17/07/2018

Francia, Bicampeón del mundo – MUNDIAL RUSIA 2018

 
 

La tarde-noche del 15 de julio de 2018 que consagró a Francia como bi-campeón mundial de la copa FIFA disputada en el estadio de Luzhniki, en Rusia, tras vencer por 4 a 2 a Croacia, dejó para la reflexión y el recuerdo las emociones más encontradas, con esas lágrimas que vienen y valen tanto para la alegría como para la tristeza, mejor interpretadas en esa misteriosa y repentina lluvia copiosa desatada en plena premiación al final del certamen futbolístico.

Por Carlos G Suárez
Corresponsal desde Washington DC para EL NIDO DEL CUCO

         Era difícil tomar partido. Era complejo el definirse por una u otra escuadra. Es que es así cuando los colores propios de uno ya no lo son más y se busca de algún modo, por similitud, por afectos, por empatía o por lo que usted quiera, el hallar en la camiseta de otro el sentimiento y la extensión de la alegría que se volvió en corto tiempo una frustración.

   De pronto recordamos que alguna vez estudiamos en un colegio francés, con canto de Marsellesa incluida los lunes en el patio de honor, después del himno nacional del Perú. No era casualidad tampoco, que esta Francia más embetunada que nunca, con Mbappé a la cabeza, se encargara de poner fuera de carrera (regulando fuerzas in crescendo) a incaicos, gauchos y charrúas. Entonces recordé las veces que la chispa siempre dispuesta podía venir a pesar de los mayores infortunios, de una jacarandosa criolla como ninguna: la de mi también embetunada abuela paterna. No había por tanto más elección: Mi gen ancestral y ese pequeño franchute de adopción en mi niñez de formación, me decantaban por Les Bleus.

   El lance final comenzaba para esa partitura dentro de lo predecible, con una no menos sorpresiva andadura croata de Modric, Rakitic y compañía, generando mejor fútbol y llevando mayor cuota de peligrosidad sobre el arco defendido por el galo Hugo Lloris. Lo del equipo de los balcanes había sido (¿qué duda cabe?) para el aplauso, hasta antes de esta instancia. Haber tenido que bregar desde los octavos de final y, en adelante, todos los partidos con tiempo extra y definición por penales; en buena cuenta, haciendo la sumatoria, con el valor agregado de un partido completo de más y el subsecuente desgaste en lo emocional. Ello también podía revertirse en su mejor fortaleza. El espíritu de lucha, el corazón puesto en el coraje de la resistencia.

   Así entramos en esa complejidad, en esa dificultad en la toma de partido que acusamos al principio. Porque, sentimentalmente, Perú había sabido vencer con maestría por un marcador de 2-0 en Marzo de este año (en tope amistoso previo a la Copa Mundial) a esta selección de la desmembrada ex Yugoslavia del mariscal Josip Broz Tito.

   Esta Croacia, el equipo de una joven república de no más de treinta años de existencia, que supo galvanizarse aún pese al retumbar de las bombas de una sangrienta guerra civil separatista. Esta Croacia que se destapó y que se nos metió en el imaginario hincha de más de una nacionalidad, la que quisimos todos que fuera campeón inédito.

   Francia con un muy medido fútbol o casi nada de él, rayano en lo amarrete, jugaba con la cabeza como mandan los cánones para salir campeón. Así es que un pensante Antoine Griezmann fabricará una travesurilla al llevar la pelota y aguantar el paso, provocando una falta que el juez argentino Néstor Pitana no dudará en sancionar. Un tiro libre que le acomoda. Riesgo total. Es en el minuto diechiocho que el disparo del francés, para infortunio del guardameta Subaric se desvía, en un intento fallido de despeje, en la mitra de Mario Mandzukic: lo nimio como para colarse en portería propia.

   El equipo ajedrezado asimila el golpe. Pone segunda y al minuto veintisiete gesta el empate mediante el cobro de un tiro también libre, pero indirecto. Iván Perisic hacia la derecha del área francesa y tras pivoteo de Versaliko, el mismo Perisic llega a la carrera y la empalma en feroz volea. El locutor y los comentaristas de la TV, el hincha croata, el aficionado neutral de todas las nacionalidades de repente, sienten (y me incluyo) la necesidad de la conversión a hincha imaginario, porque queremos ver en esa rebeldía plasmada en el corazón de Luka Modric y su hueste el tesón inclaudicable de un monarca que todos ansiamos.

