18/09/2018

LA BATALLA GUTURAL

Por ALEJANDRO PASCOLINI

Uno de los grandes valores que determinan, irónicamente, como pensar nuestro acontecer cotidiano es que pensar es algo innecesario, estéril, masturbatorio. “Lo importante es el hacer, la experiencia”, “Yo me dejo llevar por lo que siento, porque cuando pienso no soy fiel a mi mismo” se escucha decir por ahí, no notando los portadores de dichos enunciados que esas afirmaciones son también pensamientos…

Parece que adoptamos la creencia en una suerte de vivencia mas allá del pensamiento y del lenguaje donde encontraríamos aquella sabiduría que no se encuentra en los libros ni en quienes se tomaron el trabajo de leerlos.

      Sentado cómodamente frente al televisor, siendo las 4:00 am y luego de ser testigo de cómo un pastor electrónico logra en 50 segundos el arrepentimiento eterno de un asesino serial, comienzo a preguntarme no sólo por qué no me voy a dormir, sino también por los valores dominantes de la cultura en la que vivimos.
La primera pregunta que me hago (mientras el pastor convence a un manco de que aplauda) es por qué pensamos cada vez menos. Pregunta complicada para resolver, ya que para hacerlo necesitaríamos pensar, lo cual, como planteé en un principio, se nos vuelve casi imposible.
En principio diagnostico (ahora, en el templo televisivo, puede observarse cómo  se organiza una orgía para recaudar dinero) que uno de los grandes valores que determinan, irónicamente, como pensar nuestro acontecer cotidiano es que pensar es algo innecesario, estéril, masturbatorio.
“Lo importante es el hacer, la experiencia”, “Yo me dejo llevar por lo que siento, porque cuando pienso no soy fiel a mi mismo” se escucha decir por ahí, no notando los portadores de dichos enunciados que esas afirmaciones son también pensamientos.

Parece que adoptamos la creencia en una suerte de vivencia más allá del pensamiento y del lenguaje donde encontraríamos aquella sabiduría que no se encuentra en los libros ni en quienes se tomaron el trabajo de leerlos.
¿Podría ser entonces que esta concepción tan poco cuestionada que adora “las cosas en sí” y odia el cuestionamiento lógico de lo existente tenga un carácter dogmático, cuasi religioso? ¿Se podría pensar, incluso, que es propiamente funcional a intereses políticos y económicos que intelectualizar sea una paja mental y que por ende es mejor “entregarse a vivir las cosas como son”?, siendo que el “como son las cosas” es una convención producto del diseño de aquellos que piensan cómo ejercer el poder de manera más sutil.

¿Es tan extraño deducir que este desprecio por el conocimiento esté al servicio de que en nombre del sentido común vivencial aceptemos sin indagar lo que nos presenta como obvio el Dios Mercado?

Mientras sigo observando a los pastores televisivos de la madrugada, me interpelo acerca de si acaso nosotros también no creemos en un evangelio que podríamos denominar como del no intelecto.
Ellos, a diferencia de nosotros, parecen recibir beneficios financieros milagrosos por su fe. Nosotros, en cambio, por nuestra fe en la ignorancia perdemos cada vez más económicamente y culturalmente. Pero, como agarrar un libro es una acción pecaminosa, no encontramos las alternativas que nos brinden una solución a esta batalla que perdemos todos los días contra la estupidez.

   

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