ardiera cinco días, y para que muchos miembros claves de la Logia murieran durante el incendio. Lo otro que enojó a los Piromanii sobrevivientes fue que Roma estaba siendo reconstruida en Mármol y concreto, y de esta manera se levantaba ante ellos una ciudad ignífuga. ¿Qué razón de ser tendrían en un futuro en una ciudad inmune al fuego? Evidentemente Nerón tenía planes que ellos ignoraban.

En medio de la construcción del Domus Aurea, el Emperador acusó de conspiradores a Séneca, Pisón, Petronio, Lucano y muchos Senadores que los secundaban. Como se habían quedado sin pruebas debido al incendio, optaron por suicidarse. Con este gran triunfo los delirios de Nerón se intensifican, y como ya sabemos, no hay nada que asuste más al poder real que un Dios encarnado en un Emperador fuera de control. Sobre todo un dios de las llamas, un Hades desquiciado. Las conspiraciones e intrigas se desataron en un abrir y cerrar de ojos. Desde las Galias, Julio Vindice le declara la guerra a Nerón, también lo hace Galba, gobernador de España. Sin perder tiempo el Senado proclama Emperador al Procónsul rebelde, y Nerón se da cuenta que está solo cuando los Piromanii rechazan un plan de ataque a sus enemigos. El Emperador los había traicionado y ya no lo consideraban más su Pirus. Sabían que Nerón consideraba el incendio de Roma como la gran última obra maestra de la Logia, y que quería impulsar a la próxima generación de Piromanii a trascenderse en nuevas técnicas y materiales, como el uso de bombas, esas que él mismo había creado, las Maximus Ignis. Por eso había reconstruido Roma en mármol, para obligarlos a reinventarse.

Dios Nerón había jugado con fuego desde pequeño, un juego peligroso que dominó con maestría. Pero su instinto creativo y su voluntad de trascendencia lo enfrentaron a los suyos, que en más de 140 años actuaron impunemente. Cada Pirus estaba obligado a dejar una marca de fuego en la historia, y todos cumplieron. Pero Nerón quiso zanjar un abismo y ponerle un punto final. Su gran obra no sería igualada ni superada por nadie. La purga se llevó a los mejores miembros de los incendiarios y dejó al resto en una ciudad que solo podría ser devastada por un bombardeo de la OTAN. Esta provocación no sería gratis. Los Piromanii sobrevivientes tenían alma conservadora y sentenciaron a muerte a Nerón. 

Seguramente Nerón supiese que el precio de su peligroso juego fuese su vida. Un dios que quiere trascender debe morir dramáticamente después de haber concluido su obra. Ningún dios que muere en paz en su Villa privada tiene derecho a ser recordado. La versión oficial es que su secretario le clavó una daga en la carótida, pues él no tenía agallas para hacerlo. Una mentira instalada por sus enemigos. Adriano Antipas cuenta que Nerón remó solo hasta el centro del lago, subió hasta la gran antorcha y se roció de aceite. Caminó hacia el centro de las llamas y desapareció haciéndose uno con la Aeterna Flamma. Dejó en la historia una huella tan profunda como las heridas de una quemadura, y el aguerrido instinto de impunidad de un poder que se niega a cambiar sus delictivas costumbres, por más que hayan sido sacudidas por un loco egoísta que pretendía quedar solo en la historia.

 

En próximas entregas les iré contando cómo los Piromanii llegan hasta nuestra época, ya como los Iluminati, y cuanto tienen que ver con la invención de la pólvora, las bombas atómicas lanzadas en Japón, el atentado de las Torres Gemelas en New York y el incendio en los depósitos de Iron Mountain en Buenos Aires, entre otros atentados. Siempre con la idea matriz de consolidar su poder y borrar las pruebas del delito.

  

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