   El Luzhniki Stadium de Moscú, no obstante, será el testigo sobre los 36 minutos de juego de, con seguridad, el factor y punto de quiebre del partido. Una vez más, esa innovación absurda llamada VAR (Video Assistant Referee) dirá que Pitana debe cobrar un disparo penal en favor de los franceses, por una discutible mano en el área. El árbitro argentino, de una personalidad fuera de toda duda y un prestigio bien ganado no asume tal falta, pero al comando central del bendito VAR le parece distinta la figura.

   Entonces es aquí donde el fútbol va a correr riesgo de perder su esencia de impredecible y esa cuota indispensable de error, porque de errores está hecha la vida. No se ha podido inventar aún la capacidad de poder revertir y corregir nuestros destinos. El día que ello se dé, la vida habrá perdido su razón de ser. El juez Pitana, ya frente al monitor y visionando por el revés y por el derecho una jugada como si fuera una radiografía de enfermedad cancerosa, detectará a saber del angular de la cámara y del mejor o peor interpretar del movimiento del brazo del jugador, que la falta se dio. (¿?)

   De nuevo el ejecutante en los pies de Griezmann, que decreta la pena máxima y el 2-1 arriba. Se van al intermedio, no sin antes Croacia haber estado en un tris, sobre los 39 minutos, de emparejarlo por segunda vez: así lo marcaba el porcentaje en la posesión del balón, con 61% para Croacia y 39% para Francia.

   El reanude del encuentro dibujará una ostensible presión de los dirigidos por Zlatko Dalic (quien, en su fe, fue monaguillo durante su niñez) por el empate al punto que a los 47 minutos Rakitic hace una diagonal con remate que había iniciado Rebic y que desvía el espléndido portero Lloris. A los 48 minutos, otra acción similar y una nueva intervención del galo.

   Hasta que Francia se empieza a dar cuenta de que está enfrentando a un equipo serio, la horma de su zapato; y a los 51 minutos una escapada en contra de Kylian Mbappé deja mal parado a su custodio, el croata Vida, sacando un disparo que desvía el arquero Subaric. A los 58 minutos será Paul Pogba quien inicie una contraofensiva y meta un espectacular pase diagonal a Mbappé quien, con ese atrevimiento de sus diecinueve años y el dominio de la pelota de los que nacen pegados a ella, la retiene, la mima, baila un tango a ritmo de candombe y la juega hacia atrás poniendo el pase de la puñalada que ha visto venir al principito Griezmann y éste otra vez a Pogba, que concreta el tercer tanto.

   Corren los sesenta minutos y Francia no es que sólo se ha puesto a jugar, sino que ya carbura. Pareciera que el partido está sacramentado, pero todavía hay tiempo para una nueva y formidable filigrana de jugada de todo el escuadrón dirigido por Didier Deschamps para, sobre los 64 minutos sea, quién si no, el nuevo rey del fútbol, Kylian Mbappé, quien decrete el 4-1.

   Las lágrimas de los vencedores seguramente se entremezclan con lañs de los vencidos, porque una cosa no puede ser sin la otra. Croacia no baja los brazos, vende cara su derrota, quizá porque sabrá que en el tiempo, la historia los recordará como el campeón moral. El equipo por el que hinchó ese fan imaginario de todas las nacionalidades. Ello tendrá su premio, ante una grostesca falla de Lloris en salida con su defensa, que es bien aprovechada por el cazador Mario Mandzukic, quien lo ´´almuerza´´ y pone las cuentas 2-4.

   En el tiempo que resta, tanto francos como eslavos realizan cambios. Sin embargo, la constante del juego se mantiene, siendo a los 77 minutos que un disparo de Brozovic se pierde ante una pelotera en área francesa. Parecía cerca el tercero de Croacia pero, aún así, hubiera sido mucho el sufrir de un equipo que por enésima vez, de haberse dado, hubiera tenido que definir de nuevo un match en alargue y potencialmente en penales. Se darán 5 minutos de tiempo extra y el tablero no se alterará.

   La tarde noche del 15 de Julio de 2018 querrá consagrar el mundial de Rusia con una nueva copa, a veinte años de su primera conquista, otra vez a Les Bleus por lo que fue su cabalgar a lo largo de todo el campeonato. Pero también nos deja la estela hermosa de una escuadra subcampeona en la cara de Modric, por su juego, el andamiaje interminable de partidos de fútbol encima de su magro cuerpo y su melancólica mirada tal Cruyff croata que, no tengo dudas, la historia recordará. Quién sabe si esa repentina y copiosa lluvia se debatía entre la alegría y la tristeza.

  

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