08/09/2018

EDGAR ALLAN POE. Los miedos malditos de una clase

Por ARIEL STIEBEN

 

Desde “Los crímenes de la calle Morgue”, Poe no sólo inaugura el policial moderno, sino que muestra por primera vez el temor de una clase, y al criminal como representante de la amenaza social. De este lado del mundo, Sarmiento inventa el binomio civilización/barbarie para referirse a esos otros que lo perturban. Y en el medio, las palabras, que desnudan el odio de los poderosos hacia la clase trabajadora.

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Un fascista es un burgués asustado.
Bertolt Brecht

 

    Las pulsaciones históricas se aceleran profundamente hacia el año 1789. Francia fue testigo de una revolución que surgió en su seno y se expandió, como una peste, por el resto de Europa occidental. La clase burguesa, que ya detentaba el poder económico, ocupó el sillón político que la historia le reservaba desde hacía un tiempo. La monarquía cayó y los ideales de libertad, igualdad y fraternidad invadieron todo. Los viejos siervos de la gleba mutaron en nuevos hombres libres. Migraron masivamente hacia las incipientes metrópolis transformando de cuajo su arquitectura. Su fuerza de trabajo, lo que en teoría era sinónimo de libertad, lo único que poseían de valor para el nuevo modo de producción, los convirtió automáticamente en eternos explotados. A pesar de la fuerza revolucionaria de la nueva clase dominante, el antiguo régimen seguía presionando. Surgieron dentro de las primeras  cinco décadas del siglo XIX pugnas, contrarrevoluciones y, finalmente, un engendro histórico que selló el pacto definitivo entre la rancia aristocracia agraria y la nueva nobleza industrial burguesa: las monarquías constitucionales. De esta forma, se configuró un espacio social clarificado, dividido básicamente y a grandes rasgos en dos sujetos históricos  determinados: la burguesía y la clase proletaria. En este contexto nace un trabajo notable, precursor en su estilo. Su nombre, Los crímenes de la calle Morgue. El autor, Edgar Allan Poe.

Descendiente de familias irlandesas, Edgar Allan Poe nace en Boston, Estados Unidos, el 19 de Enero de 1809. Dos años después, al morir su madre y ser abandonado por su padre, es adoptado por una familia de comerciantes acaudalados provenientes de Escocia. Viaja a la edad de seis años a Inglaterra, y logra recibir una educación notable. Aprende francés y latín, para volver en 1820 a su país de origen. Ingresa a los dieciséis años a la Universidad de Virginia, donde cursa la carrera de Letras, abandonando todo un año y medio después.

Durante sus escasas cuatro décadas de vida, trabajó de periodista, se alistó en el ejército y escribió desde poesías hasta novelas, pasando por ensayos, cuentos y biografías. Entre sus múltiples escritos, aparece uno particularmente  interesante que funda – según la gran mayoría de la crítica literaria – el género policial o de detectives. “Los crímenes de la calle Morgue” llega al mundo en 1841. El contexto social, económico y político determina algo más: aparece, por primera vez, el temor de una clase.

La acción del cuento se desarrolla  en París, a mediados de 1830. El protagonista del relato, quien narra en primera persona, conoce en la ciudad francesa a Auguste Dupin, un joven de una inteligencia notable perteneciente a una ilustre familia aunque, económicamente, la pobreza le había golpeado duro. Dupin ha leído una cantidad enorme de libros y aplica, en su vida cotidiana y ante cualquier suceso, extraordinario o no, su teoría analítica para llegar a la verdad. Durante la estadía de ambos hombres en la París de Luis Felipe I, último monarca antes de la revolución que proclama la Segunda República, sucede el atroz asesinato de dos mujeres en el interior de su departamento, ubicado sobre la calle Morgue. Por intermedio de los diarios de la época Dupin, al mismo tiempo que el lector, se encuentra con los detalles del crimen. Se trataba de una mujer mayor y su hija, quienes no aparentaban problemas económicos importantes. Sus cuerpos aparecieron mutilados y quien ejecutó el homicidio era dueño de una fuerza sobrenatural. La anciana, decapitada, yacía sobre uno de los cuartos y su hija había sido incrustada dentro de la chimenea. El dinero, que plácidamente descansaba sobre una de las camas, indicaba que el móvil del crimen no había sido robar. Los vecinos, testigos auditivos de la pelea que precedió todo, hablan de una voz gutural, extranjera. Los italianos dicen que se trata de un español. Los franceses, de un italiano. El español que declara afirma que la lengua escuchada es rusa o alemana.  El desconcierto es total y la policía, ubicada inteligentemente por Poe en un lugar de inutilidad e incapacidad notable, se encuentra desbordada. Dupin logra acceder a la escena del crimen y, gracias a lo leído en los diarios y a esta observación, llega a la verdad en pocos minutos. El enigma del cuarto cerrado, del extranjero imposible y de la brutalidad extrema es resuelto  por el joven. El autor del asesinato es un gorila que se escapa de su dueño y corre, por la noche parisina, hacia el cuarto de las dos mujeres. Poe presenta de este modo, como Rodolfo Walsh con “Operación Masacre”, un nuevo estilo literario: Se trata del policial moderno.

Poe no descubre, lógicamente, el horror. Sí un modo de expresarlo. El policial deja atrás la literatura gótica propia de la Edad Media, para situar el temor en otro lugar. Aparece el criminal. La muerte, los muertos, siguen siendo motivo de debate; sin embargo, se viaja desde lo fantasmagórico hacia la figura del asesino. Este trayecto implica mucho más que un simple enroque de significantes. Se trata del triunfo final del iluminismo sobre aquel antiguo régimen sombrío, espectral, y se produce, paralelamente, la instalación definitiva de un mundo de temores diferentes, donde el terror nocturno es reemplazado súbitamente por la amenaza social. La ciudad burguesa, masiva, multitudinaria, acoge y reproduce este tipo de peligro. El criminal proviene de esa multitud, en su mayoría proletaria. Y puede ser cualquiera, resulta imposible su identificación. Es un criminal anónimo que saca provecho de ese desorden inicial, propio de un nuevo modo de producción que apenas se está consolidando.

