11/05/2018

Carlos Gardel, Crónica de una muerte anunciada

Pocos saben que el avión de Gardel nunca llegó a despegar, que se estrelló contra otro avión por causas que solo aquí revelaremos. Nadie sabe que Carlitos escapó del avión y murió aplastado por un motor. Pero lo más desconocido e interesante son las circunstancias que desencadenaron el accidente, una encarnizada competencia entre el piloto colombiano del avión en el que viajaba Gardel, y el piloto alemán de la aerolínea rival. Una historia contada en primera persona por Rubén Acebedo (William Foster), copiloto del avión donde viajaba el Zorzal, en un libro que pretende ser sus memorias, escritas por su nieto, Fernando H. Acebedo. El libro ya está en la imprenta y saldrá a la venta este año, con prólogo del historiador Furibundo Tempo. A continuación, y en exclusiva para El Nido del Cuco, Fernando nos adelanta parte del material en una entrevista hecha en su casa, en el barrio de Martín Coronado.

Por Andrés García

MEMORIAS DE UN MUERTO

 

¿Dónde y cómo empieza la increíble historia de tu abuelo y Samper Mendoza?

Fernando: Mi bisabuelo Miguel Rymond Foster, era diplomático, y a fines de 1932, durante la presidencia de Agustín P. Justo, consiguió trabajo en la Embajada Argentina en Colombia. Mi abuelo fue con él. William, como se llamaba en aquella época, acababa de terminar los estudios secundarios en una escuela técnica. Lo apasionaba la aeronáutica y las telecomunicaciones. Mientras acompañaba a su padre en un viaje aéreo de Barranquilla a Medellín, William conoció a Ernesto Samper Mendoza, que con 30 años era piloto y dueño de la aerolínea SACO en la que viajaban. Mi

Ernesto Samper Mendoza

Ernesto Samper Mendoza

abuelo quedó fascinado con aquel colombiano soñador, ambicioso y campechano. Así es que comenzó a frecuentar los hangares de la SACO y fue naciendo una amistad entre ellos. Ernesto le ofreció que fuese su copiloto y radio operador, y que le iría enseñando la profesión ya que a futuro necesitaría más pilotos. William no lo dudó un segundo. Era tal el compromiso que había asumido, que cuando su padre volvió a Buenos Aires unos meses después, él se quedó.

 

¿Qué lo empujó a tomar tamaña decisión?

Fernando: Lo había cautivado la personalidad de Samper Mendoza y sus objetivos: crear la primera aerolínea nacional, para luego conquistar Sudamérica, lo que él llamaba “La Patria Grande Aérea”. Le hablaba apasionadamente de Bolívar y San Martín y del sueño emancipador. Tenía un espíritu patriótico pocas veces visto en un empresario que había apostado todo en un sueño casi imposible: ganarle el mercado a la primera y principal línea aérea de Sudamérica, y la segunda en el mundo, la alemana SCADTA (Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo). Por eso mismo unos años atrás había invertido toda su fortuna en la compra de dos aviones Ford Trimotor, los más modernos de la época, y fundó la SACO (Servicio Aéreo Colombiano). “Yo le declaré la guerra a los Nazis, y se las voy a ganar en el aire”, le dijo Samper a mi abuelo como un imperativo categórico. Pero él había entrado a luchar en una guerra prácticamente ganada por la SCDATA. Al gobierno colombiano no le importaban los fervores nacionalistas y se negó a subsidiarle el combustible a Samper. Se tuvo que hacer bien de abajo, casi sin ayuda, contra una aerolínea que tenía un fuerte prestigio, no solo por la calidad del servicio, sino porque era alemana.

 

Para dimensionar el conflicto, ¿a qué se estaba enfrentando Samper Mendoza?

