24/07/2018

La ropa limpia es esencial para empezar el día

La publicidad es un dispositivo que funciona de manera autónoma, sin patrón y sin oficinas, pero que utiliza a los agentes publicitarios para penetrar en la población los ideales sociales que demandan seguir comprando y seguir despreciándose si no se puede comprar.

La potencia de la publicidad es la impotencia de quien la escucha. La de quien, solo, confundido y con el amor rutinizado, cree que le venden un producto y desconoce que le compran la creatividad.

Por Alejandro Pascolini

 

         Solo, confundido, con el entusiasmo burocratizado, escucho una publicidad radial que por unos segundos me creó la ilusión de saber cómo tengo que empezar el día para que tenga alguna dignidad: “La ropa limpia es esencial para empezar el día”.

Por supuesto, esta fe sorpresiva y mediática se diluyó cuando recordé que cualquier discurso que plantee lo esencial de las cosas es fascista, ya que la esencia es aquello que no puede modificarse ni, por lo tanto, cuestionarse.

Pensaba, mientras lavaba la ropa, que no sólo este comercial sonriente y perversamente ingenuo intenta hacernos creer cuál es nuestra esencia y, por ende, cuál debería ser nuestra conducta, nuestros sentimientos y pensamientos: La publicidad misma es un dispositivo de encauzamiento del deseo en beneficio de los valores imperantes en la sociedad en que vivimos. Conoce que no sólo nos comunicamos con palabras; también la inflexión de la voz emite su mensaje, la música, los silencios, las sonrisas, la mirada cínica que propone seguir comprando aunque el otro sufra, aunque el otro muera.

La publicidad, entonces, utiliza las herramientas comunicacionales más eficientes y específicas, a la hora de gambetear la posibilidad crítica del receptor de darse cuenta de que le están robando, en cada spot, el enamoramiento por la vida.

La publicidad es un dispositivo que funciona de manera autónoma, sin patrón y sin oficinas, pero que utiliza a los agentes publicitarios para penetrar en la población los ideales sociales que demandan seguir comprando y seguir despreciándose si no se puede comprar.

La potencia de la publicidad es la impotencia de quien la escucha. La de quien, solo, confundido y con el amor rutinizado, cree que le venden un producto y desconoce que le compran la creatividad.

La impotencia de quien cree que puede decidir sobre la información que le llega del televisor cuando, en realidad, adopta pasivamente sus dictámenes, creyéndose libre… pobrecito.

La impotencia de quien cree que va a ser distinto a todos si compra el mismo objeto que compran todos.

La impotencia de quien cree recibir una respuesta sobre lo que quiere cuando, en realidad, sometiéndose a la lógica de la publicidad y el consumo, ni se pregunta sobre lo que se desea.

La impotencia de quien cree que para sentirse acompañado tiene que aislarse a disfrutar lo que le imparte el mercado.

La publicidad oferta un placebo para el dolor que causa la agonía de la solidaridad, la misma agonía que ella produce sin saberlo, pero deseándolo.

La publicidad es sucia, eso es esencial para empezar el día.

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