Esta cuestión del anonimato es clave, porque la clase hegemónica necesita dominarlo. El relato policial surge en el seno de varios intentos para identificar al sujeto, para disciplinarlo, ejerciendo el control social. La invención de las huellas dactilares, la aparición de las casas numeradas, son todos inventos que tienden a la individualización.  El estilo policial aporta lo suyo, desde su temor, para este tipo de control. Crea al detective. Sin embargo, la amenaza social no se conforma con asustar desde el afuera. Ingresa al ámbito privado, lastima, mata con una violencia inusitada, sin motivo alguno. El sujeto amenazado no se siente seguro ni siquiera en su hogar. Poe va construyendo, de manera magnífica, la figura de un gran Otro cruel, tremenda. En primer lugar, ubica al lector en un escenario metropolitano y hostil. En segundo término, la propiedad privada, símbolo del sistema capitalista, se siente violada también por ese afuera amenazante. Finalmente, remata la faena creando una voz que parece extranjera y gutural, es la lengua del inmigrante, del foráneo. El Otro es social y clasista. Es un adversario de clase y Poe condensa toda esa significación en una figura bestial: el gorila.

El simio de Poe logró, inauditamente, embarcarse y tras meses de viajar por las profundidades del océano, llegó a una Sudamérica convulsionada, en plena formación. Afirmábamos la victoria del iluminismo. La gloriosa revolución no significa un triunfo meramente económico. La Razón apareció para no dejar rastro de la incoherencia romántica. En Poe está, porque la engendra Dupin. Logra el equilibrio colocando al gorila, pero también al extranjero, sobre todo a través de su idioma, del lado bestial e irracional. Se trata de un binomio Razón Humana – Locura Inhumana. En el seno de una Argentina que se desangraba en combates civiles condensados en la simple polarización Unitarios-Federales, la dualidad europea fue emulada.

 

Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte…. Civilización/Barbarie. Esta es la fórmula americana que surge desde el “Facundo” de Sarmiento, esa obra de arte literaria creada en 1845, época en donde todo se teñía de rojo punzó. En algunos pasajes de su libro, Domingo Faustino se muestra admirado frente a algunas conductas de Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos. Sin embargo, en esa admiración se muestra la hondura en la dualidad que estructura la novela: Sarmiento siente una atracción similar a la que se puede producir al observar a una bestia despedazar a su presa.  Lo que maravilla es la animalidad de Quiroga.  No finaliza allí esa matriz epistémica importada de Europa presente en el ex presidente sanjuanino. Continúa con él, cuando al dejar el país escribe sobre una piedra, unos años antes del Facundo: “A los hombres se los deguella, a las ideas no”. ¿Qué idioma utilizó Sarmiento para estas palabras? El francés, la lengua culta.  La del Iluminismo, la de la Razón. No quería, el maestro del aula, ser comprendido. Su pretensión era marcar una diferencia. De un lado, él, la civilización. Del otro, la barbarie pseudo humana que ha invadido su querida patria y que lo obliga a abandonar el espacio que lo vio nacer.

El Matadero, de Esteban Echeverría, se lee en este mismo patrón de sentido. Se escribe entre las décadas del 30 al 40, en la misma época rosista.  Considerado el primer cuento argentino, el personaje principal, protagonizado por el Unitario, quien engendra la civilización, ingresa en un espacio bárbaro. Si bien, al igual que en el Facundo, la barbarie ha arrasado con todo, es necesario marcar una diferencia: Sarmiento sale de ella. Echeverría entra en ella. La descripción de cuerpos humanos bestiales, casi animales, conforman un verdadero panfleto, bien escrito, anti federalista.

La refalosa, de Hilario Ascasubi, completa la faena civilizatoria. Se trata de un poema que describe con inusual realismo los quehaceres de la mazorca, brazo represivo de Don Juan Manuel de Rosas. Los versos de esta obra emanan sangre por cada uno de sus renglones.  El miedo de los cuatro autores es fuertemente parecido. Las palabras, como envases vacíos, son cargadas de sentido similar. Civilización / Barbarie, eje articulador de la obra sarmientina pero también presente en Echeverría y Ascasubi, es tan solo una reformulación del Razón Humana / Locura Inhumana que enuncia Poe. La única y fuerte diferencia es que el rumbo adoptado por el modo de producción capitalista, en Argentina, aún no estaba claro. Por eso mismo, el miedo en el país de 1850 todavía no era predominantemente clasista. Pero cuando Roca conquistó el desierto, cuando las familias patricias se ubicaron en el Poder, cuando se fue configurando una fisonomía de Patria que aún hoy predomina, las cuestiones cambiaron. Los miedos también y, ante el gran Hecho Maldito del país burgués: el peronismo, el temor amasado durante cien años de historia se transformó en algo aún peor; odio. Basta leer La fiesta del monstruo de Borges y Bioy Casares para comprenderlo. El Otro, para unos y para otros fue, al fin, un contendiente de clase. Bárbaros, clamaba la clase terrateniente. Los obreros, inmersos en el mismo sistema capitalista que sus adversarios, utilizaban al referirse a ellos una vieja, conocida y paradójica palabra: Gorilas. No sabían lo cerca que estaban, para la oligarquía nacional, de ese significante.

  

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