Fernando: La SCADTA estaba presidida por su principal accionista y piloto en Colombia, Hans Ulrich Thom, un joven alemán de 27 años nacido en Bromberg, Prusia, recibido en la Escuela Superior Nazi, discípulo del líder alemán

Hans Urlich Tom

Hans Urlich Tom

Wolfgang von Gronau. Con semejante currículum, Hans manejaba exitosamente la SCADTA desde hacía 2 años. El régimen de trabajo de la aerolínea era cuasi militar y trataban a sus empleados como especímenes de una raza inferior, lo que de vez en cuando provocaba conflictos en la empresa. Hans llevaba adelante la SCADTA con mano de hierro, y él mismo pilotaba un avión Ford Trimotor, conocido como el Manizales. La aparición de Samper Mendoza en escena provocó en el alemán un profundo desprecio, propio de la “Raza Aria”. Pensó que iba a ser fácil aplastar a aquel colombiano fanfarrón. Y casi lo logra. Samper había comprado dos aviones para competir mano a mano, pero le costaba llenar los vuelos. Muchas veces volaba un solo avión, y tenía dificultades para cubrir costos y salarios. Pero el colombiano era inteligente y atrevido y de a poco se fue quedando con clientes de su competencia. Había algo que el alemán no tenía, y era la idiosincrasia colombina. Cuenta mi abuelo que Samper ayudaba a los pasajeros a acomodarse, les contaba chistes, les daba información sobre el vuelo, bromeaba sobre la calidad de los baños de los aeródromos, etc. Esas pequeñas cosas fueron marcando la diferencia.

 

Y tu abuelo irrumpe en esta historia en un momento decisivo.

Fernando: La aparición de mi abuelo fue decisiva. Aprovechó los contactos que tenía en la Embajada Argentina y otros diplomáticos que le había presentado su padre, y le consiguió a Samper una camada de clientes que viajaban asiduamente. Samper lo quiso nombrar Gerente de la SACO, pero William se negó. No quería bajarse del avión, tenía 18 años y no pensaba aburrirse en un escritorio, quería aventuras. Y ya soñaba con ser piloto.

 

Pero él aparece en medio de un conflicto entre los dos pilotos y sus aerolíneas.

Fernando: Las anécdotas que me contó mi abuelo sobre la tensa relación entre Samper y Thom no solo son hilarantes, sino que dan cuenta de alguna manera de las razones que desencadenaron el trágico final. Te leo textual del libro: “Hans haciendo abuso de su “supremacía racial”, solo le hablaba en alemán. Al colombiano sin embargo no le molestaba porque se defendía bastante bien en alemán, inglés y francés, idiomas de estudio obligatorio en la Escuela de Aviación Militar de Colombia. Pero había algo que a Samper lo sacaba de quicio, y era que lo llamara Macaco. Hans lo descubrió una vez, y al ver la reacción, lo bautizó así para siempre. Pero Samper también le había encarnado una uña al alemán. Se había enterado que Hans estaba perdidamente enamorado de Ivon Garnier, una francesa cuarentona que regenteaba un burdel de nivel en Bogotá. Era un bailongo también, donde se daban encuentro artistas y personalidades de la época, donde abundaba el tango y la milonga. Samper era habitué de “Madame Ivon” y la conocía muy bien a la francesa. Muchos decían que era la famosa Ivon del tango que escribiese Cadícamo, y yo creo que sí. Pero el dato picante era que la madre de Ivon era una tal Natacha Resinsky, polaca judía. Según cuentan, en un principio Mademoiselle Ivon era solo “La Polaquita”. Samper hostigaba todo el tiempo a Hans acusándolo de que estaba en pecado, que sus hijos saldrían “Half-Arios”. Hasta lo amenazaba con denunciarlo a la Schutzstaffel (“SS”). El alemán negaba la relación, que de hecho era un secreto a voces. Pero el colombiano estaba al tanto de todo gracias a los chismes que le contaban las chicas del burdel”.

 

Y Gardel sin saberlo fue víctima de un conflicto ajeno.

Fernando: La génesis de esta tragedia tiene fecha. El 25 de Marzo de 1935, en los Estudios Victor de Nueva York, Carlos Gardel anuncia una gira por Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Panamá, Cuba y México. Gardel estaba en la cresta de la ola y donde iba arrastraba multitudes. El revuelo que se armó en Colombia con la noticia no tiene parangón. Sobre todo Thom y Samper que tenían la oportunidad de trasladar al artista más importante de la época. Cuenta mi abuelo: “Samper quedó fascinado,  como si hubiese tenido una epifanía, como si fuese una señal divina. Creía que sería un antes y un después para la SACO. Y no se equivocaba. Quería a Gardel arriba de su avión sea como sea. El prestigio y la publicidad de tal acontecimiento terminaría de catapultar a la aerolínea por Sudamérica”.

Pero el alemán parecía estar siempre dos pasos adelante. Por intermedio de la Embajada Alemana ya había conseguido la exclusividad del servicio aéreo para Gardel. William quiso intervenir desde la Embajada Argentina pero ya era tarde, y los alemanes eran de temer. Sin embargo Samper no era un hombre de bajar los brazos y darse por vencido. Mi abuelo recordaba: “El colombiano me dijo que las cosas en los negocios eran como una partida de ajedrez, y que en este caso le había tocado mover primero al alemán. Ahora le tocaba mover a él. Lo dijo con una sonrisa, como si supiese que iba a ganar y que encima se iba a divertir”. La raza Aria, dice que dijo, nos subestima.

 

¿Y cómo pensaba robarle un cliente tan importante a una aerolínea tan importante?

Fernando: No era ningún secreto que Gardel tenía pánico de volar, sufría arriba de los aviones. Por eso viajaba mucho en barcos, trenes o micro. Y esto Samper lo tenía muy claro, era un dato importante. Mi abuelo creyó intuir lo que proponía el colombiano: “Hay que esperar que se equivoque, que se mande una cagada – fue mi conclusión. Samper después de reír me enseñó: Primero que los alemanes pocas veces se equivocan, y segundo, nunca te sientes a esperar nada, haz que ocurra”.

Quizás no sea casualidad que el 4 de Junio, el mismísimo día que Gardel pisa suelo colombiano, Julio Crisóstomo Mendoza de Aguilar es elegido Delegado de la SCADTA por sus compañeros, y anuncia medidas de fuerza si no hay mejoras en las condiciones laborales y un aumento en los magros jornales que cobraban. Quizás no sea casualidad tampoco que el 6 de junio, el día que Gardel llega a Cartagena, se produjese el incidente más importante. Cuando el Manizales, pilotado por Hans, toca la pista de aterrizaje del aeródromo de Medellín, Olaya Herrera, un grupo numeroso de personas sale hacia la pista y rodea el avión. Julio Crisóstomo encabezaba la comitiva de empleados de la SCADTA, y le hizo pasar un mal momento al alemán, con un avión lleno de pasajeros importantes. El incidente llegó a los diarios y radios locales. Un Hans furioso acusó a Samper Mendoza de haber organizado aquel sabotaje y denunció que Julio, el delegado, era primo segundo de Ernesto. Mi abuelo pensó que la jugada era desprestigiar a la SCADTA en los medios para que la noticia llegue a Gardel. Pero Samper se le rió en la cara: “Así hacen los cobardes – le dijo –. Les hice ver que era el momento de reclamar. A mí me va a servir después. De hecho, necesito que Carlitos vuele en el Manizales”.

En esos días mi abuelo recibe la noticia de que su padre había muerto en un accidente automovilístico en Córdoba. Quedó devastado, pero decidió quedarse. Su madre estaba muerta y no tenía hermanos. ¿A qué iba a volver? Su destino ahora estaba atado al de Samper.

 

¿Por qué Samper querría que Gardel vuele en la SCADTA?

Fernando: El colombiano era un genio, no daba puntada sin hilo. Justo un par de días antes que llegara Gardel a Medellín, Ernesto corrió la bola por todo el ámbito tanguero de que el 7 de Junio el cantante llegaría en un vuelo de la SCADTA. Alguien organizó una comitiva de bienvenida que pronto superó las expectativas, y cuando el avión tocó suelo la gente corrió a la pista para recibir a su ídolo. Hans se asustó pensando que era otro sabotaje de los empleados, ahora con Gardel a bordo, y volvió a tomar vuelo para aterrizar bien lejos, muy cerca de donde terminaba la pista. Esta maniobra a Gardel le molestó mucho. Según contó Lepera esa noche, “Carlitos se pegó un flor de julepe”. Samper sabía que el Zorzal estaría un día en Medellín, y después volaría a Bogotá. Suficiente tiempo para ganarse un cliente asustado. Y lo consiguió a la noche, después del show que diera en una vieja plaza de toros. Mi abuelo dice que Samper no le propuso nada. Gardel se quejaba del alemán, no solo por el último incidente, sino porque en Cartagena no le dejaba cargar el telón en el avión. Lo llevaba a todos lados, con la letra C y G en dorado. Medía más de 10 metros y en el único lugar que entraba era en el pasillo del avión. Hans decía que era peligroso porque en el despegue podría correrse al fondo y desestabilizar la aeronave. Carlitos se negó a viajar sin su telón y el alemán tuvo que ceder, no sin antes atar el telón a las patas de los asientos. Así que fue Gardel quien le pidió a Samper volar en su aerolínea hacia Bogotá, la próxima escala de su gira. Así de bien le había caído el colombiano, que no había hecho nada para convencerlo… o casi nada.

 

Según pude leer el telón es decisivo en el accidente.

Fernando: Sí, pero no me quiero adelantar. Sigamos el hilo. El 8 de Junio Samper y William estaban que tocaban las nubes. Habían pasado una noche con Gardel y ya estaban como chanchos. Y ese día la SACO volaba con Carlitos a Bogotá. Samper los acomodó a todos mientras contaba chistes y bromeaba sobre los baños, Carlitos reía de lo lindo y parecía haberse olvidado que odiaba los aviones. Samper y mi abuelo acomodaron despreocupadamente el telón en el pasillo y se burlaban de Hans hablando en alemán y haciendo gestos nazis. Dice que el zorzal lloraba de la risa. Minutos antes se habían cruzado con el Prusiano en el bufet del aeródromo y Ernesto se burló de él. Le dijo que los pilotos alemanes no sabían hacer vuelos rasantes. “Esas son cosas fáciles hasta para un Macaco”, le dijo Hans en alemán. “Te voy a hacer una pasada que te vas a emocionar”, agregó mientras terminaba su café. Mi abuelo recuerda lo siguiente: “Ese día el Manizales tenía prioridad de despegue. Nosotros estábamos esperando en la pista de carreteo nuestro vuelo más importante. Cuando el avión de Hans se despegó de la pista hizo un giro cerrado hacia su derecha hasta que quedó mirando hacia nosotros. El avión volvió a tocar el piso en los escasos 100 metros que nos separaban. Cuando parecía que nos iba a estrellar, su trompa se alzó pasando a casi 5 metros de altura sobre nosotros. Tembló todo el avión dentro de un ruido ensordecedor. Fue realmente terrorífico ya que todos los pasajeros vieron cómo se nos venía encima ese dinosaurio de hierro y gritaron como nunca en su vida. Ernesto quedó duro, aferrado a los controles. Se notaba que la ira lo quemaba por dentro. Pero luego me miró y empezó a reír como un loco, lloraba de la risa. Esa maniobra lo terminaría de sepultar al prusiano, que había entrado en el juego de Samper”.

 

Fue después de ese primer vuelo que nace una amistad con Gardel.

Fernando: Gardel hizo 18 actuaciones en 16 días en Bogotá. Ernesto y William asistieron a unas cuantas y se fueron ganando la amistad de Carlitos, que demostró ser un gran hombre al proponer como auspiciante, de su última audición en radio, a la SACO, sin que el colombiano sacara un peso de su bolsillo. El Zorzal Criollo le quería dar una mano a sus sueños. Dicen que el último tango que cantó Gardel fue “Tomo y obligo”, pero no fue así, no oficialmente. Ese 23 a la noche Samper invitó a toda la comitiva de Gardel a “Madame Ivon”, fue una noche inolvidable, con bailongo incluido. En el libro se pueden encontrar jugosos detalles de esa velada. Antes de despedirse del Burdel, Gardel le cantó a la francesa “Madame Ivon”, el mismo tango que cantara antes de zarpar de Buenos Aires por última vez. El último tango dos veces. Cosas del destino.

Y así llegamos al fatídico día del 24 de Junio. Como siempre, Samper acomodó a los pasajeros haciendo bromas y colocó despreocupadamente el telón en el pasillo del avión. Salieron de Bogotá al mediodía rumbo a Cali, pero antes había que hacer escala en Medellín para cargar combustible. Una hora y media después estaban en el Olaya Herrera. Samper había hecho preparar un lunch para los pasajeros. Mientras todos comían, el colombiano abrazó a mi abuelo y le mostró un fajo de billetes verdes. Se los había dado Gardel como adelanto. Quería invertir en la SACO, Samper le había contado sus sueños y Carlitos lo iba a ayudar. Es más, cada artista argentino que pisara Colombia viajaría en su aerolínea, palabra santa del Zorzal. Mi abuelo nunca lo había visto así a Samper, lloraba de la emoción, su sueño de unir Latinoamérica se estaba materializando, apadrinado por el personaje más famoso del mundo… Hasta que apareció Hans.

No se veían desde el famoso vuelo rasante. El prusiano tomaba café en la barra junto a su copiloto. Le hizo un saludo con el vaso y le dijo en alemán: “Espero no haber despeinado muchos Macacos el otro día”. Ernesto odiaba esa palabra en boca de un Nazi. Así que se acercó hasta la barra. Mi abuelo lo recuerda así: “Pensé lo peor. Pero cuando llegó hasta Hans le sacó el vaso de la mano con mucha delicadeza y respeto, para luego ponerlo sobre ese sombrero militar tan plano que usaba. Lo acomodó con mucho cuidado para que quedara allí. Luego le dijo: “En la Escuela de aviación de Colombia una vez le saqué a un alemán un vaso de la cabeza con la ruedita de atrás del avión. Muchos años después le saqué a otro su mejor cliente. Los Macacos no nos despeinamos tan fácilmente”. El pálido alemán estaba rojo de ira. Ernesto le sonrió y se despidió diciéndole en alemán: “Saludos a la Polaquita”. El prusiano sacó el vaso de su cabeza y lo apuró: “No tenés agallas Macaco”.

Último vuelo y última foto de Gardel.

Último vuelo y última foto de Gardel.

Lo que relata mi abuelo a continuación es estremecedor: “Teníamos prioridad de despegue. Estábamos en pista esperando la señal. El Manizales estaba al fondo de la pista de carreteo, saldría después de nosotros. Yo estaba con los binoculares esperando que el banderillero levantara la bandera verde cuando Samper me pregunta que pasaba en el Manizales. Miré hacia allí. Hans estaba acomodando algo sobre las alas de su avión, justo al medio, arriba de la cabina. Cuando se corrió lo pude ver. Era el vaso de café, y sentado sobre el, un Macaco de peluche. ¿Qué está haciendo?, me volvió a preguntar. Miré al banderillero, la bandera verde estaba en alto. Le dije que teníamos pista. Me volvió a preguntar por el Manizales. Le quise mentir a Ernesto pero no pude, y le pasé los binoculares. Mientras miraba lanzó una puteada y se quedó pensando. Me miró y me dijo: “No voy a caer en una provocación como esa”. Era una maniobra más que peligrosa, casi imposible. El avión estacionado quedaba con la trompa levantada, lo que hacía que las hélices del motor delantero obstruyeran el paso en ángulo de ascenso de cualquier cosa que quisiera tocar el vaso. Solo había una manera. Elevar un poco el avión y dejarlo caer al pasar la trompa como para que la rueda trasera golpee el techo de las alas. Una misión suicida… Samper le dio potencia a los motores y soltó los frenos. Estaba tenso, con la mirada clavada en la pista. Cada tanto miraba de reojo hacia la derecha, donde esperaba insolente el Manizales. Pero el sueño de la Patria Grande Aérea ya estaba en marcha y cualquier provocación era chica al lado de la ambiciosa empresa que estaba a punto de tomar vuelo…

De repente, como si un desconocido le hubiese arrebatado los controles, el F-31 dio un giro de 30 grados a la derecha. La rueda izquierda del avión se enterró un poco en la tierra. Cuando enderezó su rumbo hacia el Manizales puso los motores a toda marcha. Escuché algunos gritos atrás, pegué un vistazo y vi que el telón de Gardel se había corrido hacia el fondo (me acordé de la advertencia de Hans). Todos estaban boquiabiertos, yo les hice un gesto de que estaba todo en orden. Quise decirle lo del telón, pero justo Samper me miró con una sonrisa diabólica clavada en su cara. “Vamos a enseñarle a la raza Aria de qué son capaces los Macacos”. Fue lo último que dijo en su vida. Ernesto tiró de los mandos y comenzó el ascenso a unos 50 metros del Manizales. La maniobra era perfecta. ¡El maldito cabrón lo iba a lograr! Pero el peso del telón hizo que la cola del avión se desplomara y perdiera altura bruscamente, cayendo de lleno sobre el Manizales. Lo recuerdo todo en cámara lenta…

Recobré la conciencia por el fuerte dolor en mi cabeza y mi brazo derecho. Todo era humo y gritos de dolor. Estaba aplastado entre el tablero, el asiento y pedazos de chapa y vidrios. El humo me asfixiaba. Salí por el parabrisas roto, cortándome la mano y la frente. Me queme escapando entre llamas y pedazos de avión. Tuve que sacarme la campera y los pantalones que estaban prendidos fuego. Lo que vi me paralizó. Un montón de chatarra, fuego y humo. Lo único reconocible del avión era su fuselaje derecho, con el ala entera y el motor, y la cola, donde podía leerse en el alerón “F-31”. Como si hubiese pasado de una pesadilla a otra, veo que de una de las ventanillas rotas alguien pedía ayuda a los gritos. Corrí hacia allí. ¡Era Carlos Gardel! No podía salir, la ventanilla estaba astillada y se cortaría todo. Busqué entre los restos del avión, vi que empezaba a llegar gente a socorrer. Agarré un fierro pesado que me quemó las manos y terminé de romper los vidrios. Como pude lo agarré a Gardel y lo saqué de ahí. Cayó al piso gritando como un condenado. Sus pantalones estaban en llamas. Le grité que se alejara del avión, tenía miedo que algo explotara. Mientras yo buscaba algo para apagarle las llamas él se arrastraba por el piso alejándose del desastre. Fue en ese momento que el ala se partió, y el pesado motor cayó sobre Carlitos, que hasta ese momento parecía haberse salvado de la tragedia.

Grité como si fuese su madre, con el peso de la culpa de haber puesto su cabeza debajo de la guillotina. Me di vuelta y caí de rodillas en el piso llorando, mirando el desastre. Entre tanta chatarra puede ver como un Macaco de juguete era consumido por las llamas de la vanidad. Luego me desmayé”.

Mi abuelo recobró la conciencia en la morgue del Hospital. Lo habían dado por muerto. Rodeado de camillas con cuerpos tapados por sábanas blancas. Olor a carne quemada. Se levantó desnudo, lleno de quemaduras y heridas. Encontró ropas tiradas y unos zapatos. Se vistió y se fue sin despedirse. Nunca nadie encontró su cuerpo. William Foster murió en el Hospital de Medellín, así lo decidió él, rebautizándose Rubén Acebedo. Tardó dos años en llegar a Buenos Aires. Un conocido anarquista le hizo documentos con su nueva identidad. Creía que junto a Samper y Thom, William Foster era responsable de la muerte de Gardel. Los binoculares, el telón, haberle ordenado a Gardel que se aleje del avión… en fin.


Rubén se dedicó a la albañilería y nunca más se volvió a subir a un avión. Hace 15 años se decidió a contarme la historia, y me pidió que lo ayudara a escribir sus memorias, que en realidad son el testimonio de un muerto: William Foster. Viajé a Colombia y realicé una investigación que me llevó un año. Allí conocí al perito en accidentes aéreos Terencio Spaini, que había dedicado su vida a estudiar esta tragedia, y fue él quien me brindó datos y pruebas esclarecedoras que abalan el relato de mi abuelo. Nunca me terminó de creer que William Foster estaba vivo, el perito tenía las copias de las actas de defunción, y en el fondo tenía razón, William había muerto allí, para que naciera Rubén Acebedo.

 

Me llevó años escribir las memorias, con tantos datos, recuerdos y anécdotas ajenas. Pero vi la felicidad en la cara de mi abuelo cuando las tuvo en las manos. Luego de leer el borrador murió en paz, un 24 de Junio de 2005, a los 88 años, setenta años después de su primera muerte.

  

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